Valentina, al llegar al hospital pudo sentir todas las miradas sobre ella, sonrió tímidamente agradeciendo los comentarios aduladores, aunque en su interior sentía un nudo de nervios por lo que estaba por enfrentar. Había llegado al hospital para iniciar su rutinaria jornada laboral, pero también sabía que el rumor de su supuesto compromiso con el doctor Schumacher había recorrido todas las alas del hospital.
Caminó por los pasillos conocidos, saludando a algunas caras familiares en el camino. Finalmente llegó a la sección donde ella trabajaba y acomodó sus cosas sobre su escritorio. Tenía una pila inmensa de informes que debía traspasar, por lo que la esperaba una larga jornada laboral. Su jefe llegó tras ella, acompañado del cretino de Gustav, pero ambos hombres solo se limitaron a saludarla con sequedad, acción que la hizo sonreír. Al parecer, ser la futura esposa del hombre que tomaría el puesto de director tenía sus ventajas.
Thomás se paró en el umbral de la puerta del recibidor, observando atentamente a Valentina, notando lo bonita y radiante que se veía con aquel cambio de look. Había decidido visitarla para tratar de mantener las apariencias, después de todo, el cuento del compromiso debía ser creíble para todos.
—Hola, cariño —La profunda voz de Thomás provocó que la joven se sobresaltara. —Te he traído el desayuno.
—Hola, mi amor... —Se puso tan nerviosa que se le cayeron los documentos que sostenía entre sus manos. —Gracias, —esbozó una pequeña sonrisa mientras recogía los papeles para posteriormente recibir el vaso de café y la caja con donas.
—El corte de pelo te queda bien —dijo el hombre con cierta sequedad.
—Gracias, —Sacó una dona de la cajita y la llevó a su boca. —Estan buenísimas.
—Me alegra que te gusten, bueno, te dejo trabajar tranquila. Nos vemos a la hora de almuerzo. —Cuando vió a Gustav salir de la oficina del director se acercó a Valentina y besó su frente. —Pasaré por ti, cariño.
—¡Claro, mi amor! —Exclamó la joven para luego dedicarle una gran sonrisa, notando la mirada furibunda de Gustav sobre ellos.
El doctor Thomás se apartó lentamente de Valentina, con una sonrisa triunfal en el rostro. Estaba feliz de que todos creyeran que su compromiso era real, aunque en realidad solo era un acuerdo conveniente. Mientras caminaba por el pasillo del hospital, pudo sentir la envidia de algunos de sus colegas que lo miraban con admiración y sorpresa.
Gustav, el subdirector del hospital, los observaba con rabia desde lejos. No podía creer cómo un hombre tan distinguido como Thomás podía estar interesado en una emigrante como Valentina. Gustav siempre había sentido una fuerte atracción por ella, pero era consciente de que nunca tendría la oportunidad de estar con esa mujer, sobre todo ahora que Thomás había decidido formalizar su "relación".
Valentina, por su parte, se sentía confundida y abrumada. Sabía que todo esto era una farsa, pero también era consciente del impacto que este supuesto compromiso generaba en sus colegas. A pesar de todo, no podía evitar sentirse emocionada por la posibilidad de tener un futuro laboral tranquilo, donde Gustav ya no la molestará ni rebajara por su condición de emigrante.
Mientras Thomás se alejaba con paso seguro, Valentina lo observaba con una mezcla de emociones en su corazón. No sabía cuánto tiempo podrían mantener el engaño, pero estaba dispuesto a apoyarlo y seguir con esto hasta las últimas consecuencias. Y Gustav, seguía mirándolos con rabia, deseando poder cambiar las circunstancias y tener una oportunidad real de follarse a aquella mujer.
•••
El doctor Thomás y Valentina se encontraban sentados en una mesa del bufé del hospital, compartiendo un silencioso almuerzo mientras trataban de mantener las apariencias frente a sus colegas. Thomás observaba a Valentina con detenimiento, notando como la joven se tocaba constantemente el cabello corto, demostrando una clara incomodidad con su nuevo look.
