Vidal es un papá de niñas, o sea, ninguna de sus hijas jamás lo ha rechazado, nunca. Incluso ahora, con sus locuras, sabe que puede ir a esconderse a la habitación de cualquiera de sus hijas y lo recibirían. Pero sus hijos, sus hijos lo han hecho un papá humilde, o sea, no toma de la taza de "Mejor papá del mundo", primero porque ese es su santo suegro, y segundo porque Xavier y Alex han logrado marcarle un tachón enorme a eso.
—Buenos días, Vidal —lo saluda su esposa, y él intenta no recibir el sarcasmo en su voz—. Gracias a Dios por Antonia, de verdad.
—Gracias a Dios por Tessa —responde y le quita un sorbo de café—. ¿Cómo están los niños?
—Mis hijos, bien. Comieron, durmieron, están deliciosos, bien bañados. ¿Tú, mi amor? ¿Tú, esposo? —pregunta ella, y él le da un beso en la frente.
—Fui a compartir con Tessa y no paraba de hablar, me quedé dormido.
—Eso fue lo que soñaste. La niña fue a hacerse el skincare y te encontró dormido. Te pidió espacio, pero no se lo diste. Terminó durmiendo en el cuarto de Antonia y Antonia vino a ayudarme.
—A mí me encanta ser abuela, y de verdad voy a estar aquí tanto como quieran y me voy tan pronto como me digan.
—Estamos infinitamente agradecidos con ustedes tres. Soy un papá de cuarenta y cuatro años.
—Mi amor, ¿por qué no te haces la vasectomía? —pregunta Consuelo.
—¿Segura que no quieres más? —Consuelo sonríe.
—Me gustaría si tuviéramos veintiocho años y ocho hijos menos. O sea, podríamos hacerlos a todos, pero ya tenemos hijos, ya tenemos bebés.
—Vale, hoy mismo agendo y voy en la tarde.
—Sí. Hacen bebés preciosos, tú estás hormonal y él cansado.
—Mira, la última vez tuvieron sexo y dos bebés —comenta Marita—. Y adoptó tres y luego cuatro. O sea, van por nueve hijos.
—Umm, pero mira a estas delicias.
—Tú estás viendo a tu esposo muerto en esos bebés —la acusa Marita.
—Yo estoy viendo el milagro de la vida con los genes hermosos de mi hijo y mi nuera, pero no estás lista para que mis nietos me prefieran porque los alzo, los cuido y a sus padres.
—No soy buena mamá, te felicito, no soy tú —grita—. No voy a adoptar a los hijos de la amante y dejarle mojarse la polla por ahí —Consuelo entrecerró los ojos, Vidal negó con la cabeza, su mamá seguía peleando en su hombre después de muerto—. Soy una mamá con niñeras, que trabaja.
—Son iguales —interviene Rod—. Vidal se casó con las dos en algún punto de la vida porque son mandonas, están locas, son guapísimas y confrontativas, no le tienen miedo a la vida y son buenas mamás a su manera. Tú nutres en cuerpo y alma, Antonia, eres como yo, somos papás presentes. Y tú, Marita... sin ti, Consuelo estaría pariendo su décimo hijo sin saber el nombre del papá y el otro niño hubiese formado una secta.
—Ay, Ramón, sí... definitivo —se queja su madre.
—Bueno, cuando necesiten castigarlos, me avisan —responde emocionada Marita, y los dos sonríen—. Si necesitan ayuda con los negocios o recogiendo a los otros niños, pueden contar conmigo.
—Bueno, la galería ocupa un poco de atención.
—Cariño, no cualquiera debería poner sus manitas en la galería.
—Soy dueña de un 10% de esa galería, mi exesposo me la heredó.
—¿Qué más te heredó?
—Cosas... dinero, diamantes y cuadros.
—¿Cuadros? —repiten Marita, Vidal y su esposo.
—Pinturas de las que fui musa y ya.
—Pinturas en las que posaste desnuda —la acusa Marita.
