Valentina por un momento se quedó en blanco, observando fijamente el piso de la consulta. Podía oír la respiración pesada de Thomás, al parecer, el hombre estaba tan nervioso como ella. Él tenía razón, está era una buena oportunidad para salir de todos sus problemas, por que si para mañana no tenía el dinero de la renta, que por cierto no lo tenía, la sacarían a la calle junto a su hija y no tenían donde ir.
—Una alianza... Creo que tiene razón doctor. Ambos estamos jodidos. —Una risa amarga escapa de sus labios. —Todo esto es tan extraño, tan surreal...
—Lo sé, pero tenemos la solución en nuestras manos, Valentina. —Posa una de sus grandes manos en el hombro de la joven.
—Tiene razón, aunque admito que todo esto me asusta un poco... —Alza la mirada fijandola en él.
—Mira, si no quieres no hay problema. El ayudarme no es obligación, no te estoy poniendo una soga al cuello para que aceptes. Mañana hablo con el director y le invento alguna excusa. —Frunce el ceño, —lo único que lamento es que no obtendré el puesto de director y seguirán las misma irregularidades.
Valentina no confiaba en él, Valentina no confiaba en los hombres, honestamente, Valentina no confiaba en nadie.
—Si le ayudo, ¿usted me ayudaría con las terapias de Aylin? —Quiso saber, por que realmente necesitaba apoyo en ese tema.
—Por supuesto que sí, cubriré las terapias de la pequeña, sus tratamientos neurológicos, medicinas, gastos de movilización y una cuidadora capacitada para que esté a cargo de ella mientras tú trabajas. —Honestamente, esperaba que ella le pidiera mucho más.
—¡Entonces acepto! —Extiende su mano con la finalidad de estrechar la del hombre. —Me haré pasar por tu prometida. Haré todo lo que esté a mi alcance para ayudarte a conseguir ese puesto.
—Es un trato entonces, —estrecha la delicada mano de la joven con firmeza. —Ahora vamos a comer, muero de hambre.
—Ah... No doctor, yo no... Yo no tengo hambre y se me acumuló trabajo por el día que falté. —Se excusó rápidamente, ya que no contaba con dinero.
—No, no, no, se supone que eres mi prometida y ya no es un secreto, por lo que debes ir a comer conmigo. No puedes negarte, Valentina. —Se negó rotundamente a la negativa de la joven. —De ahora en adelante debo de invitarte a almorzar, no te preocupes por nada, todo corre por mi cuenta.
Ella pensaba negarse, le avergonzaba tener que depender de él para pagar su propio almuerzo, sin embargo, su estómago parecía no estar de acuerdo con ella, gruñendo ruidosamente en protesta. Ambos se miraron por un momento a los ojos y sin poder evitarlo, estallaron en carcajadas.
Ambos salieron de la consulta tomados de la mano, Valentina se sentía un poco incómoda, pero debía de acostumbrarse, ya que de ahora en más deberían de fingir en público. Al menos, el cerdo de Gustav la dejaría en paz al enterarse de su supuesta relación con el futuro director del hospital.
Todo el mundo los vió juntos en el comedor, rápidamente se corrió la voz en todo el hospital de la relación que ambos sostenían y Valentina, se regocijó al ver la expresión de frustración en el regordete rostro de Gustav, quién no se atrevió a siquiera mirarla.
Thomás, como todo un caballero, la acompañó hasta su escritorio y dejó un ligero beso en su frente, ya que algunas ejecutivas pasaban por ahí. Cuando el doctor finalmente la dejó sola, Valentina pudo respirar tranquila y se preocupó de realizar sus labores. De pronto, la asistente del área de oncología se acercó a la joven y le entregó una pila de folletos.
—Por favor Valentina, ayudame a repartir estos volantes. Se que por esta sección no viene tanta gente, pero de igual modo puedes entregarlos a quien venga. —La joven le dedica una radiante sonrisa a Valentina.