En ese momento, la asistente de oncología se acercó a la mesa y saludó a ambos con una sonrisa. Agradeció a Valentina por haber tenido la valentía de cortarse el cabello en apoyo a los pacientes con cáncer, lo cual causó sorpresa en Thomás.
Valentina respondió con humildad, explicando que quería mostrar su apoyo y solidaridad a aquellos que luchaban contra la enfermedad. Thomás la miró con admiración, sintiendo un profundo respeto por su noble gesto. Él leyó el día de ayer uno de los folletos que la asistente de oncología estaba entregando y pudo comprender que Valentina lo hizo en parte por el dinero que entregaban.
A pesar de las miradas curiosas de los demás colegas que compartían el bufé, Thomás y Valentina continuaron su comida en silencio, compartiendo un momento de complicidad y respeto mutuo que era evidente para todos los presentes. Hasta que Thomás no pudo más, y decidió abordar el tema del cabello.
—¿Por qué te cortaste el cabello? Creo que fuí claro al decir que te apoyaría y sin necesitabas algo para Aylín tendrías que haberlo dicho. —La miró fijamente a los ojos.
—Lo sé, pero no era para Aylín... Antes de que tuviéramos este trato gasté el dinero de la renta para pagar una cuidadora a mi hija, después de lo que sucedió no volvería a enviarla al jardín... En conclusión, si no pagaba la renta nos votarían a la calle. —Confesó avergonzada.
—Estaremos por un buen tiempo juntos, necesitamos confiar en nosotros y si algo así te pasa de nuevo, entonces debes decírmelo. —Dijo tajante.
—Esos son mis asuntos, doctor. No corresponde que usted se involucre, ya bastante con el apoyo que me ofreció para mi hija. —Esbozó una sonrisa temblorosa y jugueteaba con sus manos, gesto que hacía cada vez que estaba nerviosa.
Thomás, sabía que no debía involucrarse de más, realmente no debería de importarle esa mujer, sin embargo, al ver sus ojitos llenos de tristeza sintió algo romperse en su interior. Aunque no fuese su asunto, le preocupaba la situación emocional y financiera de Valentina y la pequeña Aylín.
—Confía en mí, por favor. —Se arrepintió de aquellas palabras después de decirlas, por lo que se puso de pie y se excusó con la joven y volvió al trabajo antes de meter la pata.
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Valentina sintió un escalofrío recorrer su espalda al escuchar la voz de Gustav por teléfono. No era común que la citara en su oficina de manera repentina, y eso la ponía nerviosa. Apretó los labios y se puso de pie, dejando los informes a medias sobre el escritorio.
Caminó por los pasillos de la empresa con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Al llegar a la puerta de la oficina del subdirector, respiró hondo y tocó suavemente antes de entrar. El hombre la recibió con una sonrisa enigmática y le indicó que tomara asiento.
Valentina se sentó frente a su jefe, intentando descifrar la expresión en su rostro. —¿Para que me mandó a llamar? —Estaba nerviosa, pero trató de no demostrarlo.
—Te lo tenías bien guardado, jodida zorra —el hombre se puso de pie y rodeó a Valentina, para luego acorralar a la joven entre si cuerpo y la silla.
—No sé de qué está hablando... —Sintió náuseas de sentir a aquel cretino tan cerca.
—Te tenías bien guardado tu amorío con el imbécil de Schumacher. De seguro le abriste las piernas nada más conocerlo, ¿verdad? —Posó sus grandes manos sobre las frágiles muñecas de la joven comenzando a presionar con fuerza. —¿Y qué, su pene es muy grande? ¿Tiene lo suficiente como para llenar ese agujero n***o que te cargas entre las piernas?
—¡Cierra la boca maldito cerdo asqueroso! —Gritó la joven —¡Ahora suelta mis muñecas, maldito cretino! —Comenzó a forcejear con él y el hombre en una acción desesperada por hacerla callar le propinó una fuerte bofetada.