VMM

2222 Words
Yo soy partidaria de un buen día quedarme en la cama con mi esposo, abrazada. Consuelo estaba viendo los beneficios, estaba tan feliz que quería devolver a todos sus hijos y quedarse a solas con Vidal. La cosa es que los hijos que lleva dentro estaban demasiado incómodos ahí. —¿Quieres irte a revisar? —pregunta Vidal. —Mañana, creo que solo me siento embarazada. Los pechos están más pesados y duros, y ellos como que no se acomodan. Consuelo y Vidal esperaban una casa revuelta. Bueno, Consuelo esperaba más caos, pero Antonia, la viuda de Vidal, era una matrona exigente, y así como no les permitía demasiado a sus hijos, tampoco les permitía casi nada a sus nietos. —¿Qué le pasó a tu cabello? —pregunta Augusto a su hijo. —La abuela me dio un corte de puntas y se le fue la mano. Acabé cortándome más de lo planeado. —Te ves muy varonil, como un Vidal —comenta Antonia, y su hijo niega con la cabeza. —¿Las niñas, mamá? —Anastasia fue con Francesca a comer. Las nenas fueron con tu suegro al cine y Alexis está en su habitación. Creo que está haciendo drogas. —Alex no usaría. —Creo que las hace y las vende —enfatiza. Consuelo y Vidal prestan toda su atención—. Mariana tiene ataques de pánico que me preocupan, un instinto de persecución muy elevado. Y Natalita… a esa niña hay que exigirle un poco más, hacerla participar más. Consuelo asiente. —¿Y Alice? —Alice es demasiado dulce, pero es una manipuladora. Hace y comparte lo que le da la gana. —Es lo que vengo diciendo. Algo no va bien con ella. —Este otro también algo se trae, pero no sé qué… —comenta, señalando a Xavier. —Consuelo, estás muy mona. Les he dejado comida en el refrigerador. Solo saquen y calienten. La cena de hoy está preparada. Los amo mucho. Recuerden llevarme a mis nietos a mi casa de vez en cuando para echarles a perder un poco. Antonia me da un beso en la mejilla y un abrazo corto, luego hace lo mismo con Xavier y, por último, le da un beso y un abrazo a Vidal, quien la acompaña hasta su auto. Consuelo examina el pelo de su hijastro y él se mira en el espejo. —Estás guapo. —Ya… parezco mi abuelo. —Tu abuelo era súper guapo. —Sí, pero me veo igual. —¿Para qué la dejaste tocarte? —Lleva años cortándome las puntas —se defiende. Vidal le da un beso en la frente y le acaricia el pelo. —Todo crece, hijo, incluso la desconfianza en Antonia. Consuelo había pasado una noche terrible y Vidal ya tenía una cita médica programada para cuando ella finalmente se despertó. Alice la estaba esperando con un desayuno que había preparado ella misma, con un poco de ayuda de Vidal cuando las cosas se pusieron calientes. —Mi amor, me hiciste unas tostadas. —Y piqué fruta con un cuchillo sin filo —dijo, lanzándole una mala mirada a su padrastro. —Yo te preparé la merienda. Es un jugo buenísimo. Mi mamá cree que es bueno para la hemoglobina y la piel. —Es remolacha con zanahoria —comenta Vidal. Consuelo, que tiene una mamá como la de su hijastra, asiente y le da las gracias. —Consuelo, buenos días. ¿Cómo está eso de que te sientes mal? —pregunta Tessa. —Necesita la presión de tener muchos hijos, vivir al límite. Tómate este batido que te cura. Lo hizo Anastasia. —No te lo digo todo el tiempo, pero eres la hija que más me divierte. Eres espectacular. —Oh, yo siento la vibra. Vidal vio a sus hijas y les recordó la cita, ya que su mamá necesitaba espacio. —Qué pesado es don Vidal —se quejan sus hijastras mientras salen de la habitación. —Don Vidal se nos está yendo de las manos. —Doctor Vidal para ustedes —aclara Anastasia, y todas se ríen. Las chicas cierran la puerta y Vidal se acuesta al lado de Consuelo. Toma una de las fresas mal cortadas y le da un mordisco. La puerta se abre y Xavier y Alexis asoman la cabeza. —¿Estás o no de parto? —pregunta Alex, y su padre rueda los ojos. —¿Cuánto dura el embarazo? —pregunta Vidal. —No tienes embarazada como desde que te conocemos. —Como un mes después de conocerme, sí —comenta Consuelo—. Solo… no es el momento. No estamos listos, no sabemos qué es, no tenemos nombres ni ropa. —No estamos casados. —No estamos de parto, Alex. Puedes abrir los ojos. Vidal, ve a bañarte el cerebro. Y Xavier, gracias por tu preocupación. Consuelo y Vidal fueron al médico esa misma mañana. Sus niveles de presión arterial estaban ligeramente elevados. Esa no sería la primera ni la última vez que Consuelo escucharía sobre la importancia legal, emocional y social de estar casados. No sería la última vez que se sentiría vieja, cansada, embarazadísima y feliz de poder tener eso: una familia, sus hijos y a Vidal. Poco a poco iba creciendo la necesidad de formalizar su relación, para ser honestos, a Vidal le había tomado un par de pedidas de mano, una conversación sincera y hueviar un poco a su novia enfrente a sus hijos quienes estuvieron de acuerdo en que eventualmente terminarían, pero sonaba mejor unos papás casados que en concubinato escandaloso. Mi amiga y su ahora esposo decidieron no ser tan estrictos con su unión. Se sacudieron las tradiciones y pasaron la noche juntos, planeando cómo sería el día, cómo y dónde se sentarían todos los invitados, y el papel que tendrían sus hijos en la boda. Se despertaron en casa, en la misma cama, acompañados por el juego matutino entre los menores de sus hijos, moviéndose de un lado al otro. Consuelo acarició la mano de Augusto, quien intentaba disfrutar de cada segundo con sus hijos, con la mujer que amaba, de la mágica sensación de abrir los ojos y encontrarse con ella y el calor de su cuerpo, el calor de su hogar. —¿Estás nerviosa? —preguntó Augusto. —No. —Yo sí —respondió Vidal—. Te amo y quiero que todo sea así siempre. —Con tu hijo acostado sobre mi vejiga, mientras su hermana lo apoya, es lo menos sexy que he experimentado, pero si me das un beso, tal vez me levante antes de que me orine encima —Vidal la besa y ella se desliza lentamente y con mucho cuidado para no avergonzarse la mañana de su boda con un accidente. Consuelo salió del baño y Vidal la estaba esperando. Él la abrazó y llenó su rostro de besos. Por más que ella quisiera quedarse en la cama siendo consentida, uno de esos niños creía que su vejiga era algo cool para abrazar. Casi ocurrió un accidente, pero logró llegar al baño a tiempo. Para disipar los nervios nupciales, sus hijas discutían sobre si el pelo debía ir recogido o suelto. Una cosa tremenda, pero a las siete de la mañana, muy puntuales, todos estábamos siguiendo las indicaciones de las mamás de estas dos, excepto los más importantes: los novios y sus hijos. —¿Por qué estamos desayunando si hay brunch por la boda? —No puedes despertar a tu hermano, no darle comida y exigirle que se deje tomar fotos. —Es bueno el ayuno para el cuerpo —dijo Tessa mientras jugaba con lo que había en su plato. Consuelo le ofreció un poco de jugo verde y le dio un beso en la mejilla. —Desayunar todos juntos no tiene precio, tómate eso —le pidió y le acarició el pelo. En un tono calmado, en medio del bullicio, les dijo:—Es importante compartir como familia, priorizarnos y cuidarnos unos a otros. —Tu mamá te va a matar —le recordó Alice mientras veía la hora. —Estoy embarazada y tengo demasiados testigos —informó, señalándolos—. Hoy vamos a pasarlo bien. Eventualmente, Marita y Antonia fueron por sus nietos e hijos. A esas dos se les da un mes y casan un pueblo. Buscaron una propiedad rarísima, pero preciosa, la decoraron en tiempo récord y ahí estábamos todos, en medio de carpas de tela estilo chiffon, en un pedregal, con un cura cercano a ambas familias esperando para convertirles en esposos. Consuelo había conseguido un traje precioso, sencillo, con una cola bastante larga, y un corte que disimulaba el avance del embarazo. Su madre fue la primera en verla. Marita no pensaba que eso jamás ocurriría, que su hija se casaría sí, pero que lo haría con el corazón tan lleno de amor, sin pensar en qué sonaba