Capitulo 4

1732 Words
Albert Longton, era el director del hospital desde hace más de diez años. Era un hombre recto y justo, pero ya era mayor y se sentía cansado, sin mencionar que deseaba contar con el tiempo suficiente para disfrutar de sus nietos, algo que jamás pudo hacer con sus dos hijas. Solo estaba esperando el nombramiento oficial del señor Thomás Schumacher, para poder retirarse. Jamás pensó tener que lidiar en sus últimos días laborales con las pataletas de Gustav, su colega. Él conocía la situación de la señorita Hoffman, y realmente no le molestaba el que de vez en cuando llegara unos minutos tarde. Sabía que tenía una pequeña hija con una condición diferente. La entendía, entendía el autismo de primera mano, ya que su nieto más pequeño padecía del mismo problema y no era fácil lidiar con aquello. —¿Qué es lo que pasa ahora, Gustav? —Preguntó entre fastidiado y cansado. —Esa zorra inútil que contrataste como tú secretaría, otra vez llegó tarde. ¡Esto es el colmo! —Se ponía rojo de la ira mientras caminaba de un lado al otro. —Gustav, por favor, no es correcto que hables de ese modo para referirte a la señorita Hoffman. —Alza la mirada con severidad, —es mi secretaría, no te entrometas. —Espero que el señor Schumacher, no sea tan blando como tú. Ya es el colmo, al parecer estos inmigrantes tienen más derechos que nosotros los nativos. —Se acerca al escritorio de su jefe. —¡Hombre, por Dios! Deja en paz a esa joven, es eficiente y necesita el empleo. —Cierra con brusquedad una de las carpetas que revisaba, —ahora permíteme seguir trabajando en paz, debo dejar todo en orden para Thomás. —Pero pídele horas extras, que recompense el tiempo de retraso. —Golpea el escritorio. —¡Sal de mi oficina, Gustav! Ve con tus chismes de corredor a otro, necesito trabajar y si no sales ahora te mandaré una carta de amonestación. —El semblante del hombre cambió de relajado a tenso. Gustav, sin decir nada más, abandonó la oficina de su jefe, cerrando la puerta estrepitosamente, para luego encaminarse furioso a su oficina. ••• Valentina, tan solo deseaba acabar con su jornada laboral, ir por su hija e internarse ambas en la cama para ver caricaturas. Pero aún faltaba, debía atender a su jefe, su futuro nuevo jefe y al bastardo de Gustav. Un suspiro cansino escapó de sus labios, mientras preparaba el café para los tres hombres. —Maldito cerdo xenófobo... —Murmura entre dientes mientras agrega el café en las tazas. Sentía rabia, impotencia, ya no toleraba un instante más los acosos y faltas de respeto por parte de Gustav. Para él, era bastante fácil criticar, juzgar y ofender a otras personas, pero su falta de empatía no le permitía ponerse en el lugar de otros. ¡Maldito bastardo! Estaba cansada, demasiado cansada. No era fácil abandonar su país, su ciudad, su hogar, para iniciar desde cero en un país desconocido y más encima recibir maltratos y humillaciones por su condición de extranjera. —Debería poner cianuro en su café... —Murmura entre dientes mientras revuelve las humeantes tazas de café. —Y si... —Una sonrisa traviesa se forma en su rostro y dejándose llevar por su rabia e impotencia termina escupiendo dentro de la taza de café que sería para el cerdo de Gustav. —Qué terribles modales, señorita Hoffman. —La masculina voz de Thomás provoca que Valentina, brinque en su sitio. —Buenos... Buenos días... —Siente sus mejillas arder por la vergüenza, por lo que desvía la mirada. —Desde el momento en que probé su café, lo encontré delicioso... Jamás imaginé que su saliva fuera el ingrediente secreto. —El hombre se acerca a ella, sin quitarle la mirada de encima. Valentina, no podía creer en su mala suerte. De todas las personas que trabajaban ahí, ¿justamente él debía verla? Mordió su labio inferior, notablemente nerviosa, pero aparentando serenidad continúo con su queja. —¿Te parece correcto, escupir en el café de alguien más? —El hombre recargó su espalda contra la pared y se cruzó de brazos. —¿Quiere que sea honesta o correcta? —Valentina alzó la mirada, observando al hombre con un aire desafiante. —En esta situación debería de ser correcta, pero para mi gusto, prefiero que sea honesta. —Dejó escapar una risa divertida. Realmente aquella mujer era todo un caso. —Hay personas que merecen cosas peores, escupir es una acción inofensiva en comparación del daño que algunas personas pueden provocar. —Alzó una de sus cejas y tomó la bandeja entre sus manos. —¿Hay algún problema, Valentina? Por su actitud creería que el director o el subdirector la están molestando. —Notó como el semblante soberbio de la joven cambiaba a uno preocupado. —Ese no es su problema, es mejor que... —Guardó silencio abruptamente al sentir la puerta de la oficina de su jefe abrirse. —¡Bienvenido, Thomás! No te esperábamos tan pronto. —El director se acercó al otro hombre y estrechó su mano con firmeza. —Estaba desocupado