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Bastian.

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Blurb

Bastian es un hombre prepotente, frío y arrogante. Trabaja para ganar, es CEO de su propia marca y un mafioso despiadado. Sin apego a nada, demasiado terco para admitir que está interesado en alguien, es un hombre enfocado y decidido además que no tiene problemas con tomar lo que considera suyo. Es independiente a todo, alejado de su familia por una disputa con su padre pero que entiende que la familia es importante, tan importante como para que no pase por alto que aunque tiene sus propias cosas su apellido pesa y le debe respeto a los mayores de su familia quienes dejaron varias cosas por escrito que él como nieto mayor tiene la obligación de cumplir al pie de la letra. Se Enamora irremediablemente de una mujer con un pasado oculto, uno que no descubrirá hasta que es demasiado tarde como para dejarla ir...

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Capítulo 1.
Bastian siempre ha sido un hombre que marca territorio sin necesidad de palabras. La gente lo sentía antes de verlo, como si su sola presencia fuera un cambio en la atmósfera, una carga eléctrica que anunciaba algo más que peligro: PODER. Con sus tatuajes entrelazándose como secretos sobre su piel y su pecho cubierto de cicatrices que solo contaban historias a quien él lo permitía, no había lugar donde pasara desapercibido. Era el tipo de hombre que tomaba el control de cualquier habitación, no porque lo buscara, sino porque todos los demás se lo otorgaban. Su voz, grave y pausada, era capaz de silenciar el ruido más ensordecedor, y sus ojos oscuros –sombras líquidas bajo pestañas densas– parecían examinar el alma de quien osara cruzarse en su camino. A los 35 años, Bastian había conquistado su propio imperio, pero no en las páginas de la legalidad. Sus negocios oscilaban entre lo legítimo y lo ilícito, con transacciones tan limpias como un contrato hotelero y tan sucias como el polvo que movían los cargamentos en la frontera. Para algunos, era un visionario; para otros, un monstruo. Para él mismo, simplemente un sobreviviente. Aquella noche, Bastian estaba en su villa de la Toscana, rodeado de mármol, lujo y soledad. Fumaba un habano mientras repasaba mentalmente los acuerdos que había cerrado en el día. El aroma del tabaco llenaba el aire, mezclándose con el silencio de su sala. Era un rey sin corona, un hombre con todo en las manos y nada en el corazón. — Hay un problema con los envíos de Marsella. — Dijo Adriano, su jefe de seguridad, entrando con pasos calculados. Bastian ni siquiera levantó la mirada. — Resuélvelo. — Es más complicado que eso. Se rumorea que alguien habló de más. — Bastian apagó el cigarro contra el cenicero de cristal, levantándose lentamente. Sus ojos, duros como la piedra, se clavaron en Adriano. — ¿Quién? — Un profesor de filosofía, al parecer. No parecía relevante, pero… — Averigua qué sabe. Y asegúrate de que nunca vuelva a hablar. — Las órdenes fueron dadas con calma, como si estuviera pidiendo un café, pero Adriano sabía lo que eso significaba. En el mundo de Bastian, los errores no eran tolerados. La lealtad era un contrato firmado con sangre, y cualquier traición se pagaba caro. Sin embargo, lo que Bastian ignoraba era que, lejos de sus negocios, alguien completamente ajeno a su mundo estaba a punto de cruzarse en su camino. Una mujer que no temía a la oscuridad porque había aprendido a vivir en ella, pero que nunca imaginó lo que significaba enfrentarse a un hombre como él. Empecemos... Llegó a su oficina en el corazón de Milán a las diez en punto, con la precisión de un reloj suizo. Era un edificio de cristal y acero que parecía desafiar las alturas, reflejando el caos de la ciudad mientras dentro todo era orden y control. Vestido impecablemente en un traje n***o hecho a medida, con una camisa abierta que dejaba entrever parte de los tatuajes en su pecho, su sola presencia alteraba la atmósfera. Caminaba con la calma de alguien que sabía que no necesitaba correr; el mundo ya se movía a su ritmo. Su secretaria, Mireya, se levantó de inmediato al verlo entrar. — Buenos días, señor SARTORI. Aquí está el informe de las reuniones de la tarde… — Dáselo a Andrés. — Respondió sin mirarla, mientras seguía avanzando. Mireya, que había aprendido a no tomarse nada personal, obedeció con rapidez. Sabía que su función era más decorativa que práctica. Era Andrés, el asistente personal de Bastian, quien manejaba realmente todo lo importante, el puente directo entre Bastian y el mundo. Andrés estaba esperándolo en la oficina con una taza de café recién hecho y una