Capítulo 5.

2079 Words
Escuché el sonido de la puerta de la puerta ser golpeada, decidí ignorarlo, pero el sonido volvió. —¡Cállense mierda! -grité estresada. El sonido paró. Me volví a enrollar en mi cobija como un burrito y cerré los ojos tratando de recuperar el sueño. El sonido volvió, me puse enfadada de pie y me acerqué a la puerta, giré el pomo y la abrí. —¿Qué quieres? —dije en un tono rudo a la mucama. Estaba realmente enfadada. —Di... Disculpé señorita —dio una leve reverencia avergonzada- Pero se le solicita en el salón blanco. —¿Para qué? —Pues... La reina ordenó que recibiera clases de política y economía. Necesarias para manejar el reino. ¿Esto es una broma? Nunca me vi por enterada de esto. —No me interesa —fue lo último que dije y le cerré la puerta en la cara a la chica. Estaba a punto de devolverme a mi cama, pero volvieron a tocar la puerta, me devolví y la abrí de mal modo- ¡¿Ahora qué?! —Disculpe, pero... —la chica mordió su labio inferior, mientras se acariciaba el brazo con la mano— La reina dijo que si reina dijo que si no asistía, se le castigará. Puse los ojos en blanco, mi consola no. Lo más seguro es que el gruñón de mi padre le dio la autorización de castigarme si era necesario. Miré a la chica con enojo y fruncí más mi nariz. —Dile que ya voy. La chica dio una leve reverencia y se retiró. Cerré la puerta lo más duro que podía para que se escuche hasta el último rincón del palacio. Me acerqué a mi baño, me quite la ropa y me di una ducha, salí con una toalla envuelta en mi cuerpo y abrí mi armario, busque algo fresco, tenía calor. Decidida tome un short roto y viejo, una blusa sin mangas color celeste y unas sandalias, amarre mi cabello en un moño desordenado y tome mi celular y salí de la habitación, directo al salón blanco. ¿Qué podía decir de dicho salón? Pues que era blanco y elegante, como todo lo demás en el palacio. Una vez llegué, pude notar que había un señor sentado en una de esas sillas acolchonadas que tanto me gustaban, tenía en sus manos unos papeles, los cuales lee. También había una mesita en el centro y otra silla igual a la otra. —Tome asiento princesa Belrose —me alarme, ¿En qué momento se dio cuenta de mi presencia? Hasta donde se no hice ningún sonido al entrar. Me acerqué a la otra silla y me senté, ya mar cerca pude ver al hombre mejor. Se podía decir que era alto, aparentaba unos 50 años, de melena negra y con entradas dignas de su edad, ojos color miel, todo eso combinado con unos lentes de marco metálico que lo hacían ver como un hombre maduro. Vestía de traje entero, estaba increíblemente estilizado y sus zapatos perfectamente relucientes. Me miro con esa mirada que expresaba sabiduría, me analizo de pies a cabeza y después dio un suspiro de cansancio y resignación. —¿Tú serás la próxima heredera a la corona? —dijo con una gruesa voz y levantando una ceja, irónico. —Espero que le den ese estúpido puesto a otra persona. —Ya veo -dio otro suspiro, anoto unas cosas en su libreta y me volvió a mirar- Tendremos mucho trabajo por delante, mi nombre es Víctor Arnolds, seré su profesor y consejero. Estrechamos las manos, el hombre se acomodó en la silla y me volvió a mirar, tenía la punta de su bolígrafo en su boca y una mirada burlona. —Iniciaremos la clase, ponte cómoda y presta atención. Ahí hay una libreta de apuntes y un lapicero, apunta las cosas que te diga y las que tú creas importantes. Tome el cuadernito color n***o, y el lapicero de tinta negra, el hombre empezó dándome una introducción de lo que era la política, me explicaba las cosas que yo ya sabía, pero con muchos más detalles. Me explico lo difícil que podía ser dirigir un reino, de la toma de decisiones y, sobre todo, de la relación que tendría que llevar con Levi si quería que las cosas funcionaran. Y así se llevaron tres horas, de puro parloteo. —Bien la clase de hoy ha terminado. Por favor ven mañana a la misma hora y no demores que no me gusta esperar. Asentí y salí de ese estúpido lugar, vi la hora, la innecesaria clase había empezado a las ocho en punto, y eran las once con