Consuelo
Yo a veces solo quiero un día de paz, pero mis hijos están teniendo un pequeño resfriado, lo cual les tapó la nariz; los mayores están en semana de quices, estresados ante el clima de exámenes; y Vidal, mi esposo, el de la filosofía de "en meses solo con mamá y papá", se ha ido a un congreso porque todo está pagado.
—¿Consuelo? —me llama Tessa.
—Sí, mi amor.
—Entonces no estamos castigados.
—No.
—Ni nada negativo.
—No, mi amor.
—Vale... valeee, entonces sí puedo salir con mis amigas.
—¿Por qué me estás preguntando a mí? —le pregunto.
—Porque vivo en tu casa y se supone que legalmente eres mi tutor si no está tu marido.
—¿Quiénes son esas amigas? —pregunto, y Xavier hace un ruido; a ver, que los niños se comunican más por rugidos que por palabras, es como si sus papás hubiesen desaprovechado la oportunidad de hablarles cuando pequeños.
—Compañeras de clase.
—¿Cómo se llaman? ¿Quiénes son sus papás? ¿Cuáles son sus hábitos? —pregunto, y ella entrecierra los ojos.
—¿Cómo se llaman, Tessa? —pregunto de nuevo.
—Voy con unas amigas.
—¿Vas con un amigo o unas amigas? —pregunto de nuevo mientras cargo a Iman y a Índigo.
—Amigas.
—¿Cómo se llaman?
—No quiero decirte.
—Entonces no puedes ir.
—Vale... —responde y va a su habitación.
Xavier y Alice me miran desde la cocina y siguen preparándose un snack.
—Esa está en algo.
—Sí, sí, está engañando a mamá.
—De fijo, Alice. Hay que saber mentir.
—Definitivo.
—Los puedo escuchar.
—Si yo fuera ella, me escaparía.
—Okay, trajimos los dátiles, el chocolate amargo, la abuela que sí sabe de dulces, y se me antojó como un pastel de coco, entonces, creo que voy a comunicarme con la Tessa —irrumpen Marita y Anastasia en la cocina.
—Abuela, tengo hambre.
—Comparte un sándwich conmigo —le dice Xavier, y al menos me da un poco de paz que haya dos hijos siendo falsamente amables. Mi mamá parece interesada en la receta de mi hijastro y este le explica un poco de su diabetes. Es insulinodependiente desde el año y los seis meses, y hasta donde sé logra controlarse muy bien. Sus hermanas le ayudan, él es ligeramente responsable. Paso los bebés a la cunita, mi papá se queda con ellos y yo voy en busca de Tessa, quien está acostada en su cama conversando en el celular.
—¿Para dónde vas y con quién vas?
—¡Se toca antes de entrar! —responde, y niego con la cabeza.
—Estás dentro de mi propiedad privada, y si planeas masturbarte, pon picaporte.
—Consuelo...
—Tessa.
—Vale... Eva y Atena, mis... medio hermanas, me invitaron a comer y pensé en ir.
—¿Ellas saben?
—Sí, y la comida ha sido su idea.
—¿Y Vidal o tu madre saben?
—No quiero que mi papá se preocupe, y mi mamá se pondrá furiosa. La verdad no sé si estoy lista para conocer a su papá, pero parecen monas.
A veces, con los hijos que en porcentaje son más de Vidal, es complicado. Es como si estuviese metiéndome en un campo minado; de una forma u otra, siempre alguien va a perder. Me siento a su lado y le acaricio la espalda.
—Por mí no hay problema, Tessa, pero creo que es necesario que le pidas permiso a tu papá. Él debería al menos saber en este caso, y me parece feísimo tener que decírselo yo.
—Tessa Vidal, ¿qué opinas de un quequito de chocolate en base a zucchini para Xavier y un pastelito de coco rico que haces para los demás?
—Vale, vamos.
—Eres una hermana espectacular. ¿Te he dicho cuánto te amo? —comenta Anastasia zalamera, y Tessa se ríe.
—¿Qué tal si me pones a alatar?
Anastasia y Tessa llegan a la cocina y Alice está haciendo preguntas a su hermano sobre la diabetes. Él responde, y cuando le parece demasiado, busca la manera de cambiar de tema. Alice se queda en silencio y viene a por mi celular, que es su nueva cosa favorita. Para mí que extraña con locura a Vidal, o ya definitivamente le gusta.
—Hola, amor.
—Uff, no, no soy Consuelo. Soy Alice, tu casi hija.
—Alice, hija, cariño, ¿cómo te va la semana?
—Mis hermanos tienen mocos y mamá se los ha sacado con una especie de globo extractor, pero muy bien van, sin fiebre. El doctor que vino nos cae mal a Anastasia y a mí, quiere pincharlos, ¿quién se cree? Hay jarabes.
—Vale, esperamos que mejoren pronto y no los tengan que pinchar.
