Consciente

1664 Words
Consuelo fue una soltera demasiado divertida, una soltera impresionante. La juventud la calificaría como una Soltera Pro Max, ese tipo de solteras que aparecían en un extremo del país y luego en el otro, con dos grupos de amigos diferentes. Y, después de pasar un día masajeándose el cuerpo a manos de dos expertas japonesas, mientras escuchaba los ruidos guturales de su marido, se dio cuenta por primera vez en casi un año de que la vida adulta que estaba manejando era demasiado estresante. Ella y su esposo fueron a una segunda actividad que Consuelo dominaba demasiado bien: la terapia deportiva que requiere de una tarjeta con crédito infinito, porque para Consuelo el dinero no se gasta, se reinvierte en cosas bonitas. Su esposo, quien tenía claro que no era así, se le quedó mirando serio cuando iba por la tercera bolsa de ropa para sus hijos más pequeños, pero tampoco quería arruinarle la diversión. —Cariño… —Mi amor, ¿sabes qué? Es necesario comprarle unas camisas. —No, Consuelo, no. —Sí, van a decir que tengo mala mano. ¿Qué tal unas camisitas, un aclaramiento de cabello y unos besitos ricos en el hotel? ¿Qué tal si no regresamos? —pregunta, y su esposo se ríe antes de darle un beso. —Vale, par de camisas y par de pantalones. —Mala mano con aires de vampiresa —bromea Consuelo, y su marido se ríe. Vidal selecciona unas cinco camisas para terminar con la compra de ropa lo más rápido posible y lleva dos pantalones, uno azul y otro n***o. Consuelo lo ve con el corazón roto, porque ver la etiqueta en lugar de probarse todo lo posible era casi un crimen. Pero no dijo nada, solo lo dejó hacer de las suyas. Le da un beso a su mujer y la dirige hacia la caja. Consuelo ve un par de blazers, unas fajas mientras esperan por la caja y una billetera. Vidal se ríe y pasa los accesorios que su mujer le ofrece a la cajera, para finalmente irse. —Tenemos que comprarles algo a los demás niños. —¡Qué montón de hijos! Siento que disfrutas comprarles cosas —responde y va por un par de camisas básicas para cada uno de sus hijos varones. Las paga y después van al área de chicas. Compra tres jackets para sus hijos y dos vestiditos para las más pequeñas. Consuelo está a punto de gritar, pero a ojo eligió bien las tallas. —Estás haciendo que odie comprar. —Lo siento, pero invertimos demasiado tiempo en esa banda de cretinos. ¿Viste hoy a Xavier? Dejó el cuenco del cereal sucio en la mesa. Y Tessa taqueó la ducha con su pelo otra vez. Por no hablar de la hija china que tenemos… vámonos, vámonos… o sea... tenemos hijos con demasiados problemas mentales. —Tus hijos son muy peludos. —Sí, problemas mentales y de cabello —repite Vidal mientras lleva a su esposa a la caja. Consuelo hace una trompita porque no le ha dejado elegir nada para ella, y una pequeña g****a de negligencia marital se abre en el corazón de Consuelo: ni una mini bolsa para la mamá de sus hijos. —Sí… —Por cierto —comenta Vidal—, ¿qué vamos a hacer con Ashton y con Natalia? No me gusta él, ni esa familia clasista de mierda que tiene. —Estábamos relajándonos… —Ya sé, pero eso me preocupa mucho. ¿Y con quién se está viendo Mariana? —Mariana no está saliendo con nadie. —Está pegadísima al celular y lleva dos semanas con peinaditos y labial, Consuelo. —Ah, ¿y con quién está saliendo el señor camisetas estrechas?... jummm... jumm... —¿Ves cómo prestas atención a estupideces? —Creo que voy a prohibir los novios y las novias. —Ya… me cuentas cómo te funciona. —¿Puedes pagar el tiquete del auto y esperarme en la entrada? —pregunta—. Es más, trae el auto a la puerta principal, para no caminar con todas estas bolsas. —¿Algo más? —pregunta Consuelo indignada. Su esposo le da un beso y le pasa un billete de cien para pagar el parqueo. Ella se queja mentalmente y se promete no regresarle el vuelto. Vidal la deja avanzar un par de pasos y la llama para darle las llaves. Más cólera le da a su esposa, pero esta no dice nada, como las machas resentidas, llevándoselo a la tumba. Pero con vuelto de 80 dólares. Ni cuando era adolescente sentía haber llegado tan bajo, y más cuando tuvo que darle la vuelta al parque unas tres veces. Sus hijos no se permitirían el lujo de la humillación del guarda de seguridad, sediento de madres con hijos que se les olvida que están ahí, pero se dio la oportunidad de decirle: "vaya a esperar a su