carpeta negra. Era un hombre en sus treinta, pulcro, eficiente, y con una lealtad casi inquebrantable hacia su jefe. Sabía mucho más de lo que alguien en su posición debería saber, pero casi nunca decía más de lo necesario. — Buenos días, jefe. — Dijo Andrés, colocándole la carpeta en la mesa mientras Bastian se acomodaba en la silla de cuero. — ¿Todo listo? — Por supuesto. A las once tienes la llamada con los inversionistas de Dubai. Luego hay un almuerzo con Lombardi para cerrar el acuerdo de la importación. Después… — Andrés hizo una pausa breve y bajó un poco la voz, — El cargamento de Marsella llega esta noche al puerto. Bastian asintió, tomando un sorbo de café. Sus ojos, oscuros e impenetrables, se fijaron en Andrés. — ¿Ya hablaste con Adriano? — Sí, señor. Está todo bajo control. Pero la seguridad se ha reforzado, como pidió. — El silencio que siguió no fue incómodo. Andrés sabía cuándo detenerse y esperar instrucciones. Esa era su principal fortaleza: anticiparse sin cruzar la línea. — Bien. — Bastian abrió la carpeta y comenzó a revisar los documentos. Su mente trabajaba como una máquina bien aceitada, procesando cada detalle con frialdad y rapidez. Mientras tanto, Andrés permanecía de pie, listo para resolver cualquier duda o recibir nuevas órdenes. Era un día normal, pero en el mundo de Bastian Sartori incluso los días normales estaban cargados de tensiones invisibles y decisiones que podían cambiarlo todo. Afuera, Mireya observaba desde su escritorio. Siempre se preguntaba cómo era trabajar tan cerca de un hombre como Bastian. Pero Andrés, como siempre, permanecía imperturbable. Él lo sabía todo, y lo guardaba todo. Al final, era un mundo controlado por Bastian, donde cada persona tenía un papel definido y cada movimiento respondía a su voluntad. Un mundo donde hasta la rutina estaba teñida de poder, peligro y un orden implacable. A las 10:59, mientras Bastian ajustaba los puños de su camisa y revisaba la conexión para la llamada con los inversores en Dubai, Andrés recibió un mensaje en su teléfono. El tono breve y específico de quien lo enviaba hizo que sus músculos se tensaran de inmediato. Disimulando la preocupación, Andrés esperó a que Bastian levantara la mirada de su escritorio. — Jefe, un inconveniente con Adriano. — Su tono era bajo, pero firme, como si cada palabra fuera calculada para no perturbar la calma del momento. Bastian dejó el bolígrafo que sostenía y lo miró con una ceja levantada. — Habla. — La persona que está pasando información sigue viva. Adriano no ha podido cumplir con lo ordenado. Al parecer, se complicó la situación en las últimas horas. — El silencio que siguió era el tipo de silencio que hacía sudar a cualquiera. Andrés sabía que, cuando Bastian guardaba silencio, estaba calculando posibilidades, caminos y, sobre todo, consecuencias. Finalmente, Bastian se levantó, caminando hacia el ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Apoyó una mano en el vidrio, mientras en su rostro se dibujaba una expresión mezcla de irritación y calma letal. — ¿Qué significa que no ha podido cumplir con lo ordenado? — Preguntó con voz baja, pero cargada de autoridad. Andrés aclaró su garganta, eligiendo sus palabras con cuidado. — El objetivo está más protegido de lo que se pensaba. Parece que alguien lo está respaldando. Adriano pidió un poco más de tiempo. Bastian giró lentamente, sus ojos oscuros fijos en Andrés como un cuchillo recién afilado. — Dile a Adriano que no tiene tiempo. Si no puede resolverlo, que se haga a un lado. Ya tengo suficiente con tratar con amateurs. — Entendido, jefe. — Andrés asintió y comenzó a redactar un mensaje en su teléfono. — Y Andrés... — La voz de Bastian lo detuvo en seco antes de que pudiera dar un paso. — Sí, señor. — Quiero saber quién está protegiendo al objetivo. Si hay un nombre detrás, lo quiero en mi escritorio para mañana. Y si Adriano falla otra vez, yo mismo me encargaré de que no falle más en nada. — Andrés no necesitaba más indicaciones. Sabía que las palabras de Bastian no eran meras amenazas: eran promesas. En ese momento, el reloj marcó las 11:00. La llamada con los inversores comenzó a parpadear en la pantalla del ordenador. Bastian volvió a su asiento, ajustó el auricular y se inclinó hacia adelante, adoptando en un instante su máscara de hombre de negocios confiado e imperturbable. — Buenas tardes, señores. Espero que estén listos para hablar de dinero. — Pero detrás de esa sonrisa cortés, el fuego de su furia estaba lejos de apagarse. Y Andrés lo sabía mejor que nadie: cuando Bastian estaba enojado, alguien terminaba pagando el precio.

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