—Sí. ¿Qué tal tu congreso, Vidal?
—Muy educativo, se aprende muchísimo de medicina.
—Anastasia quiere panfletos. Le da un poco de pena, pero los quiere. Creo que terminará siendo médico o algo.
—¿Sí? Le llevaré unos cuantos.
—Y trae cosas para todos.
—Vale, ¿llamabas por algo en específico?
—Sí, Vidal. Estoy preocupada por Xavier y la diabetes, y quería aprender, pero no sé dónde leer o buscar, entonces quería que me dijeras un libro y le voy a pedir a mi abuelo que me lo compre ahora mismo, porque tengo muchas dudas, pero no quiero que Xavier se moleste.
—Le pasaré el nombre del libro a tu mamá, y podrás ir a comprarlo. Cuando regrese abordamos las dudas, ¿te parece?
—Vale, gracias. Te portas muy bien, y regresa pronto. Un beso y un abrazo, adiós.
Veo a mi hija y le pido el teléfono de vuelta antes de preguntarle sobre sus conversaciones a la libre en mi celular, y me cuenta su nueva preocupación, al punto de hacerme sentir mal por saber tan poco. Vidal me manda un mensaje de texto.
Vidal
Bloquea este chat con una contraseña que los niños no adivinen.
Alice quiere un libro, voy a sorprenderla y enviarle una copia a casa.
Consuelo
Manda copias para mí y para las chicas.
Te extrañamos demasiado, vuelve pronto.
Vidal
Te amo y te extraño, no se diga menos.
Una hora más tarde, a casa llegaron rosas para la mamá, libros para todas las chicas, los lapiceros favoritos de Tessa, unas colitas para los moños de Anastasia en las mañanas, unos bolillos nuevos para Xavier, el abrigo que Mariana quería, y unos lentes para Natalia. Una lámpara de lectura para Alice y a los bebés unas mediecillas nuevas. Cómo no derretirse con este hombre, por Dios.
—¿Es Navidad? —pregunta Alice, feliz.
—Es un regalo por abandonarnos, pero están monas las coletas, ¿eh?
—Aww, qué lindo mi papá. Le voy a escribir —comenta Tessa y va por su teléfono.
—Los libros del doctor Moreno —comenta Xavier, curioso.
—Sí, Alice quería aprender todo sobre la diabetes y yo creo que todas nosotras deberíamos saber.
—Sí, es importante estar enterado de si necesitas que te soplen el azúcar o te introduzcan un chute por la nariz —responde Natalia a Xavier y este suspira.
Mis hijos no pueden tener un solo momento de paz. De todas formas, le doy un beso en la mejilla a Xavier y otro a Natalia. Mi mamá nos ayuda con una cena maravillosa: un pescado y unas actitudes que sorprenden. Mi papá sonríe cuando Alice se pone de curiosa a sacar datos de la receta, y Anastasia reconoce la importancia del fósforo en el cuerpo. Que sí, mis hijos tienen sus días raros. Estamos recogiendo la mesa los mayores mientras los chicos regresan a estudiar para sus quices cuando la puerta de casa se abre y veo a Vidal, mi esposo, sonriendo desde la puerta. Mis papás nos aseguran que se hacen cargo de los bebés un ratico mientras terminamos de cenar.
Le doy un beso a mi esposo y este me abraza y me besa de vuelta.
—Estuve pensando, y el congreso no es ni la mitad de entretenido que las conversaciones con Alice y los pleitos que describes entre Natalia y Xavier. Además, te echo mucho de menos —responde mientras me llena de besos.
Anastasia baja las escaleras corriendo y ve a su papá, luego me ve a mí y arruga el rostro.
—Ugg, ¿por qué volviste antes? —se queja y Vidal eleva las cejas.
—Es mi casa, donde vive mi familia. Podrías recibirme con más amor.
—Te amo, pero no me regañes. La miss me dejó una tarea y hasta ahora la veo en el planificador.
—Son las ocho de la noche, Anastasia.
—Ya, por eso les digo... que es mejor si solo estuviera Consuelo, porque ella es más amable conmigo que tú.
—¿De qué va la maqueta?
—Es de ciencias... el cuerpo humano.
—¿Un dibujito? —le pregunto.
—Una maqueta, Consu.
—Ve a buscar materiales, pídeles ayuda a tus hermanos, muévete —le dice Vidal, serio, y ella se va corriendo por la casa. Mi esposo me da un beso en la mejilla.
—No vamos a volver a tener sexo nunca más.
—En cuanto a esos dos se les pase la gripe, les voy a dar a todos unas gotas mágicas y tú y yo veremos —le guiño un ojo y él se ríe.
—Anastasia, el planificador no está de adorno —comenta Tessa mientras va bajando—. Ey, papá, regaña a Anastasia.
—Ya le hablé.
—Te amo y te extrañé —responde Tessa mientras abraza a su padre