No

1839 Words
La paz es algo a lo que Vidal y su esposa aspiran, pero no siempre se puede tener todo en la vida. Por ejemplo, habían resuelto la custodia de todos sus hijos, pero había una mamá casándose después de ocho meses de estar en proceso de divorcio. O sea… Francesca, ayúdanos. Y adivinen con quién se piensa casar. Sí... sí. —Papá, tengo una actividad como muestra o un show, no entendí. En fin, es en el parque de la Música. No los iba a invitar, pero al final son familia… —Consuelo eleva las cejas y su esposo ríe cuando le entrega la invitación oficial. —Ahí estaremos, llevaremos carteles con escarcha y gritaremos tu nombre entre la gente. —Mamá, nosotras podemos ir. —Sí, todos básicamente pueden ir, es familiar —responde Vidal. —¿Cómo reservas espacios en un parque? —pregunta Anastasia. —Llegas temprano, mi amor, y esperas horas. Se llena. ¿Nunca has ido a un concierto? —No soy de Zacate —responde Anastasia. —Sí, pero no eres alérgica, eres un poco aburrida —se queja Alice. Consuelo ve a Índigo dándole agua a su hermano pequeño. Los dos están tan concentrados en lo suyo que no se dan cuenta cuando su mamá se acerca a llenarlos de besos. A Consuelo la maternidad no deja de fascinarla. Creo que es de esas mamás que terminan escribiendo un libro de desinformación para nosotras, las mortales. O sea, yo lo pasé fatal en el embarazo, en el parto, en la vida con mis hijos. Alba estaba en una sala llena de gente y, de repente, podía ver la cara de su tía. Por último, la maternidad me da cachetadas, pero Consuelo conecta con sus hijos en un nivel que considero privilegiado. Incluso logra acomodar perfecto su trabajo y su matrimonio para ser una buena mamá. Alexander se despide, porque la nueva frase de sus hermanos es "¡Ey!", y la usan cada vez que alguien se está escapando por la puerta sin un beso, un saludo, algo. Él les hace unas cosquillas y les comenta sus planes: —Voy a salir. Tengo que reunirme con un amigo muy querido para jugar algo que se llama póker. Requiere de números y estrategia. En fin, en unos años, nos montamos nuestra propia partida. —Ja… —responde Índigo, y su hermano asiente. Consuelo adora esas conversaciones que sus hijos parecen entender. Alexander les da un beso en la mejilla a sus hermanos y otro a su madrastra antes de salir de la casa. Los niños igual se quejaron, pero no como de costumbre, porque estaban entretenidos besando a su mamá. Vio a su mamá entrar a casa con Leonor. La más pequeña se acercó a saludar a los bebés y estos parecían encantados de verla. Consuelo sonrió cuando su hijo le tiró un juguete a su abuela para que lo viera. —Tú estás ahí, con tu hermana la princesa —se acerca a saludarles—. Van a hablar conmigo. —Ja. —Ah. Los dos le responden emocionados y Marita los carga a ambos para achucharlos, les llena de besos y los dos ríen mientras intentan despeinarla. Su mamá les recuerda por qué nadie con pelo quiere cargarles, mientras les separa dedo con dedos. Alice y Anastasia ayudan a rescatar el pelo de su abuela. Leonor se pone a preparar café para su conversación de negocios. Anastasia y Alice creen que están listas para trabajar en un evento, y Dios las bendiga por la seguridad que presentan, la tranquilidad que muestran y toda la iniciativa y fortaleza que tienen para hacer las cosas. —Estamos hablando de unos treinta vasos. —Mínimo cien, abuela. Para treinta mejor nos quedamos en la casa —responde Alice, y Leonor asiente. —Rico ponernos una meta de treinta pero llevar para cien a ver qué tal te va. Es rico, fácil, te da el azuquitar. Podemos sacar un tamaño de feria que no nos quiebre a nosotros, pero tampoco al bolsillo de la gente. Entonces, di que tienes diez dólares: siete en la pizza y unas golosinas. —Y quedas participando para ir a otro concierto si te unes a nuestras r************* y nos subes a i********: —propone Leonor, y Marita se contagia con las niñas. —Recuerden que esas cosas les generan gastos. —Yo tengo ahorros —comenta Anastasia. —Yo también, pero no voy a quedar pobre por esto. ¿Qué tal si hablamos con mi mamá y ella nos consigue un patrocinador? —Qué cool tu mamá —bromea Marita, y las niñas asienten mientras siguen organizándolo todo. Marita es la mente tras un negocio que ha sido toda la vida el regalo que sus papás tenían destinado para su hermano menor (nueve meses menor, pero menor). Sus papás habían trabajado durísimo en una confitería que planeaban heredarle a su hijo, y puede que ella, huyendo con cierto artista escandaloso de apellido Vidal, haya contribuido a que sus papás la sacaran de todo testamento que incluía el negocio que la había forjado como empresaria. Pero, al final, por mucho que se esforzara, no era suyo. Era todo de alguien más: de su sobrina pequeña. —Tessa, cariño, ¿cuántos pasteles vamos a vender? —le