Pocos días después Franchesca ya estaba en el palacio, se sentía tan confuso y extraño. Ahora tenía una posición diferente, ahora era princesa pero se sentía esclava de los deseos de los reyes de Prey.
—Princesa, soy su doncella personal. Es un placer servirle.
—¿Cómo te llamas?
—Dayana, Alteza.
—Te ves joven, ¿cuántos años tienes?
—Tengo 16 años, alteza.
La joven se dispone a peinar a la princesa y mientras lo hace no para de alabar el cabello de Franchesca.
—Princesa, es usted muy hermosa—dice admirando su cabello azabache y piel pálida.
—Lo sé—Franchesca sonríe ampliamente. Su interior es puro y su esencia la de una niña.
Ambas jóvenes salen de la habitación con el propósito de conocer los alrededores del palacio.
—Vamos a los jardines—Franchesca arrastra a su doncella haciéndola correr.
—Princesa, recuerde sus modales.
Franchesca logra ver a la distancia un grupo de muchachas sentadas en mesitas disfrutando del sol, emocionada se acerca. Al llegar quiere tomar lugar en la mesa más cercana, pero es detenida por una joven, Franchesca la reconoce de inmediato, se trata de la joven con quién había discutido en la velada.
—No hay puesto para tí—dice con simplicidad
—Está vacío, por lo tanto puedo sentarme.
—Yo te digo que no te puedes sentar aquí y me debes obedecer. ¿Acaso no sabes quién soy?
—No, no lo sé.
—Soy la princesa Cristina, la hija predilecta del rey, con una palabra mía en contra tuya estarías acabada.
—Oh—Franchesca no se sorprende y la princesa Cristina se enfada ante su falta de respeto. Levanta la mano con la intención de golpearla pero su mano no toca el rostro de Franchesca. Un joven estaba sostenido la mano de la princesa impidiendo que la golpeara.
—Principe Sebastián, ¿Qué hace por aquí?
—Princesa, creo que es de dominio público. Todos los reinos se reúnen en esta época del año para acordar la Paz entre los estados.
—Oh, es cierto.
—¿Quien es la hermosa joven que la acompaña, princesa.—Cristina devuelve su mirada enfurecida.
—Disculpe, es una muchacha insolente.
—Disculpeme usted princesa, me llevaré a pasear a esta hermosa joven—ofrece su brazo a Franchesca y ella lo acepta gustosa.
—Pero...—la rubia intenta intervenir pero la pareja se marcha sin siquiera prestarle atención.
La pareja recorre los hermosos jardines y al fin llegan a unos bancos ubicados en el centro del jardín.
—Su rostro es nuevo en el castillo, ¿Cómo debería llamarle?
—Soy Lady Franchesca, príncipe.—la muchacha esconde intencionalmente su nuevo título.
—Esta noche se dará un banquete en el palacio, espero verla ahí.
—Lo siento, principe. Me temo que no podré.
—La esperaré—el hombre se marcha sin avisar.
—No le puedo asegurar nada—dice mientras el se va.
Esa noche Sebastián espera a Franchesca, sin embargo ella no asiste al banquete.
—Vamos principe, no esté triste. Hay muchas jóvenes bellas aquí—Habla en principe Alan, heredero del Reino del sur, Ginera.
—Ahi viene mi hermana—el principe heredero dice orgulloso de la belleza de su hermana.
Todos los hombres a su alrededor quedaron prendados de la belleza de la princesa Cristina y la llenaron de cumplidos.
—Hermana, ¿Cómo lo has pasado en el banquete?
—Hasta el momento va todo bien, sin embargo está muy motivadora la visita del principe Sebastián. Para quién no lo sabe él salvó a mi padre de una emboscada, y como recompensa el rey le ha dado las tierras de Beyang—sonrie hacía el apuesto hombre.
—Así es hermana.
El principe Sebastián se inclina un poco ante su presencia y ella sonríe emocionada.
—Si me disculpan debo retirarme.
—Pero principe, ¿por qué se va tan pronto?
—Princesa, espero que me entienda. Debo irme.
—Esta bien—la hermosa mujer le regala una sonrisa sincera.
Franchesca no asistió a la velada, en su lugar se fue a dormir más temprano de lo que acostumbra, en su cabeza había una inquietud, ¿Qué pretendía el principe Sebastián?
