Capitulo 3

1503 Words
Habían transcurrido seis meses desde el fatídico día en donde descubrió al verdadero Dereck. Seis malditos meses, en donde tuvo que abandonar su país con ayuda de la fundación que acogió su caso de maltrato. Ellos se encargaron de sus gatos médicos, de impartirle terapia psicológica, ya que debía sanar tanto física como emocionalmente. En la fundación se encargaron de cambiar su identidad y sacarla del país junto a su pequeña hija. La fundación se encargó de encontrar un departamento con lo básico para dos personas y de un valor accesible y por último, al darle el alta, le encontraron un empleo de medio tiempo, donde ganaba para pagar la renta, impuestos básicos como luz, agua y gas, para llegar a final de mes a medio comer y gasto en transporte público si es que era muy cuidadosa con sus finanzas. Comenzaba a adaptarse a su nueva vida y pese a las carencias de la misma, se sentía en paz consigo misma. Su mayor preocupación era Aylin, su pequeña hija, quién además de su autismo severo parecía de problemas respiratorios y a causa de sus escasos ingresos no podía costear los gastos médicos necesarios para un diagnóstico más acertado. Como cada mañana, se despertó antes de que la alarma de su teléfono celular sonara, se dió un baño rápido con agua fría para ahorrar gas y se vistió con su mejor atuendo. Preparó una pequeña ración de papas fritas con huevo para su pequeña, ya que tenía problemas alimenticios ocasionados por su condición. Los únicos alimentos que aceptaba comer eran patatas fritas, huevos en cualquier preparación y pollo asado o frito. Sabía que no era la mejor alimentación, pero era bastante complejo el proceso de incorporar nuevos alimentos. Una vez todo listo, decidió levantar a la pequeña Aylin de la cama. La niña tosió y se quejó al despertar, para luego abrazarse a su madre. Valentina, ante tal gesto, no pudo evitar reír. Eran pequeños momentos como ese los que le hacían poder gritar a los cuatro vientos cuan feliz era. Por qué si, a pesar de todo sus problemas, Aylin era el centro de su universo, el motor que la impulsaba a luchar día tras día y quién se encargaba con gestos y sonrisas, de hacer sus días mucho más felices. —Cariño, es hora de levantarse. Tienes que ir a la escuela. —Dejó reiterados besos en su frente, mientras apartaba los rebeldes rizos castaños de la pequeña. —No. —Dijo entre risas, para luego acurrucarse entre los brazos de su madre. —Oh, pequeña rufiana, es hora de desayunar. —Toma a su pequeña en brazos y la carga hasta la cocina, sentandola para luego acercarle su plato, pero al ver que la niña no toma en cuenta la comida comienza a dársela ella. Al final, cuando finalizó de alimentar y preparar a su pequeña, ya era lo suficientemente tarde como para pensar en desayunar algo. Simplemente cogió su bolso, la mochila con forma de gatito de Aylín y a la pequeña de la mano para abandonar el departamento. Afuera hacía demasiado frío, el invierno en Suiza era más helado de lo que imaginó, por lo que su pequeña se resfriaba constantemente. Cada vez que enfermaba era complicado, por su condición era prácticamente imposible hacerla ingerir algún medicamento y los que eran adaptados en diversas golosinas para niños con autismo, eran demasiado costosos e inaccesibles para ella. Dejó con mucho pesar a Aylín en la guardería, le encantaría estar junto a ella y no tener que sacarla con un clima tan malo, pero era algo que momentáneamente escapaba de sus posibilidades. Una vez dejó a su hija, caminó lo más rápido que sus piernas le permitieron, aún así, llegó con veinte minutos de retraso al trabajo. —Hasta que se dignó a llegar, señorita Hoffman. —Dijo en modo de queja la jefa de recursos humanos. —Lo siento mucho, señora Norris. —Esbozó una tímida sonrisa —tuve algunos problemas con mi hija, pero le prometo que no se volverá a repetir. —Espero que sea de ese modo, ahora vaya a su puesto de trabajo, señorita Hoffman. —Dijo la mujer secamente. —Si, señora. —Rapidamente se encaminó hasta el ascensor, debía subir hasta el penúltimo piso del edificio. La clínica para la cual trabajaba era inmensa, ocupaba un edificio de dieciocho pisos completos. La especialidad que buscarás ahí la encontrabas y los mejores profesionales se desempeñaban ahí. Dentro de la empresa se desempeñaba como secretaría