—Bueno, si eso te ayuda a dormir en la noche.
—Ohh, son pinturas eróticas.
—Puede que sí.
—Yo no puedo pintarte desnuda y tienes pinturas eróticas —se queja su esposo, y su hija asiente.
—Qué guarra.
—Nunca terminas de saber con quién te casas —se queja su padre, agobiado, y su hija se ríe.
Los bebés se quejan en su cuna, y Vidal los toma a ambos para llevarlos por la casa.
Alice regresa esa tarde con una energía que su mamá desea mandarla a correr por el jardín para que se canse, pero no le dice nada, solo la deja.
—Mi amor, ¿qué hiciste hoy en la escuela?
—Hice una amiga. Su mamá es una reina y su papá también. Ella es una princesa, pero sus hermanastros no. Tiene tres hermanos mellizos, yo creía que era guay por tener dos, pero ella tiene tres hermanos y es princesa de verdad.
—Ella no tiene ese montón de hermanos que tú.
—Sí tiene, porque su papá tiene otros hijos adoptivos y biológicos.
—Me está cayendo mal.
—Estás hablando de otra niña —comenta su esposo y le da un beso en la mejilla.
—¿Dónde están los bebés?
—Mariana está actuando de niñera y Natalia también, son mis hijas favoritas.
—Seguro.
—¿Dónde está mi hermana? —pregunta Alice.
—¿Cuál de todas?
—Anastasia.
—Está en clase, regresa en una hora, ya fue el abuelo por ella.
—Me hubiera llevado, voy a hacer mi tarea —comenta y ve a Alex—. ¿Quieres que estudiemos juntos?
—Ah, no gracias, Al.
—Jumm, por fa —él la mira en silencio y asiente. Ella corre por sus cosas y lo sigue. Sus papás sonríen, y Vidal abraza a su esposa, le da un beso en la frente y los dos suspiran.
—Siento como si un tren me hubiese pasado por encima.
—Te voy a contar un secreto.
—¿Sí?
—Tenemos tres abuelos compitiendo por ser el mejor, una adolescente encantadora a quien le confiaría la vida.
—Te escucho.
—Dormí fatal porque te extrañé —Consuelo eleva una ceja.
—¿Qué tal si nos acostamos y dormimos un rato?
—Qué sexy eres, ¿me puedes hacer un masaje?
—Sí, y voy a cargarte.
Vidal y su esposa habían subido a su habitación, se habían dado una ducha extremadamente rápida, se pusieron pijamas cómodos que les regalaron, y él cerró las cortinas mientras su esposa se encremaba bien. Luego se abrazaron, Consuelo le acarició la espalda a su marido mientras este la olía y repartía pequeños besos sobre su cuello, su mejilla y sus labios. Consuelo pasó su pierna sobre las de su esposo, quien recorrió su espalda despacio con la mano.
—Por esto necesitamos la vasectomía.
—Sí, pero tienen un poco de razón. ¿Qué tal si queremos un hermanito?
—Ya tienen un hermanito.
—Otro, mi amor. Solo seis meses. Si en seis meses sentimos que no queremos, lo haremos.
Consuelo le da un beso en los labios.
—Vamos a usar condones todos esos seis meses.
—Ajá —respondió Vidal y siguió besándola.
Resonaron golpes en la puerta de la habitación.
Consuelo sonrió antes de dejar a alguno de sus hijos pasar. Anastasia vino corriendo de la puerta a la cama y dio un par de saltos. Su papá le recordó que Consuelo estaba en la cama y que necesitaba tener cuidado. Esta tomó asiento en la cama de un salto y anunció como loca:
—¡Me dieron el solo! —gritó, y sus papás rieron antes de cubrirle la boca.
—Felicidades.
—Los bebés.
—Ay, mis hermanos, son como de buena suerte —responde y mueve las manos emocionada—. ¡Tengo el solo! —repite emocionada y se cubre la boca esta vez. Su papá la abraza y le llena de besos la frente y la cabeza. Consuelo le da un abrazo fuerte mientras celebran.