Consuelo y Ramón pasaron todo el día siendo hermanos, jugando a ser adultos con dos bebés. Ramón había entrenado un poco para tener a un recién nacido en casa, hombre o mujer, que nuestra criatura se rehúsa a enseñar sus partes. Viene mentalmente preparada para el mundo cruel. Al día de hoy, creo que es niña porque es una criatura muy protectora y poco exhibicionista. Un hombre nos hubiese enseñado su pipí. Su papá estaba convencido de que los bebés eran fáciles hasta que estuvo toda la mañana con sus sobrinitos, tan demandantes, que si la leche, el pañal, la ropa que lleven… A Índigo el baño parece haberle llenado de una ira poco aceptable para un bebé.
—¿Entonces no le gustó la temperatura del agua? ¿Qué no está bien? Porque le cuidé los ojos para que no le entrara jabón y que el agua estuviese a temperatura ambiente.
—A Índigo le gusta un poco más caliente —contesta su madre—. Creo que no le gustó que la sumergieras tan rápido, Ramón, y cuando se adaptó de nuevo, la sacaste. O sea, un poco de amor y respeto —responde su mamá irónica.
—Tardan seis años en hablar bien, entenderte… O sea, en seis años se me puede morir un hijo.
Consuelo ve a su hermano enternecida. Es impresionante que sean creados con las mismas células y se comporten tan diferente. Para ella, la maternidad era tan fácil como dar amor y recibir amor a cambio. Para su hermano, era una responsabilidad gigante, una tarea que debía cumplir de forma perfecta.
—Ramoncito, puedes ir a todas las clases que fui y presté toda la atención del mundo, pero no es la temperatura del agua o el tiempo adecuado de baño. Ramón, todos los niños son diferentes. Mejor ejemplo lo tenemos aquí: yo veo el blanco donde tú ves el n***o —responde Consuelo—. Te voy a dar un consejo: los bebés son tuyos y de la persona que más amas en el mundo, la persona que más conoces en el universo. Cuidarlos el primer año es fácil, estos bebés son un regalo, son los más fáciles de los nueve. Ya yo sé que a ella no le gusta el agua ni que la saquen, pero no puedo meterme en la cabeza de Tessa o en el corazón de Mariana. Mis hijos están viviendo sus propias batallas y tengo que enterarme de cuáles se tratan. A estos bebés voy a conocerlos de toda la vida y, probablemente, a la edad de sus hermanos sean detestables, insoportables, y si tienen una adolescencia como la nuestra, tendré que tomar Xanax o algo. Pero no puedes controlar nada, Ramón. Tienes que aprender día con día. Lo que marca la diferencia es si te dejas atormentar porque la niña llora de rabia o si aprendes a reírte de ella y con ella mientras disfruta el baño y te huele la colonia.
—Índigo es tu hija de otra mamá, solo lo que ella quiere y punto final.
—Sí, es una toca pelotas profesional —dice Ramón feliz mientras la ve en la cunita.
Consuelo se ríe y se abraza a su hermano. Vidal ingresa a la habitación y les mira.
—Qué cómodos —se burla—. Voy a ducharme y saco a estos dos.
—Ven a acostarte con nosotros un ratito.
—No quiero interrumpir y vengo de correr contra Anabelén.
—¿Ustedes siempre son así de competitivos?
—Sí, es la base de nuestro romance de hermanos —bromea Vidal y se sube a la cama. Le da un par de besos a su esposa en los labios hasta que su cuñado les golpea con una almohada.
—Ve a bañarte, no voy a estar en la cama mientras tienen sexo, y por el amor de Dios, no lo hagan con los bebés en la habitación.
—Lo hicimos con los bebés dentro de mí —responde su hermana y le guiña un ojo.
Su cuñado asiente, le da unos cinco besos a su esposa y un golpe en el hombro a su cuñado antes de ir a bañarse.
A Consuelo se le quitan las ganas de hablar de la mamá biológica de su hija y decide confiar en su propio consejo: amar a sus bebés, disfrutar de sus vidas, gozar de lo que tiene enfrente.
En la tarde, la casa se llena un poco. Anabelén le lleva unos atuendos a sus sobrinos, lo cual sorprende a Consuelo. Isabel, su hija mayor, se encuentra con su amiga del cole, Alba, y se ponen a jugar.
—Vidal, echa a tu sobrina.
—Isabel es de mis sobrinas favoritas, ¿cómo voy a hacer eso?
—Tío Vidal-letty —le llama, y este se pone a su nivel—. ¿Tienes, de casualidad, galletas, por favor?
—Isabel, no puedes comer galletas porque luego no cenas. La gente que no cena no come chuches.