del director del hospital, el sueldo no era demasiado grande, pero al menos tenía para costear los gastos básicos. —Señorita Hoffman, necesito que lleve estos inventarios a la sección de farmacología. —El señor Longton, su jefe directo y director del hospital se paró frente a ella con una pila de inventarios. —¡Claro señor! Por cierto, disculpe mi retraso el día de hoy. —Se acerca a su jefe y toma la pila de documentos. —No se preocupe, conozco perfectamente su situación. —Le dedicó una sonrisa gentil, para luego darse la media vuelta y encerrarse en su oficina. Valentina, cargó los documentos hasta la sección de farmacología, donde también se ubicaba la farmacia. Al llegar, notó que la persona encargada no estaba en su puesto de trabajo, por lo que dejó los documentos sobre el escritorio y se adentró en los pasillos llenos de estantes con medicamentos, los cuales estaban ordenados de manera alfabética. Rápidamente caminó a la sección para pacientes infantiles con autismo y buscó los medicamentos que su hija necesitaba. Al encontrarlos tomó dos bolsitas de gomitas dulces, que era el formato en que se presentaba el medicamento. Miró ambos lados y guardó las bolsitas en sus bolsillos. Sabía que estaba robando y que tal acción estaba completamente mal, pero estaba tan jodidamente desesperada que no sabía que más hacer. Rápidamente se apartó del estante y cuando se disponía a caminar una voz masculina la detuvo de pronto. —No de un paso más, quédese ahí si no quiere problemas. —Valentina quedó paralizada en su sitio, sintiendo sus piernas temblar. No podía perder ese empleo, no podía permitirse tal lujo. —¿Pasa algo? —Giró lentamente hasta quedar frente al hombre, quién la observaba minuciosamente. —¿Qué es lo que guardó en sus bolsillos? —Robert, quién era el químico farmacéutico quería saber. —Lo lamento muchísimo, señor —sacó las bolsitas de sus bolsillos, entregándoselas al hombre. —Es medicina para niños con autismo... —El hombre alzó la mirada y su expresión era de desconcierto. —¿Porque tomó esto? —Tengo a mi hija enferma... Estoy desesperada y no tengo como costearlo en este momento. —Se sentía expuesta y avergonzada. —Entiendo... —Hizo un chasquido con la lengua y le entregó las medicinas. —Guarda esto, haré de cuenta que no ví nada, pero para la próxima vez puedes pedírmelas, mi nombre es Robert y soy el encargado... Si hubiese estado mi compañera no tendrías tanta suerte. —Gracias... —Musitó bajito y sintió que el alma le volvía al cuerpo. —Mi nombre es Valentina Hoffman, por cierto, sobre el escritorio le dejé los inventarios. —Ok, muchas gracias, nos vemos Valentina. —El hombre alzó la mano y se despidió. Valentina sin pensarlo, abandonó con urgencia aquella zona del hospital. Mientras iba en el ascensor, observaba su reflejo en el espejo. Estaba agotada, había estado tan cerca de meterse en un tremendo problema, aún así, todo valió la pena. Aylin tendría acceso a medicina que si aceptaría ingerir. Ante el pensamiento comenzó a reír y se cayó abruptamente cuando el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. —Con qué paseando por el hospital, señorita Hoffman. —La voz ronca de Gustav le erizó la piel. Él hombre era un cerdo con todas las letras y ella procuraba evitarlo lo más posible. —No señor, estoy haciendo mi trabajo. —Respondió cerca y cortante. —Eso dices tú, aunque no entiendo cómo mierda no te despiden... De seguro le abres las piernas a tu jefe, las mujeres de tu clase solo sirven para eso o para encargarse de limpiar la casa y atender a los hombres. —Una sonrisa arrogante se instaló en su regordete rostro. —No tiene derecho a hablarme de ese modo. No se pase de listo o tendremos problemas. —Advirtió fingiendo entereza. —¿A sí? —Dejó escapar una sonora carcajada mientras la acorrala contra la pared. —Eres una vulgar puta que se disfraza de dama... Las mujeres de tu clase no me engañan... —No se pase de listo, señor —dijo con desprecio al momento que lo empujaba con fuerza. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Valentina salió rápidamente del ascensor y se acomodó tras su escritorio. Su cuerpo temblaba ligeramente y la rabia bullía en su interior. No podía creer que en un país tan desarrollado aún existieran personas tan primitivas.
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