Contactos

1194 Words
Consuelo había ido detrás de Aurora Montés, la artista clásica que tanto quería Vidal en su galería. Era una mujer impresionante; para ella era un honor siquiera respirar el mismo aire que Montés. El anonimato había sido su característica principal, puesto que cuando inició, todos sus profesores renegaban de ella, y los artistas callejeros despreciaban su necesidad de aprobación por parte de los primeros. Al final, Montés había hecho lo que tenía que hacer: se había convertido en un hombre cuando transicionar ni siquiera estaba de moda. Decidió salir del país, vivir un poco y regresar con nombre y apellido masculino. Era una mujer que gozaba de su feminidad por una parte, pero también vivía los privilegios de la masculinidad. Su esposo, de más de veinte años, no sabía que pintaba hasta que Vidal, el papá de su novio, había decidido que, si él tenía cáncer de hueso, no iba a morir con la tristeza de saber que su amiga no estaba recibiendo todo el crédito que merecía. La había presentado como lo que era: una artista, una de las mejores de su generación. Para Vidal padre, ella era mucho mejor que él. Lo que pasaba era que, desde que su amigo murió, y pese a tener un contrato, tenía un bloqueo creativo. Sin importar el contrato, Vidal siempre respetaba los procesos de los demás, y su hijo consideraba que era demasiado difícil ser un artista como para que alguien más te impusiera sus deseos y opiniones. —Consuelito —la saluda Aurora. Ella no solo era una mujer fabulosa; había sido mamá de uno de sus compañeros, quien la había visto crecer. La verdad, Consuelo siempre se había sentido conectada a ella. —¡Quién te ve! Estás hermosa, radiante. —Gracias —respondió y se acercó a abrazarla. Todo el que conociera a Consuelo sabía que era un palo seco con ciertos atributos, y su belleza estaba en el rostro dulce, inocente, y el cabello que enmarcaba esas facciones. Pero siempre delgada. La mujer sintió su barriga y, extrañada, la observó. —¿Estás embarazada? —le pregunta. —Sí, son gemelos. Tenemos que darles de comer, y para ello necesitas trabajar en tu mejor exposición. Así que dime cómo hacemos para ayudarte —dice Consuelo, y la mujer la mira incrédula. —¿Tú vas a tener un Vidal? —pregunta. —Bueno, otro tipo de Vidal, pero sí —responde, y las dos se ríen. Montés le informa que ha mejorado de su bloqueo, que ha vuelto a pintar, pero que no encuentra un rumbo. Se siente náufraga de su propia cabeza. —No voy a decir que lo he hecho todo, pero he hecho suficiente. La verdad... para ser honesta, me siento desnuda. —No has hecho retratos —responde Consuelo, pero es interrumpida por el sonido de su celular. Toma la llamada al ver que se trata de la escuela de sus hijos y se aparta un momento para responder. —¿Es usted Consuelo Murdok-Mandragón? —Sí, con ella habla. —La llamamos porque no pudimos contactar con el Dr. ni la Dra. Vidal, y Anastasia parece estar enferma. No quiero preocuparla, pero Anastasia ha vomitado ya tres veces y ha ido varias veces al baño. La enfermera la tiene en observación, y ella quiere que le traigan una enagua, pero preferimos que la lleven a chequear o al menos a casa. —Voy a llamar a Vidal. —Perfecto, muchas gracias. Montés, quien quiere zafarse del problema de tener que volver a pintar, le recuerda que ser mamá es lo más importante que hay en el mundo, y Consuelo se ríe antes de pedirle que se plantee una lista de ideas y se motive a unirse con su creatividad. —Quería hablarte de un taller para niños y adolescentes, solo por la época navideña. —¿Qué tienes que hacer el domingo? —Comida con la familia. —Vale, cocina o compra algo buenísimo y nos invitas. Le debo una disculpa a Vidal, y de verdad necesito ver a los niños y saber cómo están juntos. El chisme mueve mi mundo últimamente. —Vale, que se nos ha enfermado Anastasia, y es mejor ir a traerla. —¿Esa es la bailarina? —pregunta la mujer. —Sí, ¿cómo sabes...? —Vidal adoraba ser abuelo —responde la mujer—. Adoró ser padre, pero sus nietos lo enloquecían. Siempre hablaba de Anastasia y Xavier, de cómo le recordaban a sí mismo. Consuelo sonrió y pensó que la sangre, de una forma u otra, llamaba. Se despidió de la mujer y se dirigió rápidamente hacia la escuela mientras intentaba comunicarse con Augusto, quien estaba en ese momento reunido con la madre de la pequeña en cuestión. Consuelo fue al colegio por su hijastra, la cual estaba sentada, cabizbaja y algo meditabunda. Cuando la vio, agitó la mano hacia ella y se puso en pie. —Oye, perdón. Les pedí que tomaran tu número del expediente de Alice. Tuve un accidente, y mi otro contacto de emergencia, aparte de mis papás, es Rick. Con todo esto, no me pareció justo molestarlo. —Anastasia suspira agobiada y trata de controlar las náuseas que la azotan. Su madrastra le toca la frente y las mejillas antes de inclinarse a su nivel y preguntarle: —¿Tienes dolor? ¿Qué sientes, cariño? —Uhh, Consuelo, ¿me trajiste mi falda limpia? —Mi amor, puedes llamarme siempre que necesites o solo porque quieras, pero hoy, en específico, voy a llevarte conmigo a casa o al hospital. —No... —responde agobiada—. Creo que tengo una hemorragia intracraneal. Mi papá me va a matar, y no me va a dejar volver nunca a gimnasia. Consuelo observa a Anastasia incrédula. La pequeña pide una bolsa, que la enfermera le pasa, y ella vomita. Su madrastra espera a que se recupere y le pregunta exactamente qué le ha pasado. Anastasia le cuenta entre lágrimas que había estado jugando en un taburete. No se sentía muy bien desde antes, pero se mareó más, se resbaló y se golpeó ligeramente la cabeza. Su coach no estaba, y sus amigas le hicieron el favor de no decir nada, pero había vomitado ya cinco veces y se sentía mucho peor. —¿Puedes llevarme con un doctor que no conozca a mi papá? —Pequeña, tengo que llamar a tus papás, y dudo que no reconozcan tu apellido en la mayoría de hospitales. Ya sabes, los médicos son como la mafia, y tú perteneces por asociación. —Puedes decir que me caí aquí en el pasamanos. —Anastasia, no voy a mentir con esto. Pero luego voy a decirle a tu papá que gimnasia es tu don en la vida. —Vale, al menos lo intenté —responde, y Consuelo la toma de la mano y le pide a la maestra que envíen sus cosas a casa con Alice.—Xavier no se apura para ser mayor de edad, y me haría la vida mucho más facil. —Hermanos...—se queja Consuelo y Anastasia asiente resignada. —Vamos, princesa, es solo una revisada.
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