Laura Longton, era la hija menor de Albert y la única hija soltera. Laura, siempre fue una mujer liberal, quién disfrutaba al máximo de su soltería y el buen sexo, tanto con hombres como con mujeres. Era una mujer desinhibida, sin complicaciones. Pero desde hace algunos meses, su padre amenazó con desheredarla si es que no maduraba y sentaba cabeza. Por ese motivo estaba ahí, en una junta de médicos que poco le importaba, tratando de seducir a Thomás Schumacher, futuro director del hospital y el hombre al cual le trituró el corazón en la universidad.
—Querida, te presento a Gustav Klimt, subdirector del hospital y al doctor Thomás Schumacher, futuro director de nuestro prestigioso hospital. —El hombre sonríe de lado.
—Un placer conocerlos, caballeros —la rubia estrechó la regordeta mano de Gustav, para luego estrechar la masculina y fibrosa mano de Thomás.
—El placer es todo mío. —Gustav sonrió y la devoró con la mirada.
—Hola, Laura. —Fue el seco saludo por parte de Thomás, comenzando a sentirse incómodo con la dichosa reunión.
—¡Tanto tiempo sin verte, Thomás! Vaya que es chico el mundo, jamás imaginé encontrarte aquí. —Laura se sentó frente a él y cruzó sensualmente las piernas.
—No sabía que se conocían... —Albert trató de sonar natural, aunque era más que evidente lo que pretendía con tal encuentro.
—Cursamos un par de clases juntos en la universidad. Fueron uno o dos semestres, posteriormente Laura abandonó la carrera de medicina para vivir la vida loca. —Dijo Thomás con brusquedad.
Un silencio incómodo se instaló entre los presentes, Albert miró a su hija para luego fijar la mirada en Thomás y luego volver a mirar a su hija.
—¿Aún me guardas rencor, Tommy? —Preguntó Laura con voz melosa, rompiendo la tensión del ambiente.
—Muchachos, que tal si hablan de sus cosas en otro lugar, podrían juntarse a cenar o algo por el estilo. —Albert quiso aligerar la tensión del ambiente.
—,Señores, si no hay nada más que decir entonces me retiro. —Thomás puso punto final a la reunión.
—La junta es en un mes, es el tiempo que tienes para poner en práctica mis consejos. Realmente deseo que ganes el puesto, Thomás. —Albert, se puso de pie y estrechó la mano del médico.
—Lo tendré en cuenta. —Estrechó la mano del hombre para posteriormente despedirse de Gustav y Laura.
Con pasos rápidos y firmes se encaminó a su oficina, dejándose caer con pesadez en la cómoda silla de cuero que tenía frente a su escritorio. Frustrado, por la reunión, golpeó con sus puños el escritorio. Realmente no podía creer el descaro de Albert, de una u otra manera quería asegurarse de seguir metiendo sus narices en el manejo del hospital una vez se retirara.
Una cosa estaba clara, prefería renunciar al cargo a tener que sostener una relación con Laura Longton. Esa mujer era hermosa, sensual, pero su cabeza está hueca y no era lo que él necesitaba para su vida. Ya más calmado, decidió irse a casa, estaba demasiado agotado después de veinticuatro horas de guardia en urgencias.
Se quitó la bata clínica y la colgó en el perchero junto a la puerta, miró la hora en su teléfono celular, ya era tarde, guardó el aparato en su bolsillo y cogió las llaves de su auto para luego abandonar su oficina. A esa hora, la mayoría de funcionarios del hospital habían abandonado las instalaciones, por lo que de camino al estacionamiento no se encontró con nadie.
De pronto, un ensordecedor gritó le heló la sangre. Se detuvo abruptamente y giró hacia donde provenía aquel grito. Ahí estaba la secretaria del director, la joven caminaba con pasos torpes cargando a una niña pequeña entre sus brazos, la cual a simple vista parecía inconciente. Thomás se alarmó y corrió al encuentro de aquella mujer.
—¡Alguien ayúdeme! ¡Por favor! —Gritó Valentina entre desesperada e histérica.
—¿Qué ha pasado? —Preguntó el rubio alarmado.
