Consuelo y Anastasia habían llegado al hospital. La mayor se dio cuenta de que su hijastra, la de los insultos y respuestas audaces, estaba muerta del miedo solo con la forma en que le agarraba la mano y trataba de esconderse detrás de ella. Consuelo había llamado a sus padres ya en dos ocasiones y ninguno de los dos le escuchaba. Qué tan difícil era encontrarles en el hospital en que trabajaban.
La recepcionista no estaba ayudando en esta aventura, se estaba comportando como si Consuelo fuera una secuestradora que lleva a su hijo al hospital.
—Nombre completo.
—Antonella Anastasia Vidal —respondió la pequeña y se acarició una ceja mixta por tener que admitir que quería un primer nombre tan pavoroso, la demostración de su madre de lo mucho que amaba a su suegra lo llevaba ella.
—Edad.
—Nueve y medio —respondió molesta.
—Dirección.
—¡No tienen esto en el registro? No se supone que son las emergencias —preguntó Consuelo impaciente y le dejó un mensaje de voz furiosa a su pareja. —De verdad espero que alguien esté muriéndose y su única esperanza seas tú, porque necesitas contestarme el teléfono cuando te llamo. Anastasia rió.
—No le va a ir ni cerca de bien —respondió divertida.
Uno de los estudiantes de Vidal vio a Anastasia y luego a Consuelo, se acercó y les saludó.
—Señora Vidal —le llamó el joven, uno de los estudiantes que le lame el culo a Vidal comprándole café caro desmedidamente.
—Hola, ¿has visto al doctor Vidal?
—No, creo que está en una reunión...
—Vale, si le ves le dices que estoy en emergencias.
—¿Quién está mal, los bebés o usted, Anastasia?
—Anastasia.
—¿Qué te pasó?
—Me golpeé la cabeza y probablemente tenga una hemorragia intracraneal o una ruptura de aneurisma en proceso y ella está jugando al gato y el ratón —señaló a la recepcionista. —Solo para que sepas, mi padrino es el doctor Pieth y pienso poner una queja por acoso e intromisión —Consuelo le acarició la espalda.
—Voy a vomitar de nuevo —dijo Anastasia antes de inclinarse y vomitar a la recepcionista. Su madrastra le acarició el pelo y le dio un beso en la mejilla antes de felicitarla.
—Pésima actriz, pero oportunísima —susurró Consuelo y Anastasia le guiñó un ojo.
—Es hora de ingresarte —dice el médico y le alcanza una silla de ruedas, le lleva a una sala y comienza a correr con la niña.
Augusto y Francesca habían decidido tener una reunión sobre sus hijos, a él no le gustaba pensar que la mujer que les dio vida estuviese desentendiéndose al completo de ellos.
—¿Para qué quería que nos viéramos?
—Tenemos negocios en común y por si no recuerdas, tres hijos —respondió Vidal.
—Tengo problemas serios con la custodia de mis hijos menores, a quienes su papá quiere prohibirme verme porque mi hija mayor decidió exhibirme desnuda con otro hombre por mi casa después de extorsionarme, ¿quieres hablar de cómo voy a mandarla a vivir en la cárcel por acosadora y psicópata? —Si tú no hubieses engañado a su papá y luego a su padrastro, mi hija no tendría que estar yendo a terapia como una mujer de cuarenta dos veces divorciada.
—Te los regalo, los dos mayores son para ti; tienes un delincuente, una chantajista y Anastasia que podemos compartir.
—Francesca, no te voy a rogar porque seas la mamá de mis hijos.
—Sí, claro, porque estás viviendo en la pradera con tu nueva esposa y tus nuevos hijos, se te olvida que ellos son el resultado de tu abandono. Si no hubieses elegido irle a oler el culo a Bella, todos estarían un poco menos jodidos, pero super fácil les queda a los cuatro echarme todas las culpas a mí.
—Estoy intentando conversar contigo. Francesca, cuando estuve mal, cuando me equivoqué, tendiste una mano, dime qué necesitas, un abogado, dinero, terapia, ¿qué quieres?
Los dos se quedaron en silencio, ella sabía que Vidal tenía razón, se habían apoyado en lo inimaginable, se habían amado incluso cuando se odiaban, y habían sabido ser compañeros, amigos y familia ante todas las cosas, y ahí estaba él ofreciéndole más de lo que creía soportar.
—Quiero morirme, Vidal —respondió. —Lo he perdido todo, he perdido el respeto y amor de todos mis hijos, tengo una casa vacía, tengo miedo, no sé si despertarme o si dormirme, a veces... fantaseo con... morirme... no despertarme nunca más y ya dejar que todo pase, sabes, tal vez Rick tenga razón, y soy una mala mamá y no merezco volver a verlos jamás a ninguno.