pregunta. —No sé si sea una actividad de postre… —Mi amor, un buen cupcake siempre es bienvenido. Pero es cuestión de exposición, es dar a conocer tu empresa, tus cuentas, y la calidad de tus productos. —Abuela, no sé si pueda salir con tantos cupcakes. —Vende brownies —propone Xavier—. Y si les pones adicional de María, ganas. —¿Galleta simple María? —pregunta Anastasia. —Mari-juana —responde Alice, mientras asiente como quien sabe que ha dicho algo malo. Leonor le guiña un ojo a Anastasia. —Tú entendiste. —Alice me lo explicó el otro día. —Alice —dicen su abuela y su mamá al mismo tiempo. —Xavier y yo estábamos viendo una peli y no dejaban de llamar a una tal Molly, y me explicó que las drogas tienen palabras claves. Pero, como le dije a Leonor, si me dicen María o Molly, o camello, yo ya sé que no es literal y que no debo consumirlo. —Mira, no tengo el horno, el espacio, el transporte, ni yo ni mis socias tenemos licencias. —Tienes un papá, dos hermanos, un tío con camiones de catering. Al principio todos queremos la máquina industrial, pero hay que trabajar para tener un poco de todo. Por eso estamos inscritas en la salubridad como emprendimiento culinario y no como empresa. —Sí, cien brownies, cincuenta cupcakes de caramelo, chocolate, nueces… una repostería salada, y vendemos canastitas de picnic para que la gente se siente en el suelo a comer. —Sándwiches. Menos cupcakes y más sánguche con pan artesanal. A la gente le gustan esas cosas —la anima Natalia. —Vale, voy a hacer un presupuesto y conversamos mañana. Está bien. Consuelo se pone a preparar la cena. Los niños le ayudan. Alexander y Vidal regresan a casa temprano y también colaboran. Pero Iman e Índigo tienen planes para su papá. Desde que llega están demandando su atención, y este finalmente se voltea para verlos y chinearlos. —Yo te amo, y te extrañé. Sí, papá a veces tiene cosas que hacer fuera de casa, pero eso no quiere decir que no los ame. Jamás. Papá sale para que puedan comer. Anastasia y Alice se ríen. —Estás tomándote un sabático —le recuerda Tessa. —Sí, quien lo oye cree que él mata la vaca que Consuelo compra para que comamos. —Soy una super mamá, ¿qué les puedo decir? —responde la mujer en cuestión, y sus hijos se ríen, bromean. Xavier le suelta que Consuelo no mata las vacas, sino al carnicero, porque su madrastra es una regateadora profesional y no para hasta ganarse unos cien, doscientos gramos por ahí. —Le dijo: “Soy mamá de casi diez hijos, dos varones”. —En la c********a soy viuda —comenta Consuelo, y su marido niega con la cabeza mientras Índigo le llena de besos. —A ver tú, déjame algo… Vidal le devuelve los besos a su hija, y Tessa va a conversar un ratito con la nena. —Es mi papá, guapa, yo lo vi primero. En esa época usaba barba. —Ja —parece que se ríe. —El pelo corto, nena. —Ahh. —Exacto. Y no dormía bien, tenía ojeras. —Yo te amo, y te lo comparto. Pero eso es un compartir. —No —Tessa la ve asombrada—. No —las dos ríen. —¿No vas a compartir conmigo? —Índie, ¿de quién es papá? —Se toca la cabeza, y todos en la casa ríen. —Iman tiene papá —niega con la cabeza—. Yo tengo un papá —niega con la cabeza de nuevo. —Índigo, sí hay que compartir. —No. —Di “papá” y soy tuyo por una semana. —Ap. —Ya casi, muñeca —dice Vidal—. Dame a mi única hija en su imaginación —comenta mientras la carga—. Mira, nena, acá tienes a tu hermana —responde alargando las letras—. Tessa. Tu hermana Anastasia —dice y la señala, y así va con los demás. Hasta que su hija le toma la cara y le informa: —No, Indi Imi —Consuelo se ríe hasta quedar sin aire porque llevan unas semanas estimulando el “mamá” y el “papá”. —Índigo —la llama Iman, y más risa le da a su madre. —Tú sí… Vidal se ríe. Finalmente lo hace porque solo sus hijos podrían elegirse como sus primeras palabras oficiales. Yo solo quiero que sepan que Francesca no puede ser más inoportuna. Tessa recibió un mensaje y le dio a su papá el celular. —¡Papá, ¿tú sabías algo de esto? Vidal ve la foto de Francesca con su nuevo marido y niega con la cabeza. —¿Cómo se casó y no nos invitó? Qué pasada... De muy mal gusto, porque yo la invito a mis actividades todo el tiempo —comenta Anastasia. —A mí me encantaría que mi mamá hiciera un testamento, y lo más importante: espero que no esté embarazada. —Her love child es Tessa, solo se le confundieron las fechas —bromea Anastasia, y su hermano se ríe. —Honestamente, no quiero saber nada de estas personas que no se reflejan en mi cuenta de banco. —Conocen a su mamá, seguro se dejó llevar por el momento. Los dos van muy sencillos, solo es como una legalización... No es mejor ser legalmente pareja de alguien. —No —responden sus cuatro hijos, porque Índigo se sentía parte de la conversación.
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