diez minutos. Debería apenas estarme levantando a esta hora, bueno no importaba. Más bien ahora que lo recordaba debía ir a saludar al señor Eustache, tuvo una mala bienvenida ayer, mi padre lo había enviado junto con todas mis otras pertenecías que quedaron en Francia, ya todo lo habían acomodado las mucamas. Subí las escaleras a mi habitación, abrí la puerta y lo primero que vi fue a un gato gordo, bien estirado y acomodado en mi cama. Estaba dormido, lo mejor sería no despertarlo, se pone de muy mal humor. Escuche como mi estómago soltaba sonidos debido al hambre, no había desayunado por culpa de la prisa. Aún era temprano, el almuerzo era hasta dentro de tres horas. No esperaría tanto, necesitaba comer algo para engañar al estómago. Fui a la cocina, estaba el chef preparando unos postres, pero ya estaba terminando aparentemente. —¿Tiene mucho trabajo Piere? El hombre se giró sobre sus talones, él era el típico estereotipo de chef francés, con ropas blancas y un divertido bigote. Además de eso, era una de las mejores personas que tuve el placer de conocer en este lugar. —¡Para nada querida Erina! ¿En qué te puedo ayudar? —No he desayunado —dije mientras me sentaba en un banquito y apoyaba mis codos en el desayunador, mis manos sostenían mi cabeza y el peso de esta caía en mis codos. —¿Qué quieres comer? Tu pide que yo te complazco. —Sorpréndeme -seguidamente le dedico una sonrisa. El hombre asintió y vi como tomaba los ingredientes, aparentemente preparaba una crepa. A los minutos la tenía lista al igual que el chocolate caliente— Gracias, nuevamente me impresionas -dije mientras de daba un mordisco a la crepa— Y delicioso como siempre. —Para servirte Erina —el hombre dio una sonrisa y prosiguió ordenando la cocina. El desayuno se me hizo muy alegre, Piere y yo hablábamos en francés cosas muy triviales, se nos hacía mucho más fácil hablar en nuestro idioma natal y lo mejor de todo es que podíamos estar burlándonos de cualquiera que no se daría cuenta. —¡Gracias por el desayuno! Estaba delicioso. —Con mucho gusto Erina, espero vengas pronto para conversar más. Me despedí del hombre con la mano y el imito el gesto, salí de la cocina. Me apetecía ir al salón de música, camine hasta el gran lugar y entre. Me encontré con muchos tipos de instrumentos, desde lo más clásico hasta lo más moderno. Me puse a buscar un violín, cuando encontré uno no dude en tomarlo y acomodarlo entre mi hombro y mi barbilla. Verifiqué que estuviera afinado y ya una vez listo empecé a tocar. El sonido me relajaba, ya que una de mis pasiones era tocar dicho instrumento. Me había vuelto gran fan de él, gracias a que escuchaba a mi madre tocarlo en las mañanas. Ese tipo de detalles hacían que la rutina se volviera más amena y llevadera, la música producida por ella me daba una sensación de calidez que me abrazaba completamente. Sin embargo, la felicidad que nos producía esas notas en las mañanas de verano solo desaparecieron. Y recordar todo esto, solo hacía que la nostalgia se me acumulara en la herida que tengo en el corazón, reabriendo las aflicciones que aún no terminan de sanar. —¿Qué haces? —su tono de voz frio corroe cada fibra de mi cuerpo. —¿Qué crees? —dije irónica. —Ese violín es propiedad privada. —Mira cómo me importa —dije y seguí tocando. Levi estaba apoyado al marco de la puerta, con los brazos cruzados y una mirada de odio dedicada completamente a mí. —Es un tema poco inspirador, —¡Uuuuuuh miren al Beethoven del futuro! ¡El gran Shakespeare, un ejemplo de caballero! -dije irónica, haciendo ademanes con las manos. —En primer lugar, Beethoven es un pianista —dijo como si fuera lo más lógico del mundo- Y Shakespeare es un dramaturgo y poeta. —¿Conoces la ironía? Estúpido. —¿Conoces la cultura? Babosa. -Claro que la conozco, si quisiera mencionar violinistas como Gidon Kremer o Jaime Laredo lo hubiera hecho. —Hubiera sido más lógico mencionarlos a ellos que a Beethoven o Shakespeare. Quería tomarlo de ese hermoso y seguramente sedoso cabello y reventarle ese precioso rostro esculpido por los dioses contra el mármol