Temprano, aún cuando ella dormía tuvo una visita inesperada. La reina entro a su habitación en un fulgor de elegancia y autoridad, la mujer llevaba puesta una gran túnica roja con bordados de oro y plata.
—Vístanla—las empleadas de la mujer sin previo aviso toman a Franchesca por los brazos y la metieron en una túnica azúl marino, al verse en el espejo quedó maravillada ante la vista... Simplemente hermosa.
—Reina, yo..—Eleonora no la dejó hablar
—Sígueme
Tras seguir los furiosos pasos de la reina llegaron a sus habitaciones privadas.
—Franchesca, nunca fue mi intención traerte al palacio, te repudio. Eres la hija de ese desgraciado—la reina cierra los ojos ante el vago recuerdo de un hombre.—Eres su viva imagen.—grita desesperada.
—Su alteza, usted no es mi madre, nunca lo fue ni lo será. Mis únicas padres son los condes de Montblanc, lo que pasó entre ese hombre y usted no me interesa.
—Muchacha insolente—La reina alza su mano y esta cae pesadamente sobre su rostro. Lágrimas rebeldes se amontonan en sus ojos, tanto que empañan su visión, pero se obliga a no dejarlas caer.
—¿Que quiere? ¿Atormentarme por su pasado? ¿Así conseguirá paz?—Franchesca la enfrenta.
—El rey se enteró de mi traición y ha quitado mis privilegios de reina. Tu eres la culpable de todo.
—¿Yo?, No le he hecho nada.—Franchesca se retira de la habitación en dirección a la suya.
Al llegar al final del ala, sintió un apretón en su muñeca y su cuerpo dio una vuelta estrellándose contra un cuerpo. Era el principe Sebastián.
—Lady Franchesca. Sígame, por favor.
Ella con su espíritu aventurero se encamina en los pasos del joven. A medida que iban avanzando hacía el lugar, desaparecían poco a poco de la zona poblada, pronto el paisaje se tornó verde. Por fin llegaron a una pequeña laguna cuyas aguas eran cristalinas. A medida que avanzaban hacia allí el terreno se llenaba de barro, la joven caminaba sorprendida por el paisaje sin ver dónde ponía su pie, sin esperarlo su cuerpo patina sobre el lodo y pierde el equilibrio. Sin embargo Sebastián por acto de reflejo toma el cuerpo que va en caída, sus rostros quedan frente al otro mirándose fijamente. Franchesca siente que ha pasado mucho tiempo en sus brazos. Finalmente el principe sonríe ampliamente levantando a la joven de un tirón.
—Hay que tener cuidado por aquí, el terreno es muy resbaladizo.—la mujer asiente tontamente todavía en su trance.
—¿Viene seguido por aquí?
—Es un lugar muy importante para mí. Aquí fue donde se conocieron mis padres.—el príncipe sonríe melancólico ante el recuerdo de sus progenitores.
—¿Cómo están sus padres?
—Ellos están muertos.
—Lo siento, principe. No quise ser imprudente. —Ella se disculpa
—Tranquila —el principe deja el tema de lado— en este lugar, bajo el lodo hay unas piedras peculiares, son redondas y emiten una luz plateada.
—¿Si?, Quiero encontrar una —se emociona Franchesca.
—¿No le molestaría ensuciarse las manos? —pregunta escéptico.
—La verdad, de pequeña era un desastre con el lodo, mi madre siempre se enfadaba conmigo por eso. Recordaré viejos tiempos —le guiña el ojo riéndose.
—Bien, adelante.
La joven interna sus manos blancas en el lodo junto con Sebastián, ambos encuentran las extrañas piedras dentro del barro y victoriosos van al lago a lavarlas, el brillo plateado de las piedras sorprendió a Franchesca.
—Wow, son hermosas. ¿Tienen algún valor?
—El valor que le quieras dar.
Ambos dejan de lado las piedras recién halladas, Sebastián sacó de entre sus ropas una piedra aún más grande que estaba llena de tallados.
—Esta piedras me la dió mi madre antes de morir, es un regalo que mi padre le hizo a mi madre. Esta piedra representa toda la historia y linaje de mi familia. —El hombre recoge la piedra que ha hallado.— Toma esta y recuérdame cada vez que la veas.
El hombre se va del lugar dejando a Franchesca en una sola pieza. Abandonarla con la palabra en la boca se está haciendo costumbre—piensa Franchesca. La mujer empuña la piedra, recoge la suya y se retira del lugar.