Entraron al hospital y fueron sin toparse con nadie hasta el consultorio. La doctora estaba demasiado preparada para dudas, información y educación. Consuelo sintió que era lo correcto, porque sabía que sus dos hijas eran sexualmente activas, pero un chequeo no estaba mal, e información nunca sobra.
La ginecóloga les explicó los diferentes métodos anticonceptivos, la palpación de mamas por cáncer (que no es frecuente en adolescentes, pero hay que conocer), les habló del síndrome premenstrual y las atendió una por una. Tessa se quedó en la consulta de Mariana porque no estaba cómoda con la revisión, pero no parecía tan incómoda después del ultrasonido y con Consuelo dándole la mano y viendo que todo estuviese bien.
—¿Ya viste que no te vas a morir, que es un doctor más?
—Sí... ¿nos da un momentito?
—Claro, conversa tus cosas privadas —responde y le da un beso a su hermana antes de salir.
Consuelo y la doctora le preguntan a Mariana qué dudas podría tener.
—Umm... yo... yo una vez perdí un bebé, bueno... y no sé si tal vez en el futuro puedo ser mamá o si tengo algo ahí. Ahora habló del cáncer y el VPH, pero ¿qué tal si tengo sida?
—Mariana, Consuelo te ha hecho varios exámenes en los que han descartado varias enfermedades, y como dije antes, el VPH es muy frecuente. La vacuna no previene contra todos los serotipos, pero ayuda a obtener mejores pronósticos y a salvaguardarte. Por ahora, veo todo muy bien, tus órganos reproductivos están según lo esperado, y más adelante, cuando quieras ser mamá, es probable que puedas tenerlos.
Consuelo le dio un abrazo a su hija y un beso en la frente. No quería preguntar nada ni hacer nada que al final le asustara o incomodara. Quería proteger a Mariana por siempre. Después llegó el turno de Terreneitor, a ver que Natalia es una hija perdida de su madre, y estaba segura de que tenían una relación kármica o algo.
—Yo quería valorar la posibilidad de usar uno de esos métodos anticonceptivos. No es como que los vaya a poner contra todas las pruebas, pero ¿qué tal si alguien me pasa por el frente y al final sí?
—Consuelo respira profundo y le explica que el sexo es un intercambio de células, de fluidos, de energía incluso, y no debería estar intercambiándolos porque alguien le pareció guapo.
—Vale, yo tengo un novio guapo que cree en ir despacio y ver el futuro, pero a mí me gusta saber cómo está el presente —se encoge de hombros, y las dos mujeres tratan de conservar la calma.
—Vale, tenemos opciones como el anillo, mira, lo colocas...
—Yo soy su mamá, y se va a poner algo que no se pueda quitar y sea ultraefectivo, y tienes que entender que siempre preservativo, y tu cuerpo si es un templo lo puedes llenar de dulces, pero ningún hombre debería andar tocándolo porque sí. ¿Queda claro?
—Clarísimo.
—Ahora, la gente exitosa se espera hasta los 22 mínimo, que lo sepas.
La doctora les explica los beneficios de los métodos permanentes, así como sus riesgos y tiempo de uso, y Consuelo paniquea internamente, pero hace caso a los instintos arrebatados de Natalia. Mientras la doctora le alista las cosas, le toma de la mano y le dice:
—Esto no es un green card de la fornicación. Es un "no estamos listas para un bebé", necesito besar sapos para llorar con mi mamá y que ella se ría, tengo que ir a la universidad, pero tengo necesidades hormonales nivel hombre —Natalia se ríe, y Consuelo le da un beso en la mejilla—. Te amo y no quiero que tengas VPH... —reconoce— ni sífilis, y por Dios que no te dé gonorrea... mujer, porque usas los paños de mi casa —Natalia sigue riendo.
—Mamá, ¿cuando sea mayor vas a seguir viniendo conmigo?
—Sí.
—Uhh, cómo te amo —responde, y la doctora le entrega un frasco de orina—. Necesito hacerte una prueba de embarazo antes, y les sugeriría hacer una toma de citología solo para saber cómo estamos.
Natalia ve a la doctora ofendidísima antes de decirle que no está embarazada y que, de verdad, está molesta, pero Consuelo no siente ni un poco de lástima por ella. La acompaña al baño y espera a escuchar esos orines salir. Hacen la prueba y las dos la ven atentamente.
—El que nada debe, nada teme, Natalita.
—Ya, después del berrinche que me monté, ¿crees que puedo permitirme el lujo de sí estar embarazada?
—Natalia, tienes que controlarte. O sea... no debería decir esto, pero tienes dedos, hay consoladores, ¿qué tal si evitas el sexo con hombres... y mujeres?
La prueba sale negativa, y Natalia sale de la habitación y se lo entrega a su médico. La mujer le coloca el Implanon, le da indicaciones para los próximos días y el próximo mes, y esta asiente.
—Gracias, mamá...
Tessa no quería en absoluto tener su cita, pero su mamá estaba insistente en que no eran normales los sangrados menstruales, y lo mejor para todos era una revisión. Su instinto no le fallaba: Tessa tenía un ovario poliquístico.
—Tessa, contigo tenemos dos opciones: unas pastillas que solo regulan el período o unas pastillas que regulan el período y son pastillas de verdad.
—¿Cuál me quita el acné?
—Pastillas de verdad.