que conformaban las columnas que había en la habitación. Tenía que ser un estúpido príncipe, ¿Qué si ella no era culta? ¡Claro que lo era! Simplemente hizo la primera comparación que se le vino a la mente. —No puedo creer que mi madre me allá comprometido con una mujer como tú —dijo Levi, tomándose el tabique con los dedos- Es muy vergonzoso. —Yo tampoco puedo creer que mi padre me haya comprometido con un adicto a la limpieza como tú —imite la acción que el hizo antes. —¿Me estas imitando? —dijo alzando una ceja. —Quizá —también alcé una ceja. El zopenco frunció el ceño, lo imite. Pasó una mano por su cabello, hice lo mismo, hizo ademanes con la mano, ponía poses extrañas y hacia caras extrañas. Todas eran imitadas a la perfección por mí. De un momento a otro Levi dio una sonrisa victoriosa, puso sus manos en el borde de la camisa, yo también lo hice, alzo la camisa y quedo con el torso desnudo y yo... También. Sonreí victoriosa hasta que: —¡Mierda! —grite al ver que había quedado semidesnuda. Me puse la blusa lo más rápido posible, cubriendo mi hermoso e incómodo sostén rosa con puntitos negros. Levi estallo en risas, se sostenía el estómago a causa de la risa y se limpiaba las lágrimas, yo por otro lado tenía la cara roja, pero no era de vergüenza, sino de enojo. —¿Ahora quién es el idiota? —dijo con aires de grandeza. Su sonrisa victoriosa no se borraba, me dio una última mirada y entre carcajadas sonoras se fue a quien sabe dónde. Definitivamente, odiaba a Levi Abrahams. Se había ganado un buen puesto en mi lista negra. . . Estaba en mi habitación, con la mirada pegada al techo como siempre. De un momento a otro se me vino a la mente lo que sucedió en el salón de música. Recordé de igual forma, cuando lo vi en el gimnasio, su torso desnudo, lo tenía muy trabajado. Los abdominales estaban marcados, al igual que las líneas que estaban en su pelvis, sus tríceps y bíceps estaban como para pasarles la lengua encima. ¿Momento? Sacudí mi cabeza alejando esos sucios e indecoros pensamientos de mi mente, ¿En verdad pensé eso sobre el idiota, descerebrado, estúpido y tonto de Levi? No podía ser cierto, claro era guapo y de un chico tan increíblemente sexy se espera un físico igual de... Tentativo. Agarré la almohada y la puse sobre mi rostro, di un grito de enojo que fueron ahogados por el cojín. Necesitaba quitarme el estrés con algo. —Señor Eustaches, ocupo quitarme el enojo ¿Qué me aconsejas? —dije mirando a mi gato, el cual jugaba con un peluche, lo rasguñaba y mordía, una sonrisa sádica apareció en mi rostro— Buena idea señor Eustaches. Tome mi celular de la mesita de noche, salí de la habitación directo al gran balcón, cuando llegue, me escondí detrás de una pared, ahí estaba Levi tomando café y leyendo un libro. Busque algo con que pegarle, encontré un pequeño palito lo suficientemente grande para que le doliera al tirárselo a la cabeza y lo suficientemente pequeño como para no notarlo a simple vista. El palo perfecto. Mordí mi labio inferior, acomodé el palito en un ángulo en el que le pegar en la cabeza, por suerte tenía buena puntería. Ya una vez lo calcule lo lanzó y le pega en el cráneo. —¡Auch! -exclamó mientras se acariciaba la parte afectada— ¿Qué fue eso? —empezó a buscar con la vista lo que le pego, sin embargo, a mi palo perfecto nadie lo encontraría. Ajusté la cámara, y apreté el botoncito y ¡Pum! ... La luz del Flash siempre arruinándolo todo. —Mierda... —¿Quién está ahí? —Levi se puso de pie y empezó a caminar hacia donde estaba yo. Tenía que huir, rápidamente corrí por el pasillo. Baje las escaleras y volví por el otro pasillo, me metí a una habitación y de ahí a otro pasillo, así hasta que llegue a mi habitación. Abrí la puerta apresurada y la cerré lo más rápido que pude. Mi pecho subía y bajaba rápidamente. Estaba agitada. —¡La tengo señor Eustaches! El minino me miro por un momento y volvió a lo suyo. Conecté el teléfono por medio del cable USB e imprimí la foto. #LeccionDeVida. Los gatos tienen buenas ideas según Erina.
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