esposo a otro lado." Vidal venía tranquilo, al paso de tortuga, pero con una sonrisa pícara que estaba mortificando a su esposa, quien no dijo nada mientras empacaba lentamente el auto y el guarda seguía jodiendo. El hombre estaba casi pegado a ellos. —Ya nos vamos a ir, pero recuerde que en MainVillage todo el mundo se conoce, y yo no voy a olvidarme del estrés que le causó a mi esposa —Vidal le guiña un ojo al guarda, y su esposa se cambia al asiento de pasajero. Vidal se regresa a la cajuela con la mirada del guarda y de su esposa sobre su espalda, pero a Consuelo la contenta con un detallito. —No compramos nada para mi amor, ¿cómo sería un viaje al mall sin comprarte algo a ti? —Estaba redactando los papeles del divorcio mentalmente, Vidal. Su esposo sonríe. Es que él ha estado casado dos veces antes, y si aprendió algo de su relación con su primera esposa era que no podían pasar de ser todo el uno para el otro a luego volcar la atención por completo hacia los hijos, que ahora era un número descabellado. Dos y tres parecen una tontería cuando estás a punto de sumarte al número diez. Lo segundo que había aprendido —entre la lista grande de lecciones con Bella— es que los dramas de Francesca, sus caprichos y sus mierdas tienen que dejar de ocuparle la cabeza. —¿Se te antoja hacer un plan con amigos? Casi nunca hacemos eso. —Es que los amigos nos cuidan a los niños. —Los abuelos cuidan a los niños y podemos conseguir una niñera. —Vale... Estaban de vuelta en la casa justo cuando sus hijos venían llegando del cuarto de Francesca y Ramón. Anastasia salió para recibir a Alice y Leonor. Las tres se saludaron como si no se hubiesen visto en semanas. Consuelo fue a saludar a sus hijos. Xavier se veía más serio, al igual que Tessa. Su papá les dio un abrazo a los dos al mismo tiempo. —Papá, ¿puedo tomar clases aquí con Anastasia? Yo soy más agradecida, seguro que a mí me encanta mi institutriz. Hasta podemos tener la misma. —No, cielo, a ti te toca resolver —responde Vidal y le da un beso en la frente, le acaricia el pelo. Consuelo abre la cajuela. Sus hijas ven las bolsas de cosas. Tessa estaba animada hasta que vio el contenido de la bolsa. —Dejaste que mi papá comprara. —Sí... —Ah, Consuelo, vamos no sé... a una tienda de segunda mano, ahí hay más creatividad y disfrute que ese hombre con el que te casaste. —Lo conocí en scrubs negros y lavados. —Y aún así caíste —responde Vidal, y sus hijos ríen. —Leonor, te trajimos una bolsa —anuncia Consuelo y les entrega a las tres una bolsa igual. —Aww, qué monos.—responde Leonor.,—Muchas gracias a los dos. —El sueño de mi papá es hacer un uniforme familiar. Vidal asiente y sus hijos se ríen mientras van a la casa con sus regalos. —Todo muy básico pero útil. —Gracias por entender, Alexander. Gracias, hijo. —Sí, de aquí sacamos siete mudadas —responde Xavier, y su papá se ríe. —No me valoran, Leonor, ¿qué voy a hacer? —A veces el plan de mi papá es traer peinadores y ropa incómoda y luego dice: "tienen que ir a sonreír a la gente." —Tú, cómo haces, eres medio amarguis —comenta Alice. —Tengo dos personalidades: una normal, en la que me da igual todo, y otra en la que finjo que escucho y hasta lloro a veces. De todas formas, hay seguridad y señas, entonces, la mayor parte del tiempo mis guardas saben que quiero ir rodeada y mis hermanos me cobijan un poco. —Jum… cierto, tienes más hermanos. —Sí... —¿Y se llevan?—pregunta Alice. —Claro, somos muy unidos. Y tengo primos también. Es muy divertido dentro del palacio. La pega es fuera, o cuando mis papás quieren comprometerme a futuro a ser reina. Yo solo quiero ser rica y vivir on las vacas cerca de la playa. eso es todo loq ue quiero ahcer con mi vida —Eso suena complejo, Leonor —comenta Consuelo. —Ya se me ocurrirá algo y no voy a casarme ni tener hijos, a menos que me amarren. —A mí sí, preséntame un príncipe guapo y yo hago todo lo que tú no quieres —responde Alice, y Vidal gruñe. Su mamá se ríe. Roro regresa con sus nietos de la caminata vespertina. Índigo está molesta con la separación tan abrupta. Su hijo trae entre las manos una planta que le pareció cool en el camino y, además, su abuelo no la vio hasta ahora. Robertus da vueltas alrededor de Xavier, quien lo carga. —Eres comestible —responde su mamá y va a llenarlos de besos.
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