—Eres un zorrón, una perra, y una mala esposa, nunca me hiciste el desayuno y a él sí, cabrona, pero no voy a dejarte morirte, no vas a hacerle eso a Tessa, no vas a matarte y dejarle llevando la culpa, Xavier y tú necesitan llevarse bien o va a casarse contigo, y Anastasia, ella necesita todas las mamás posibles, así que no vas a morirte, ¿entendiste? —respondió Vidal, y le dio un beso en la mejilla. La abrazó y la acurrucó contra su pecho.
Consuelo había estado de un lugar a otro con su hijastra, que sí, un TAC, una toma de sangre que Anastasia le hizo prometer nunca en la vida contarle a sus hermanos que gritó y lloró, pero cuando el médico le pidió autorización para sacar una muestra de líquido cefalorraquídeo, le pareció demasiado, mucho con demasiado.
—No voy a firmar por eso, quiero a Arturo Pieth y llamen al doctor Vidal hasta que conteste y venga, y la doctora Vidal, díganles que es su hija y que no voy a tomar más decisiones desinformadas.
—Esta es la guía del doctor —pregunta la médica a su compañero.
—¿Quieres morirte?
Consuelo entra a la habitación de Anastasia y le da la mano.
—Voy a ir por tu papá, necesito que seas insoportable y te rehúses a ser atendida en nombre de tu abogada.
—Me encanta ese juego.
—Y solo te vas a dejar atender por el doctor Vidal o el doctor Pieth.
—Entendido.
—Okay, pero me siento mareada.
—Ey, Stace —le llamó Ramón, Consuelo vio a su hermano agradecida por responder sus mensajes.
—Ah, qué dicha, me están dando drogas y creo que estoy a punto de ponerme divertida.
—Te están pasando líquidos, Anastasia.
—Ah... entonces estoy muy mareada —responde justo antes de desmayarse. Consuelo y Ramón ven cómo tratan de reanimarla y finalmente Arturo ingresa en la habitación.
—Consuelo, ¿por qué no me llamaste? ¿Dónde está Vidal?
—No sé, no sé dónde está ni qué le pasa a Anastasia.
—¿Por qué vinieron?
—Dijo que se golpeó en gimnasia, no dijo nada, en la escuela dicen que vomitó tres o cinco veces, no estaban muy seguros, y ahora le vomitó a la de recepción, y estos imbéciles han estado jugando al doctor y quieren líquido cefalorraquídeo de mi hija porque quieren impresionar a su papá.
—Tiene todo para una meningitis, excepto fiebre.
—¿Meningitis sin fiebre? —repite Arturo... —Es hija de médicos, se enferma atípico, así que vamos a hacerlo.
—Le tiene pánico a las agujas —interviene Consuelo.
—Lo sé, Consuelo, pero los exámenes, más los vómitos y el dolor de cabeza, nos dicen mucho.
—No sé qué hacer, dame diez minutos y si no encuentro a Vidal, le hacemos esto a Anastasia.
—Vale, diez minutos.
—Gracias.
Consuelo subió al piso de la oficina de su pareja, donde encontró a su secretaria quien parecía reticente a darle información. La mujer vio un par de llamadas perdidas de sus hijos, una de Mariana y otra de Xavier, luego una de Tessa con un mensaje.
Contéstanos, sabemos que algo no va bien con Anastasia y nos estamos poniendo molestos, pensamos lo peor, ¿se murió? ¿Es eso? Mi hermana se murió.
Consuelo decidió ignorarlos y se puso loca contra la secretaria.
—Usted sabe que soy la que entra ahí y se lo folla, y soy la misma persona con la que comparte una dirección de casa, así que déjese de perradas y hágame el favor de decirme dónde putas está.
—En el restaurante de la esquina con su primera esposa.
—Perra —le grita Consuelo y se va molesta a buscar a Vidal.
Consuelo y se va casi corriendo, la gente la ve como si estuviese enloquecida, y la verdad, es que lo estaba un poco, sus hijas hasta el momento ahbìan sifdo sanas, y Anastasia, de entre todoso sus hijo es una especie de señora con bloqueo emocional posttrauma, casi nunca emuestra sentimientos dulces y mucho menos asustada. Ya no le importa, camina rápido hacia el lugar en el que se encuentran Vidal y su primera esposa, abrazados, con el rostro casi pegado, y mirándose con adoración. Él se inclina para besarla en la mejilla y Francesca le acaricia la espalda. Consuelo camina hacia ellos y da un par de golpecitos a la mesa.
—He estado intentando comunicarles que su hija menor está enferma, hospitalizada, y necesita una punción lumbar o como se llame, y le tiene pánico a las agujas, entonces si ya terminaron su sesión de romance de medio día, tal vez quieran regresar a la realidad y ser padres.