Capítulo 2.

1098 Words
Elena Salí de la escuela con la sensación habitual de agotamiento. El día había sido largo, lleno de clases, tareas que corregir y alumnos que atender. El ruido del aula todavía retumbaba en mi cabeza, pero sabía que necesitaba desconectarme. Mi rutina diaria siempre consistía en ir directo a casa, preparar algo ligero para cenar, y descansar. Pero hoy, algo me decía que debía hacer un cambio. El profesor Ignacio, como siempre, me esperaba en la entrada del edificio. Esta vez, no pude evitarlo. Había rechazado sus invitaciones tantas veces, diciéndole excusas que me parecían cada vez más insostenibles. Pero, hoy, algo me hizo sentir mal por todas las veces que me había negado. Así que, sin pensarlo demasiado, accedí. Puse mi mejor sonrisa y lo miré. De todas maneras, sería un almuerzo conveniente y gratis. — Claro, Ignacio. Vamos a almorzar. — Respondí, notando cómo la palabra salía de mi boca sin que pudiera detenerla. Él sonrió ampliamente, una sonrisa que mostraba gratitud, pero también un toque de satisfacción por haber logrado lo que tanto había intentado. Acompañé al profesor hacia su coche, el mismo coche que usaba siempre, un sedán de aspecto formal. Me subí al asiento del pasajero sin muchas ganas, más por la culpa que por el deseo de compartir una comida con él. Ignacio es un hombre de unos cuarentena años bien conservado pero sin duda, no era mi tipo. Su necesidad constante de invitarme a algo era lo mas desagradable en él. Odio a los hombres intensos mal, esa rogadera que pereza. Mientras el coche avanzaba, sentí que mi mente se desconectaba del día, pero mis pensamientos aún danzaban alrededor de la idea de qué significaba esta comida para él, y para mí. Llegamos al restaurante, un lugar elegante que no había visto antes. Ignacio, como siempre, había escogido algo sofisticado, con un aire refinado que, aunque adecuado para alguien como él, me hacía sentir incómoda. No era el tipo de lugar al que iría si fuera por mi cuenta, no porque no me gustara, sino porque me resultaba innecesariamente pretencioso. Al bajar del auto, mi respiración se hizo un poco más pesada. El aire fresco me golpeó el rostro, y me hizo sentir un poco más viva, aunque aún un tanto atrapada en la situación. Ignacio me abrió la puerta y me invitó a entrar al restaurante, donde el ambiente cálido y acogedor parecía ser un contraste con mi estado de ánimo. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, que ofrecía una vista tranquila del parque cercano. El menú llegó rápidamente, y aunque no estaba muy hambrienta, lo tomé en mis manos. El olor de la comida me abrió el apetito, pero mi mente seguía girando en torno a la extraña mezcla de sensaciones que me producía la compañía de Ignacio. — ¿Te encuentras bien, Elena? — Me preguntó Ignacio mientras revisaba el menú. Noté que me observaba con una mirada que no era de compañero de trabajo, sino algo más personal, más profundo. — Sí, estoy bien. — Respondí, forzando una sonrisa mientras mis dedos se movían nerviosos por el borde del menú. No podía evitar sentirme un poco incómoda. Aunque Ignacio era un hombre bien conservado, que cuida su imagen, inteligente y cordial, su presencia no lograba atraerme. Siempre había algo en su actitud, en su forma de hablar, que me hacía mantener la distancia. A veces, sentía que su interés por mí era más una formalidad que una verdadera atracción. La conversación comenzó de manera suave, casi como un intento de romper el hielo. Hablamos de la escuela, de los alumnos, de cómo las clases parecían ir mejorando para todos. Pero a medida que avanzaba la charla, empecé a sentirme más relajada, menos consciente de la situación incómoda. Ignacio, al final, parecía genuinamente interesado en lo que yo tenía para decir, y aunque nuestras diferencias eran evidentes, había algo en su forma de escucharme que me hizo soltar un poco más las barreras. A veces, esas pequeñas conversaciones podían convertirse en algo ameno, y hoy parecía que ese era el caso. No dejaba de pensar que, a pesar de todo, me mantenía alerta, sin llegar a involucrarme completamente. No lo veía como algo más que una comida de trabajo, un momento de cortesía que, probablemente, me costaría más de lo que había imaginado. Mientras estábamos inmersos en la conversación, de repente, un hombre se acercó a nuestra mesa con pasos firmes, casi imperceptibles. Su presencia, sin embargo, no pasó desapercibida. Ignacio se tensó al instante, y un leve estremecimiento recorrió su cuerpo. El hombre, vestido con un traje oscuro y de apariencia discreta, se inclinó ligeramente hacia él, susurrándole algo al oído que no alcanzaba a entender. La mirada de Ignacio cambió en un segundo. Su rostro, antes relajado, se volvió rígido, y sus ojos reflejaron una tensión que rara vez veía. Respiró profundamente, como si estuviera intentando calmarse, pero la sonrisa que me ofreció no logró ocultar la incomodidad que invadía su rostro. El nerviosismo estaba ahí, claramente visible, a pesar de su intento por disimularlo. Me miró un instante, como si quisiera decirme algo, pero las palabras parecían atrapadas en su garganta. — Es… nada, Elena. — Dijo finalmente, forzando un tono despreocupado. — Solo un pequeño asunto de trabajo, nada que te preocupe. — No supe qué hacer ante la escena. La atmósfera en la mesa había cambiado drásticamente. El hombre se alejó sin más, dejando un rastro de inquietud en el aire. Ignacio se quedó mirando el punto donde el extraño se había ido, como si estuviera evaluando sus opciones, y luego, sin perder la compostura, volvió a centrarse en mí. — Disculpa. — Agregó, levantando su copa de vino y bebiendo un trago largo, como si quisiera tranquilizarse. — A veces, las cosas de trabajo... ya sabes cómo son. Un poco de presión aquí y allá. — Yo lo miraba, sin estar completamente convencida de sus palabras. ¿Trabajo? Creo ningun asunto de trabajo del nivel profesional que nos compete podria ser han grave. Como sea, algo en su actitud me hizo pensar que había algo más. Aunque trató de mantener la calma, no pude evitar sentir que algo no estaba bien. Sin embargo, decidí no insistir. No era mi lugar. Al fin y al cabo, este almuerzo era solo eso, una comida que probablemente terminaría con más preguntas que respuestas. Ignacio intentó cambiar de tema rápidamente, preguntándome sobre mis planes para el fin de semana, pero la sombra de lo ocurrido seguía colgando sobre nosotros, sin poder ser ignorada.
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