La pequeña se queja, pero Alba, que es una diosa de la negociación, comenta que no puede comerse una galleta, pero sí unas fresas con una naranjita. Y si nos descuidamos, ordena una ensalada de frutas. Anabelén ama la nueva relación de su hija porque todo lo que sea comer sano es algo que, aparentemente, Isabel no deja de comprender.
—¿Quieres mango? —pregunta su hermano y ella niega con la cabeza.
—¿Por qué no?
—Demasiada azúcar, me engordo —responde, y Vidal levanta una ceja—. Yo como súper sano, ella quiere comer todo lo que yo pienso que es inapropiado. A ver, sándwich con pan, o sea, hay cosas más apropiadas, libres de gluten y con buen sabor.
—Tía —grita Tessa cuando entra en casa y viene corriendo a saludarle. Su tía abre los brazos y la llena de besos.
—Mi princesa —le llama y le llena de besos, la abraza y le acaricia el pelo.
—¿Cómo va ese nuevo cole?
—Bien —Anabelén arruga la cara. "Bien", esperaba un poco más—. Me voy a cambiar —comenta Tessa y le da un beso en la mejilla a su tía antes de subir a su habitación.
—Xavier, ven a saludarme, de verdad —se queja, y su sobrino deja el bolso tirado para ir a besar a su tía y abrazarla como si fuese un oso.
—¿Cómo has estado?
—Bien, tía —ella sonríe.
—¿Qué más?
—Bien… normal… —Anabelén rueda los ojos y su hermano asiente.
Anabelén le acaricia el cabello y este se disculpa para ir a cambiarse. Alex ve a su tía cuando entra, pero está ocupado conversando con Alice sobre su maqueta. Toma de la mano a su hermanita y van juntos a saludar.
—Alex, ¿cómo has estado?
—Bien, tía, ¿y tú?
—Bien, mi amor, feliz de visitarlos.
—Eso es bueno.
—¿Tú cómo has estado?
Él asiente y su tía le mira seria antes de que decida alejarse. Alice saluda a Anabelén y sale corriendo a su habitación.
—¿Qué tiene Alexis? Está muy serio últimamente.
—No sé, creo que problemas en la escuela —responde su padre, y los dos ríen.
Anabelén, quien odia a Consuelo, no duda en hacerme conversación y parece agradable. Mi hija eleva una ceja y yo me río por dentro.
—¿Quieren algo de beber?
—Dile a Vidal que quiero agua con naranja, por favor, y que me la haga él —pide Anabelén.
—¿Y tú, Titi?
—Se me antojan unas fresas con limón.
Vidal le hace una seña a consuelo y se pone a preparar la bebida de su hermana, y unas fresas para mí, unas cuantas botanas para que nos entretengamos con el chisme. Anabelen se pone cómoda en el sofá y Consuelo se queda a vigilarnos a su cuañda y a mí, que nuestra floreciente amistad no le está encantando.
—¿Ya sabes qué sexo es?—pregunta Anabelen.
—Creo que niña, tiene actitudes.
—Ay, si es niño mi hermano te va a molestar tanto.
—Ramón quiere niña pero dice que siente que eyaculó un niño.
—Qué inapropiado que es —se queja Consuelo entre risas y Anabelen se ríe.
—Mi marido lleva tres eyaculaciones fallidas, ya no voy a tener más de sus bebés.
—Haces bebés lindos.
—No quiero estar con él—responde y Vidal le da su bebida y las fresas a mi amiga.
—¿Qué es lo que no está bien?
—Tiene demasiada energía femenina —Responde Anabelen. —Te faltó alcohol —dice y su hermano toma asiento al lado de su esposa. —Sabes, papá era un súper papá, pero siempre lo veía apasionado con su arte, vendiéndolo el mismo, dando órdenes, siendo un hombre un señorón, y mi marido llora cunado las niñas tienen fiebre.
—Creo que, si solo le ves los defectos y no lo bueno, entonces tú no te mereces estar con él —comenta Vidal. —Tu marido es un buen papá, que te apoya incondicionalmente, te adora, las cuida, trabaja y lo organiza todo alrededor de sus beneficios, ese hombre te ama y lo estás dejando ir por un par de lágrimas y porque quieres un salvajemente golpee la pared y te grite y te haga cosas inapropiadas.
—Mis hijas están definitivamente bien, los hermanos mayores apestan —responde y ve a su hija afuera riendo con sus amigas y sus primas, se queda en silencio pensativa bebiendo alcohol como si el vaso fuera infinito, su hija sonríe a lo lejos y le lanza un beso y Anabelen sonríe de vuelta. —Voy a pedir la cena, y llamar a mi cuñado que a mí me encanta, es un tipo majísimo, muy dulce, y a mi otro cuñado, es medio mandón y cree que mi cama es suya.
—Ay, pobrecito Vidal... —Ironiza Anabelén.