y preferí venir de inmediato. —Correspondió con energía al apretón de manos. El director, ignorando completamente a su secretaria, le indico al doctor Thomás que le siguiera al interior de la oficina. Gustav al verlo, se puso de pie y saludó con cordialidad. Debía ser astuto y ganarse la confianza de quién sería el nuevo director, de ese modo podría envenenarle la cabeza para que despidiera a los emigrantes, los cuales solo estaban para darle mala fama a la clínica. —Con permiso —la voz suave y melodiosa de Valentina inundó el ambiente. —El café está listo, señor. —Se acercó al escritorio de su jefe y le entregó la humeante taza de café a su jefe, para luego dejar la otra "con el ingrediente secreto", junto al cretino de Gustav. —Muchas gracias, señorita Hoffman —el hombre le dedicó una amable sonrisa. —¿Desea beber un poco de café, doctor Schumacher? —¡No, claro que no! —Observó de reojos a Valentina y esbozó una sonrisa macabra. —Soy algo escrupuloso, prefiero preparar las cosas yo mismo. —Notó como la joven se tensaba en su sitio. —Esta bien, entonces puede retirarse Valentina. —No fue necesario decir nada más, Valentina aferró sus delgados dedos al metal de la bandeja y abandonó la oficina del director. Histérica, se sentó en su escritorio, con la mirada fija en el ordenador. ¡Si ese hombre ganaba el puesto de director, la despedirá sin contemplaciones! De solo pensar en dicha posibilidad se le hacía un nudo en la boca del estómago. No podía darse el lujo de perder su trabajo, si ese fuese el caso, ¿qué haría? De pronto, el sonido de su teléfono celular la trajo de vuelta a la realidad. Busco el dichoso aparato en el cajón de su escritorio y se sorprendió al ver el número de la guardería brillando en la pantalla. Con manos temblorosas contesto la llamada y acercó el aparato a su oreja. —Hola... —Apenas le salió la voz. —Señorita Hoffman, soy Kattia, la directora de la guardería. Le llamo para pedirle que venga de inmediato, Aylin tiene mucha tos y el tanto toser le a desencadenado una crisis que no podemos controlar, la profesora a intentado contenerla, pero se ha golpeado contra varios objetos. —Las palabras de la mujer salieron atropelladas por la prisa. —¡Dios, santo! Ahora mismo voy para aya... —Cortó la llamada. Con prisa guardó sus pertenencias en su bolso, cogió su abrigo y corrió rumbo al ascensor. Sabía que debía avisar, pero su jefe estaba en medio de una reunión y su hija la necesitaba. Las crisis en el espectro autista eran demasiado difíciles, si no se controlaban a tiempo, empeoraban y quién las padecía realmente sufría. Mientras Thomás, observaba al tal Gustav minuciosamente. Por la actitud de la joven secretaria, parecía tener problemas con aquel hombre. Algo no andaba bien y él se encargaría de averiguarlo. De pronto, el forzado carraspeo de Albert, director del hospital, logró llamar su atención. —Como sabes Thomás, deseo retirarme, ya tengo la suficiente edad como para empezar a pensar en una vida más tranquila. —Dió un sorbo a su café para luego dejarlo sobre el platito de porcelana. —Hay un problema, los miembros de la junta no están tan convencidos de que seas mi sucesor. —¿Y eso porqué? —Sonó más rudo de lo que pretendía, logrando que los otros dos hombres se sobresaltaran. —Tienes un currículum intachable, eres un hombre proactivo y la fundación que abriste habla por ti. Sin embargo, consideran que eres alguien inestable, el director del hospital debe dedicarse principalmente a cosas administrativas y económicas, tú estás acostumbrado a estar en terreno. —El hombre deja escapar un prolongado suspiro. —Eres un hombre exitoso, eres el mejor en el área de neurología infantil, pero no eres capas de establecerte... —Sea más directo, no le estoy comprendiendo. ¿A donde desea llegar con todo esto? —Inclinó su torso hacia adelante mirando fijamente al director. —No está casado, no tienes hijos, una residencia estable, ni siquiera una maldita mascota. La mayor parte del año se la pasa viajando. —Dice el hombre con sequedad. —¡No viajo por gusto, lo hago por necesidad! —Exclama furioso. —Lo sé, Thomas... —El hombre no terminó su frase, ya que en ese momento la puerta de la oficina se abrió. Los tres hombres giraron al mismo tiempo. Una mujer despampanante se adentró en la oficina, luciendo un ceñido traje blanco que resaltaba su esbelta figura, su largo cabello rubio cayendo por su espalda como cascadas. Sus largas y oscuras pestañas hacían resaltar sus ojos azules y sus labios pintados de carmín resaltaban la blancura de su piel. —¡Hola papi! —La mujer se acercó y besó la mejilla de su padre. —Espero no haber llegado tarde. El rostro de Thomás se contrajo en una mueca de desagrado, Laura, la única hija soltera de Albert y quién fue su novia en la época universitaria. Ahora comenzaba a comprenderlo todo...
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