Competencias innecesaria

1884 Words
Consuelo y Ramón son del tipo de hermanos que se van, montan una fiesta, beben y bailan sobre las mesas, y al día siguiente se turnan para vomitar. Luego se hacen una sopita y siguen disfrutando. Los hermanos Vidal… bueno, ellos son competitivos porque tenían un papá que los ponía a competir. Entonces jugaron bingo —el juego más al azar— y desarrollaron una competencia. Luego jugaron dominó y se puso más intenso. Para las tres de la mañana estaban tan borrachos y cansados que, jugando póker, decidieron apostar sus casas y negocios contra Vidal. ¿Adivinan quién ganó? Vidal tenía a sus hermanos contra la espada y la pared, borrachos y sueltos. Anabelén estaba abrazada a la botella de tequila cuando su hermano tiró veinticinco puntos en dominó y ella, en lugar de subir la suma, la devaluó. Gabriel se rió y le dio un beso en los nudillos, antes de recordarle que no era buena en matemáticas desde la escuela. Increíble lo que hace el alcohol… y un grupo de hermanos. —Yo no sé por qué siguen jugando contra Vidal. —Estábamos borrachos… y sabes cómo se pone Vidal. El Vidal en cuestión baja cargando a sus hijos más pequeños en los fulares. Julia, su cuñada, acaricia las espaldas de los bebés y le jala el pelo a su padre. —Estás cabrón —dice Julianne, mientras le da golpes con el periódico a su marido en la cabeza. Gabriel se ríe. —Mira, Augusto… —Juli, Jules, eres mi cuñada favorita, y yo jamás querría que vivieras en la calle. Ni tú, ni mis sobrinitas. Pero todo es culpa de Gabriel. —Como a mi casa no me hace falta, ¿qué tal un acuerdo? —responde, y sus hermanos se ríen. —Sí, Agustito. —¿Qué tal si hacemos una competencia de pintura? Todos. Está lloviendo, la luz va y viene… ¿por qué no unas 24 horas de pintura? Si los niños califican a ciegas con más de 10 las pinturas de sus padres… Esa es la relación de los Vidal: uno engañando al otro para hacer lo que quiere y sentirse poderoso. Consuelo se para entre su esposo y sus cuñados y les dice: —No tengo tiempo para ponerme a criarles, porque tengo casi diez hijos. Pero los hermanos normales se comunican —comenta, y llama a su hermano a gritos—: ¡Ramoncito! —Sí, Consu. —¿Quieres pintar y enseñarles a los Vidal sobre comunicación? —pregunta con tono ejemplar. —Sí, me das una botellita de algo rico y trabajamos juntos, en equipo… —responde Ramón, con el mismo tono condescendiente, y su cuñado se ríe—. Claro, no hay problema, hermanita. —Ah, qué maravilla. Nos hacemos algo rico, un guacamolito. —Ah, sí, sí, vamos —dice Consuelo y lanza una mirada amenazante a su esposo y sus cuñados. —En son de comunicarnos: a mí me gusta más manipularlos. Hoy ganas tú, más tarde ganaré yo —responde Anabelén y les da un beso a los dos. Luego saluda a Imán, quien parece entretenida viéndola. Es algo que traen en la sangre. Pero todos en la casa acabamos pintando. Es como si nuestra nueva obsesión fuera enloquecerlos a todos. Lo mío ha sido el arte toda la vida, pero no al nivel de los hermanos Vidal, así que me adjudico la posición de fotógrafa. Eso sí que se me da. Lo disfrutamos muchísimo, y los niños parecen felices de hacer otra cosa que no sean las noticias. Tessa prepara un pan maravilloso que desaparece en minutos. Es perjudicial para cualquier dieta, pero me encanta que sea inteligente, bonita y además excelente cocinera. Se sienta a ver las fotos en la cámara y encuentra unas de mis hermanas. —Estas son viejísimas —le digo, y ella sonríe. —¿Qué pasó con tu mamá? —pregunta. —Umm… no quería ser mamá. —Pero las tuvo. —Sí, y nos quería a su manera, pero no quería dedicarnos tiempo, amor… jugar a las muñecas, que era mi parte favorita. En fin. Tienes suerte, Tessa. Tienes un papá que quiere ser tu papá, una madrastra que quiere que no gastes huevos pero que cocines el mundo, y hermanos… en unos diez años vas a seguir queriendo desaparecerlos, pero te será imposible no amarlos intensamente. —Xavier podría volver al útero y nos haría un favor. —Ven a ayudarme con mi cuadro, que no entiendo cómo Xavier puede hacer todo —se queja Alex. —Me está cayendo un poco mal últimamente. Los niños se la pasan tranquilos. Ramón y Consuelo están pintando algo mientras conversan. Anabelén, con los audífonos puestos. Alice está leyendo en internet cómo mejorar su técnica, mientras sus hermanas le recomiendan simplemente pintar. Roro y su esposa están riéndose mientras tratan de pintar con la mano opuesta, y Antonia continúa pintando. —¿Qué gano si soy la seleccionada? —¿Qué se te antoja, mamá? —pregunta Vidal, y su madre sonríe. —Esas vacaciones que nunca organizamos. Si yo gano este año, todos sacamos el tiempo. ¿Vale? —Sabes qué, mamá… ganes o pierdas, Julie y yo nos vamos contigo. Lo pasamos riquísimo siempre que viajamos contigo. —Sí, Antonia… vámonos. Algo tropical y riquísimo. Ah, sí. —Vale, nosotros iremos también, mamá —responde Anabelén. —Vale, mamá, a donde tú quieras —responde Vidal mirándola a los ojos, y ella sonríe antes de aplaudir. —¿No sé si les he contado cómo conocí a su padre? —No, nunca. —Era su profesor de arte… cuando estaba