Cambios positivos

1248 Words
Consuelo, Vidal y sus hijos lo pasaron fabuloso el resto del fin de semana. Todos parecían estar poniendo de su parte para que las cosas funcionaran. Consuelo se había convertido en la mejor madrastra que los chicos podían tener, y las chicas creían que Vidal no estaba del todo mal; solo... había que tenerle paciencia. Les quedaba media semana de clases y, después, llegaban las vacaciones, así como... pasar mil horas diarias con tus hijos, esos maravillosos seres humanos a los que amaban pero casi nunca entendían. Vidal estaba en su trabajo cuando recibió la notificación para la pelea de custodia de Alex, mientras Consuelo estaba camelándose a todos los artistas que poseían un contrato permanente en la galería y se rehusaban a trabajar. —¿Cómo va tu día? —pregunta Vidal mientras toma asiento frente a Consuelo. —Agotador, y no son las doce. —Lo siento, te dije que son gente horrible. —Déjame con esta gente. —Necesitamos ponernos de acuerdo para vacaciones, Navidad, actividades. —Que se consigan un trabajo. —Vidal se ríe, y su pareja lo mira seria—. Yo trabajaba a su edad, y mis primos y mis hermanos también. —Mis hijos... no son de la clase trabajadora, pero podemos hablarlo. —Mis hijas van a trabajar sí o sí, así que levanta ese teléfono y pregúntale a tu familia y amigos en qué pueden ser útiles los niños por dos meses, porque no podemos tenerlos solo en casa. —Xavier no puede tener plata porque se va de fiesta. —Controla las hormonas de tu hijo. —Ya llegaron sus boletas de calificaciones. ¿Cómo van las de las niñas? —pregunta Vidal, y Consuelo revisa de inmediato su correo. Busca la de Natalia y da un grito: aprobado todo. Luego revisa la de Mariana: lo mismo. —¿Cómo le fue a Alice? —Alice es lo más cercano que tenemos a un genio. A veces siento que me está estafando, pero voy a dejarla. —Me gustaría saber más de esa hipótesis. —Según la gente de adopciones, sus papás eran muy básicos: tipo vendedora de vegetales y agricultor. Pero has visto a Alice. —Sí, su diva exterior está muy externa —se burla Vidal—. Puedo investigar... un poquito. —Creo que es necesario. Y recuérdame que necesito mover lo de su adopción. Tengo la temporal y todo, pero ya han pasado seis meses y no veo movimiento —replica. Vidal escucha un par de golpes en la puerta y, antes de que pueda decir "adelante", su hermana entra en la oficina. —Ana Belén —la saluda—. Uno toca y espera, guapa. —Ella se inclina y le da un beso en la mejilla. —Venía para que almorzáramos —responde—. ¿Tienes tiempo? —Estoy conversando con Consuelo. ¿Podemos comer los tres? —Ella le da una mirada a Consuelo y otra a su hermano. —Bueno... no era mi plan. —Yo tengo que ver a mis chicas —responde Consuelo—. Ve a pasarlo con tu hermana. La antigua Consuelo hubiese ido solo para molestar a la pesada de su cuñada, pero la nueva, la mujer que está por ser mamá, la que cría a tantos hijos que a veces confunde sus nombres y termina llamándoles con un "tú", es una dama que no pelea por estupideces. Y es obvio que Ana Belén es la estúpida mayor. Además, es la mejor amiga de Francesca y jamás va a perdonarle el divorcio a su hermano, como si él no fuese el crónicamente infiel. Cuando finalmente llega al salón de belleza, todos aplauden, incluso el personal. —Llegó la señora Vidal. —Sin anillo, no hay apellido —bromea mientras se desplaza repartiendo besos, saludos y chistecitos. Consuelo es luz, es amor, y el embarazo comienza a sentarle justo en el lugar en el que se le resalta la dulzura y la bondad. —¿Ya sabemos qué son? —Vidal y yo apostamos por varones. —A mí me gustaría una niña más —comenta Simonetta—. Es que Emma es todo con el papá, es como si yo fuera una desconocida. Creo que hasta mamar le da hueva porque sabe que es solo conmigo. —Nos reímos. Simonetta había tenido recientemente dos hijos: uno por vientre de alquiler, que dio como resultado a Emma, su peor enemiga, mayor competencia y la persona que la hace más humilde. En cambio, Sion, el bebé que nació inesperadamente, fruto del amor y el desenfreno s****l que vive con su esposo, es la personita más dulce, chineada y amorosa de la vida. Si mi amiga cree que tener otra hija es la solución, está muy equivocada. —¿Cómo estuvo el viaje a la playa? —Muy rico, nos ha venido bien. Tuve una conversación con Vidal... dejé morir un tema, y los niños parecen más tranquilos, como que les está cayendo en cuenta que no nos vamos a ir, que somos una familia. —Eso suena bien. —Sí... pero ¿cómo desaparezco a sus exes? Porque una está haciendo rehabilitación, y su hijo cree que es la Madre Teresa de Calcuta. Y la otra... solo parece decidida a follárselo, por los viejos tiempos. —¿Si crees? —pregunta Simonetta—. Lo sigo porque a veces hay confianza, y se malinterpreta. —No es lo mismo William y Camila porque ellos dos terminaron. Es que Vidal se convirtió en parte de la nueva vida de su ex, es tío y padrino de sus hijos. ¿Entiendes el nivel? Y yo no estoy en ese grado de madurez. O sea, a mí me gusta el tipo, quiero muchísimo a sus hijos, pero no quiero sentarme a cenar con ninguna de sus exesposas. —Creo que integrarse a la nueva vida es lo mejor para los niños. Con Wally me ha funcionado. Se siente más parte de nuestra vida, no como algo adicional que va separado. —Entiendo ambas partes, pero... cada quien hace lo que es mejor para su relación, ¿no? —pregunto, y las dos asienten. Yo comienzo a hablarles de mi jardín, que parece una estupidez con respecto a lo serio que es tener o no a la ex de tu pareja rondando en tu vida. Y después de casi cuatro horas de reír hasta llorar, nuestro cabello está listo, y nos vamos a comer algo rico, algo fresco. Consuelo se aparta del grupo para hablar con alguien y regresa con una sonrisa ganadora. Creo que no nos dijo exactamente de qué se trataba, pero, cuando vio a su novio, dio como quince saltos y lo obligó a adivinar qué la tenía tan feliz. —¿Fuiste a ver el sexo de los bebés sin mí? —No, mi amor, es una buena idea. Deberíamos ir. —He hablado con la mega pintora, y dice que lo único que no ha hecho es pintar retratos, y le parece una excelente idea pintar para la galería a los Vidal. —¿A cuáles? —Los que quieran. —No sé... no sé si mis hermanos quieran. —Es una ridiculez porque seguro voy a querer todos los retratos de nuestros hijos, pero... ¿qué te parece? —Si eso nos va a dar movimiento, vamos a hacerlo. —¿Sí? —Sí, tú ganas —responde, y le da un beso.
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