Capitulo 11

1261 Words
La asistente del subdirector al escuchar los gritos de Valentina dentro la oficina de su jefe entró sin avisar, encontrando como Gustav tenía a la chica acorralada en la silla y como la pobre Valentina se cubría una de sus mejillas con ambas manos. Siempre pensó que su jefe era de lo peor, pero esto ya era el colmo del abuso y de la falta de respeto. Valentina, era una mujer bajita, menudita, una mano de Gustav prácticamente le cubría todo el rostro. Realmente el trato que el hombre daba a los empleados extranjeros era sumamente indigno. —¡Señor, ¿qué creé que está haciendo?! —Exclamó la asistente, entrando con paso firme hacia la escena. Gustav se giró sorprendido al escuchar la voz de la asistente, soltando a Valentina de inmediato. La chica se levantó rápidamente de la silla, mirando con agradecimiento a la mujer que la había salvado de aquella situación. —¿Qué pasa aquí? —Preguntó la asistente, mirando fijamente a Gustav. —No es asunto tuyo, vete de aquí. — Respondió Gustav con tono desafiante. La asistente frunció el ceño, no dispuesta a permitir que la situación empeorara. Se acercó lentamente a Gustav, mirándolo directamente a los ojos, pero Valentina la detuvo. —¡No vuelvas a ponerme una mano encima nunca más en tu vida, maldito cretino! —Gritó Valentina furiosa —la próxima vez que te atrevas a tocarme te juro que te volaré los dientes. —Cierra la boca mugrosa latina —gruñó Gustav furioso, sin importarle que su asistente observara la escena. —¡El único mugroso eres tú, cerdo asqueroso! —Valentina salió de la oficina de Gustav con la asistente de este siguiendo sus pasos. —Maldita perra... —murmuró el hombre —dentro de poco estaré acabado. La asistente de Gustav se encargó de ver que Valentina estuviera bien, le preparó un té de hierbas y procuró de expandir el rumor como la pólvora. A la hora del acontecimiento, prácticamente casi todos los funcionarios del hospital sabían de ese espectáculo. Y así es como se enteró Thomás... —No puedo creer que el subdirector haya hecho algo de esa magnitud. Pero y todos nos hemos dado cuenta de que se las tomado bastante personal con la pobre Valentina. —Dijo una de las enfermeras del área de neurología infantil. —No sé cómo puede ser así con ella, Valentina es un pan de Dios. —Seamos honestas, el subdirector es un cretino. Se aprovecha del personal que es extranjero y uno tiene que aguantar por que el dinero se necesita. —Resopló fastidiada una mujer de origen afroamericano. —Eso es verdad, ese hombre es un racista. No se qué pasa por su cabeza, se piensa que por que somos extranjeros no somos personas o no tenemos derechos. —La joven enfermera se cruza de brazos. —Pero lo que le hizo a Valentina ya es el colmo, ¿cómo se le ocurre golpearla? —¿De verdad le pegó? —La mujer morena se cubrió la boca con ambas manos. —Si, su asistente lo vió todo y dice que le dió una bofetada a la pobre de Valentina. En ese momento, Thomás dejó de escuchar. Thomás estaba en estado de shock al escuchar las palabras de las enfermeras. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras su corazón latía con fuerza, sintiendo una mezcla de furia, impotencia y preocupación. Cada músculo de su cuerpo se tensó y sintió que su sangre hervía en las venas. El subdirector del hospital, se supone que debía de ser una figura de autoridad, había osado agredir a Valentina, una mujer que solo procuraba cumplir con su trabajo y que jamás daba problemas. Thomás sentía una ira indomable que amenazaba con consumirlo, pero a la vez, un miedo profundo se apoderaba de su ser. Miedo por la seguridad y bienestar de Valentina, miedo por lo que él era capaz de hacer en ese momento de rabia descontrolada. Sus manos temblaban mientras luchaba por mantener la compostura, por contener la tormenta emocional que lo invadía. Quería correr hacia el subdirector, enfrentarlo y hacerle pagar por lo que había hecho, pero también sabía que debía ser fuerte por Valentina, por protegerla, por demostrarle que él era su fortaleza, su refugio en medio de la tormenta. Por qué a pesar de que todo lo de ellos era una mera farsa, a él le importaba el bienestar de aquella mujer. Solo había una cosa por hacer en ese momento, por lo que rápidamente entregó las planillas a las enfermeras y sin siquiera dignarse a hablar con ellas se encaminó al ala donde Valentina trabajaba. Necesitaba verla, saber que estaba bien, que ese bastardo no se había atrevido a hacerle daño. Pero al llegar al escritorio de Valentina, la mujer no estaba en su puesto de trabajo y el no verla, lo llenó de una angustia inexplicable. —Valentina está en el tocador, doctor —la melodiosa voz de la asistente de Gustav lo trajo de regreso a la realidad. —Gracias, —fue su seca respuesta antes de adentrarse en el tocador, sin importarle que fuera la sección de damas. Al entrar en el cuarto de baño, notó a Valentina de pie junto al espejo. Su postura medio encorvada denotaba la inseguridad que sentía en ese momento. Cuando ella volteó a mirarlo, pudo notar su mejilla izquierda completamente enrojecida y en ese momento perdió la poca cordura que conservaba. En dos grandes zancadas llegó hasta donde la joven estaba y con más suavidad de la debida posó sus manos en las mejillas de la joven, examinando el daño que aquel bastardo le había proporcionado. —Doctor... —Valentina, en ese momento sintió una mezcla de emociones, se sintió entre nerviosa y preocupada sin saber muy bien que decir o hacer. —¿Cómo se atrevió a ponerte una mano encima? —Thomás chasqueo la lengua totalmente irritado, mientras que con sus pulgares acariciaba inconscientemente las suaves mejillas de la mujer. —No se preocupe doctor, no fue para tanto... Es mejor que se calme... —Las palabras salían suaves y entrecortadas. —¿Qué me calme? ¿Como quieres que me calme? —Se apartó de la joven y apretó sus puños con fuerza. —¡Lo voy a matar! —Exclamó furioso al momento que abandonaba el cuarto de baño. Valentina, preocupada, tomó su bolso y corrió tras Thomás. Agradecía que él se preocupara por su seguridad, se sentía bonito contar con alguien que te defendiera y saber que no estaba remando sola, pero no deseaba por ningún motivo, que esto fuera una razón más que suficiente para que el hombre no adquiriera el puesto de director. —¡Doctor... Thomás, por favor no vayas a cometer ninguna locura! —Exclamó desesperada. En aquel momento, Thomás comprendió que Valentina le importaba más de lo que podía atreverse a admitir, no sabía cómo, pero esa mujer tenía algo que le hacía querer protegerla, por que lo único que deseaba era su bienestar y no podía permitir que le faltarán el respeto de esa manera. ¿Qué clase de novio sería si no la defendía? Ahí tenía otro gran motivo para moler a golpes al bastardo de Gustav. La asistente del subdirector trató de impedirle el paso, pero Thomás no le prestó la más mínima atención. Sin tocar, abrió la puerta de la oficina de Gustav e hizo tronar sus dedos. —¡Estás acabado, bastardo! ¡Nadie se atreve a tocar a mi mujer! —Exclamó furioso.
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