casado conmigo —comenta Marita, y me llama la atención porque nunca hay rencor por parte de ella al hablar de Vidal. Creo haberle preguntado si lo amó, y ella respondió que sí, pero que era parte del pasado. Que ahora tenía una vida con un hombre que le daba todo lo que sí quería para su vida, ¿por qué desperdiciarla? —Alguna otra cosa aprendió. —Estaba muy interesada en la psicología del arte y el color, y él insistió en que si no aprendía a pintar, no entendería a Freud. —¿Y en qué parte de la clase entendiste a Freud? —Bueno… él era una persona compleja psicológicamente, y encantador. —Un narcisista —recalcan Marita y Vidal, y Antonia rueda los ojos. —Mi marido era encantador, entre otros defectos. Pero todo se le permitía desde muy pequeño. ¿Qué esperaban del hombre? Xavier encuentra un parentesco entre su abuelo y su padre. Quienes, sí, en efecto, tienen un aspecto impresionantemente similar. No hay duda alguna sobre quién es el hijo y quién el padre. Pero, en comportamiento, solo se les recordaba por lo determinados que eran… y claro, por ese detallito: se salen con la suya indudablemente. —¿Ves por qué no creo en los psicólogos? —Yo hace un tiempo fui a una sanación pránica, y creo que ha sido mejor que cualquier terapia —responde Anabelén, y Gabriel le asegura que está igual o peor que antes. —Yo fui con una terapeuta de cristales —responde Juli—, y tenía base psicológica. Al mes conocí a Gabriel. No sé si para bien o para mal, pero esas son más funcionales. —Todos aquí necesitan terapia de shock —asegura Vidal, y todos se ríen. Las noticias sobre la tormenta que estaba golpeando en Mainvillage eran devastadoras nuevamente. Hablaban de permanecer en estado de emergencia por el clima cinco días más. Y hay un pequeño ser violentamente molesto por no poder celebrar su cumpleaños. Dios bendiga a las primas y a los hermanos, quienes organizaron una pijamada con sus películas favoritas dentro de su habitación, mientras nosotros, los adultos, hablábamos de ahorrar la energía del generador, de asegurar los espacios, salir solo dos a comprar más comida, lámparas y algunas cosas en caso de que la situación empeorara. Mi suegro y Ramón fueron por medicamentos necesarios y alimentos. Mi cuñada se sentó a mi lado y me preguntó: —¿No se te antoja parir? —No, Consuelo, yo soy de hospitales y anestésicos en lugares incómodos. —Qué mal ambiente para nacer. —Quiero hacerle un arco de globos a Alice y unas letras bonitas, y una fiesta con juegos. Tessa prometió que en cuanto su hermano se duerma, va a bajar a preparar el pastel enorme que le pidió, así que Ramón va a traer huevos extra y unos cuantos regalos del supermercado. —Te está preocupando. —Llamaron a Vidal del hospital para ayudar, y él quiere ir. Los niños se ponen nerviosos a ratos, y es estresante. —Permiso, Consuelo, ¿puedes hablar con mi papá? —pregunta Nadine, y esta asiente para ir a tranquilizarlo. Están rodeados de gente vigilándose; nada de sexo ni drogas, una casa normal con papás locos y competitivos. Vidal se acercó a su mamá cuando esta dijo, por milésima vez, que tenía dolor de cabeza. Le tomó el pulso; ella le quitó la mano y le hizo una seña a su nieto: —Cariño, ¿me haces un té para los nervios? Es que estoy nerviosa. —Mamá, ¿hace cuánto no te haces un chequeo? —Tu mujer no cree en mi profesión y yo no creo en la tuya. Cada que uno va al médico, se muere. —¿Por qué la gente se espera? —Ay, no, abuela, espérate a después de mi cumpleaños. No puedo con tanto —se queja Alice, y Antonia se ríe. —Un abrazo y te controlas —dice Antonia, mientras la abraza y la llena de besos. Anastasia comenta que es un poco inapropiado morirse así como así… con dolorcito de cabeza. —Triste. —Qué hijas de su papá, dramatiquísimas. No se puede estresar uno. —Como para morirse, no, mamá —responde Vidal, mientras la acomoda para tomarle la presión. Su madre le asegura que tiene una técnica para regularse la presión, y él se ríe mientras se la toma. Todo parece tan normal como las mil máscaras que usa su madre para vivir. Pero le asegura que en cuanto la lluvia cese, él será quien la lleve de la mano a hacerse los exámenes que no pueda intentar controlar. En un tono de voz grave, todos escuchan: —Anto-nella… Suena a que estás... en problemas —dice Xavier—. Y suena a que tendrán que heredarme antes, porque ninguno de ustedes tiene técnica para pintar. Vidal solo hay uno, el original, el verdadero, y natural. —¿Como lo haces?—pregunta Tessa. —Le falta trabajo...—responde Anastasia. —Tú sidebería ser heredera de tu abuelo, esa insatisfacción —comenta Anabelen y Anatasia se encoge de hombro —planeo ganar Vidal observa el arte de su hijo, un retrato en carboncillo y un juego de tizas en sus ojos grises y expresivos. La impecable Antonella Vidal, preciosa, elegante como solo ella, por otro lado. —No puedo creer que me hayas marcado las arrugas, ¡te volviste loco!—Todos ríen. —¡Xavier! Vuelve a empezar. —Sí, has la versión botox de Antonia, igualado —le insulta Anastasia. —Deberían descalificarte...
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