—¿Es mínimo como para Roacutan?
Su mamá rueda los ojos, porque no le va a dar un medicamento que puede dañarle el hígado para que luego le eche las culpas.
—Pero, si hay más medicinas, ¿por qué no elegirlo?
—Qué sabia eres —comenta su madre sarcástica.
Su madre y la doctora le hablan de efectos secundarios, pero Tessa está muy ocupada con la idea de alguna inyección para adelgazar. Su mamá la regaña y le advierte que es necesario prestar atención. Sale un momento y llama a Consuelo para que le ayude con Tessa.
—¿Qué pasa? —pregunta su madrastra.
—Tiene quistes de ovario, y cumple con los criterios para síndrome de ovario poliquístico, que se relaciona con resistencia a la insulina, períodos menstruales irregulares, acné. Vamos a tratarlo con pastillas anticonceptivas, pero ya hablamos de los posibles efectos secundarios. Me interesa muchísimo: dolores de cabeza, cambios de humor, pesadez en los pechos y alguna que otra molestia en piernas. Va todo aquí, por favor, si algo cambia, me llaman.
—Vale —responde Consuelo.
Vidal y sus hijas habían estado preparando la cena. Cuando llegaron su mamá y sus hermanas, las observaron y saludaron rápidamente. Anastasia y Alice tenían muchísima curiosidad con respecto a la cita: por qué no las habían llevado, si venía o no un bebé. También planeaban mortificar a su madre, ese era el punto más fijo.
—¿Cómo estuvo la cita del sexo?
—¿Vidal? —se queja Consuelo, porque se suponía que era una cita privada para no incomodar a sus hijas. Este vio el brazo de Natalia y no dijo nada, pero no se sentía demasiado feliz con el novio que había elegido ni darle rienda suelta con un anticonceptivo incrustado en su piel, menos cuando escuchó que Tessa tenía quistes.
—No son tumores, pueden absorberse, pero los síntomas se mantienen, es crónico, fue lo que dijo, y no me quiso inyectar nada para bajar de peso.
—¿Te mandó exámenes? —pregunta Vidal.
—Sí.
—¿Y cuánto mides?
—1.68 cm.
—¿Cuánto pesas?
—No voy a decir mi peso enfrente de todos estos.
—Tessa, cuando conocí a tu mamá, tenía las mejores tetas del universo, según mi opinión hormonalizada y llena de masculinidad tóxica. Además, estaba pasada de peso, le había costado dos intentos entrar a Medicina, y cuando está nerviosa, come. Su papá era panadero, el mejor pan del país lo hacía tu abuelo. Ella tenía acceso a pan tostado y mantequilla preparada por ella, y esa mujer empezó a hacer ejercicios contra ella misma. Se bajaba dos paradas antes del bus para ir a la universidad, cuidaba lo que comía y tomaba un té rarísimo que la hacía orinar. Es disciplina. A mí me encantaba con quince kilos de más, y me gustó con desnutrición después de tenerlos a ustedes. El físico es importante, pero el cariño, la atención y el afecto son mucho más importantes.
—Aparte de las tetas de mi mamá, ¿qué tenía ella para que te gustara?
—Es súper detallista y tiene un sentido del humor fascinante, es súper resiliente e inteligente.
Consuelo elevó una ceja y se fue a servir un café.
—¿Cómo se enteraron de dónde estábamos? —pregunta y les da un beso y un abrazo.
—Que estas dos son muy curiosas y este muy deductivo.
—Tuvimos una charla y una negociación en la que Alice se compromete a ser virgen hasta los dieciocho.
Anastasia se esperó a que su madrastra probara su bebida caliente para hacer la pregunta:
—¿Consuelo, cómo perdiste tu virginidad?
—Ahh, lo perdí con Gregory Steel, un tipo guapo, grande, sexy, mayorcísimo que yo, como en todas mis fantasías. Lo hizo todo mal, todo mal, todo mal. Pensé que quedé embarazada, fuimos a Disney World y estaba tan preocupada que no recuerdo a Mickey. Mi mamá compró un test de embarazo y me regañó la otra mitad porque no estuve embarazada ni preocupada. Por eso, hay que esperar.
—¿Qué tan malo fue?
—No sé si estás listo para esta conversación, Xavier, pero fue malo, malísimo. Tengo pesadillas al día de hoy —Vidal intentó no reírse, y su mujer se encogió de hombros.
Él sabía el resto de la historia. Gregory, tan fuerte y sexy como suena, era un semental que jugaba al fútbol. Todas queríamos con él. Solo Consuelo creía poder tenerlo. Él era virgen, aunque todas creíamos que era un follador serial, y llegó la noche del baile, detrás de las escaleras del colegio, Simonetta y yo haciendo de vigías para que no viniera nadie. Pero ¿qué clase de educación había recibido ese pobre...? Ninguna. La del computador viejo en su casa y su mano. Así que fue todo loco y brusco y se equivocó de orificio. Su novia casi se muere junto con sus impresionados orificios y, tras de todo, se salió dejando el condón en el lugar incorrecto y el líquido en el exterior del orificio que sí tenía que usar. Consuelo es una sobreviviente de cada una de sus estupideces. Eso sí, Gregory sigue usando ese espacio porque, como siempre en la vida de Consuelo, él era gay...
—Vidal —le susurra al oído—, ¿tú estás seguro de que no eres gay?
—Pensándolo...