bonito como un apellido o si le daba algún beneficio adicional. Lo único que le interesaba era que Vidal estuviera esperándola al otro lado del pasillo. Antonia tomó el brazo de su hijo, lo miró de reojo y dijo: —Creo que esta vez será diferente. —¿Sí? —Es la primera vez que te entrego. —Es verdad... —reconoció, jugueteando con la pajarita. Su madre se paró frente a él, le acomodó el fajín, luego la pajarita, y por último revisó sus gemelos. —Tu papá amó demasiado a Marita, de una forma ensordecedora. A veces, cuando tenía un mal día en el trabajo, la llamaba. Cuando tenía dolor, la llamaba. Y yo me moría un poco, ¿sabes? Quería que me amara igual o más. —¿Por qué te quedaste? —Porque yo lo amaba a él como él a ella, de una forma loca, eterna, intensa, estúpida e incomprensible. Por un momento pensé que habíamos hecho algo mal, Augusto, porque en toda tu vida, esta es la primera vez que te he visto amar —reconoció su madre y le dio un beso en la frente—. Ámala, disfrútala. Después de decir eso, lo animó a caminar a su lado hacia el final del pasillo. Le dio un beso en la mejilla y un golpecito en el pecho. Su hijo sonrió y esperó a Consuelo, esperando que su padre la llevara al altar. Todos la miramos derretidos. Se veía impresionante, radiante, como un rayo de luz. Su padre le dio un beso en la mejilla y después estrechó su mano con la de Vidal. —Cuídala siempre y háganse felices el uno al otro —les insiste, colocando su mano sobre la de su hija. Vidal asiente, y Consuelo le sonríe. —Estás muy guapo. —Tú siempre estás muy guapa —le dice él, inclinándose para besarle la mejilla. Ella busca sus labios, y ambos ríen. Nosotros también nos reímos, y el sacerdote le explica que los besos son hasta el final. Ella toma asiento junto a Vidal, quien decide no soltarle la mano. Ambos prestan atención, como todos, y escuchamos una hermosa reflexión sobre el amor que edifica y se transforma en familia. La forma de multiplicar el amor y convertirlo en vida es a través de quienes creen en él. Ramón me sonríe, y yo también le tomo de la mano. Finalmente, llega el momento esperado en el que dicen sus votos. Son casi las diez y media. Les acercan el micrófono. Consuelo pidió a sus hijos que los rodearan, y los niños obedecieron. Entre sorprendidos y emocionados por su invitación, pero obedientes al final, los siete hijos de Consuelo y Vidal los rodearon. —Vidal y yo no nos estamos casando por razones banales, sino por amor a ustedes y a nosotros. Por amor a esta familia. Hay personas que cambian tu mundo, y cada uno de ustedes transforma mi vida. Ahora, cuando llueve, quiero quitar las canoas para contar gotas con ustedes. Me urge llegar a casa a escuchar los chismes del cole, y el buzón de sugerencias está por llegar. No solo te tomo a ti, Vidal, sino también a todo tu pasado, tu presente, tu futuro y a cada uno de los niños que nos acompaña —comenta, mientras le coloca el anillo. Vidal se aclara la voz y toma su turno. —Hemos hablado de los apellidos, de los nombres y de un montón de cosas, pero vean lo que nos rodea. —Piedras, papá —susurra Xavier. —El mejor ejemplo de solidez en Mainvillage. Todo esto iba a ser un parque y un montón de cosas, y la gente se apresuró a tenerlo rodeado pensando en la indemnización. Lo cierto es que hay tanta piedra que hay que picar, que les fue imposible continuar porque era demasiado dura. Así tiene que ser nuestra familia: difícil de separar, difícil de cuestionar y, sobre todo, duradera en el tiempo. Te tomo a ti, en las buenas, en las malas, ligeras o sólidas, y los tomo a cada uno de ustedes para compartir nuestras vidas. Consuelo y Vidal habían mandado pedir una hoja de firmas con el siguiente título: Familia Vidal Murdock-Mondragón para que sus hijos firmaran. Aquel cuadro con las firmas estaba colgado en la pared principal de su casa, para recordarles siempre lo que eran, una familia.
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