—Mi hija, mi hija... Se golpeó la cabeza. —A Thomás se le estrujó el corazón al ver el rostro de la joven madre empapado en lágrimas y con el maquillaje corrido de tanto llorar.
—Por favor, respira, asistiremos a tu hija inmediatamente. —Sin preguntarle, tomó a la pequeña entre sus brazos y comenzó a correr rumbo al ala de urgencias. —Explícame que pasó.
—Estaba en la guardería, Aylín tiene autismo severo, ella no habla, aún usa pañales y tiene selectividad alimenticia... —Ahogó un sollozó mientras trataba de seguirle el paso al hombre. —La obligaron a comer algo que ella no come y eso le desencadenó una crisis... Fue muy intensa, el personal de la guardería no supo cómo contenerla y en el forcejeó Aylín se golpeó la cabeza... Ella está inconciente y su cabeza sangra mucho... Yo... Dios... Yo tengo tanto miedo.
—Entiendo... Se que es difícil, pero necesito que intentes guardar la calma... —Con su hombro empujó la puerta y se adentró en la sección de urgencias.
—No puedo, ¿cómo puedo estar calmada en esta situación? Si la pierdo... Si a ella le pasa algo... —Valentina sentía un nudo en el estómago y una intensa pesadez en el centro de su pecho.
—¡Una camilla urgente! —Gritó Thomás y su voz hizo eco en los abarrotados pasillos del hospital.
Uno de los camilleros, al escuchar al doctor, corrió por una camilla y una de las enfermeras se acercó para asistirlo. Thomás acostó a la pequeña en la camilla e inmediatamente la adentraron en una de las salas de atención. Valentina pensaba adentrarse en la sala con ellos, pero el Thomás la detuvo.
—No puedes entrar, espera aquí por favor. —Posó sus grandes manos en los estrechos hombros de la joven y presionó con delicadeza.
—No, por favor... Necesito entrar, tengo que estar con Aylín, no me pida que espere aquí afuera. —Su voz reflejaba la desesperación que sentía.
—No puede ingresar, necesito que espere aquí y nos deje hacer nuestro trabajo. —Habló calmadamente, entendiendo el sentir de la joven madre. Era neurocirujano infantil con especializaciones en espectro autista. Entendía a Valentina, sabía lo difícil que era para una madre lidiar sin una red de apoyo con niños con tal condición.
—Pero... Por favor... —La joven suplicó.
—Soy neurocirujano infantil, todo va a estar bien. Salvaré a tu hija, es una promesa. —Dijo con firmeza y seguridad.
—¡Por favor, salva a mi hija! —Suplicó resignada, apartándose de él un par de pasos, viéndolo borroso a causa de las lágrimas que empañan sus ojos.
Thomás asintió, para luego ingresar en la sala donde la pequeña fue ingresada minutos antes. De alguna manera, se sentía comprometido con la situación y acababa de hacerle una promesa a una madre desesperada, por lo cual no podía fallarle. En el box uno de los médicos internos estaba asistiendo a la pequeña.
—Doctor Schumacher, la herida es superficial, sus signos vitales están estables. —Dijo el joven médico con seguridad.
—Esta bien, revisaré y luego haremos las pruebas necesarias para estar seguros de que no existirá ninguna complicación. —Se acercó a la pequeña y comenzó a revisar la herida.
Mientras tanto, Valentina se sentó en la sala de espera, sintiéndose de pronto más sola que nunca. Él solo pensar en perder a su hija, le provocaba un pánico inmenso. Simplemente no podía imaginar la vida sin ella, Aylín era su luz en medio de tanta oscuridad. No era fácil lidiar con un hijo con autismo, habían momentos de tanta frustración, otras tantas veces se sentía cansada, sin embargo, pese a todo lo que debía luchar por el bienestar de su pequeña, la amaba, la amaba con locura.
Observó sus manos, las cuales estaban cubiertas de sangre, la sangre de su pequeña hija. Una vez más se sintió impotente e inútil, si tan solo tuviera una condición económica más estable, si pudiera pasar más tiempo en casa con ella, si tan solo pudiera costear las terapias que la pequeña necesitaba. Su vida sería tan diferente con estabilidad económica...