—Esta bien, con mucho gusto te ayudo. —Tomó los volantes entre sus manos y los acomodó en una esquina de su escritorio.
—¡Gracias, hermosa! —La joven se aleja dando brinquitos entusiastas.
Valentina observa el volante y al leer el contenido siente una pizca de esperanza. "Ven y vende tu cabello, apoya con esto a quien más lo necesita y recibe un fantástico cambio de look de mano del talentoso estilista Münie."
Guardó uno de los volantes en su cartera, estaba decidido, iría después del trabajo.
•••
Se adentró en el salón donde estaban realizando los cortes de cabello, el estilista midió el largo y volúmen, para luego ofrecer 1.500 dólares por su cabello más el cambio de look. Resignada, aceptó, era un sacrificio por su hija, por el bienestar de la misma. Por que estaba dispuesta a entregarlo todo por su pequeña Aylín, con tal de tenerla a su lado y ayudarle a desarrollarse poco a poco, con tal de verla sonreír y hacerla feliz.
Münie, le cortó el cabello y el sonido de las tijeras le provocaba escalofríos, tenía ganas de llorar, pero se contuvo. La vida ya le había quitado tanto, ¿cuanto más pensaba quitarle? Durante todo el proceso mantuvo los ojos cerrados, sin atreverse a mirarse en el espejo, hasta que la voz del hombre la volvió a la realidad.
—Abre los ojos cariño, te ves divina. —La voz escandalosa del estilista le hizo abrir los ojos.
—¡Oh, por Dios! —No lo podía creer. El hombre le hizo flequillo por debajo de sus cejas y un corte Carré que la hacía ver hermosa y jodidamente sensual. El corte resaltaba las facciones redondeadas de su rostro y la hacía lucir increíble.
—Te ves divina, este corte está hecho para ti. —El estilista giró la silla para que la joven se observará en diversos ángulos.
—Muchas gracias, señor... —Esbozó una tímida sonrisa y se acercó a la cajera, quién le entregó el dinero en efectivo.
Salió de ahí sintiéndose renovada, aprovechó de pasar a la casa de la arrendataria para pagarle la renta. Cuando la mujer la vio en la puerta de su casa alzó ambas cejas en señal de asombro.
—Aquí está el dinero de la renta, lamento la tardanza, no volverá a repetirse. —Esbozó una pequeña sonrisa.
La mujer recibió el dinero y sin decirle nada, le cerró la puerta en la cara. Valentina, se sobresaltó ante el brusco gesto, más decidió no darle mayor importancia y regresó a casa. Quería abrazar a Aylín, llenarla de besitos en sus regordetas mejillas y renovar sus fuerzas con la maravillosa presencia de su pequeña.
Valentina al llegar a casa observó a su hija jugar con los cubos en la sala, disfrutando de su inocencia y alegría. La sala estaba llena de risas y sonidos de juego, pero cuando la pequeña vio a su madre entrar por la puerta, sus ojos se abrieron sorprendidos. La pequeña Aylín arrojó los cubos a un lado y se acercó a Valentina, quien la tomó en brazos con una sonrisa. La pequeña tocó el corto cabello de su madre, su cara llena de asombro y diversión.
—¿Te gusta el cabello de mami? —Preguntó la mujer entre risas, mientras observaba la hermosa sonrisa de su pequeña, quién eufórica comenzó a aletear con sus manitos. —Al parecer te a gustado muchísimo. —Ambas comenzaron a reír.
Valentina rió junto con su hija, disfrutando de ese momento de conexión y amor entre ambas. A pesar de los cambios en su apariencia, el amor entre madre e hija era inquebrantable y lleno de alegría. Juntas, se abrazaron con fuerza, compartiendo un momento de amor y complicidad que perduraría en sus corazones para siempre.
En ese momento, Valentina comprendió que cualquier sacrificio valía la pena si lograba ver esa chispa especial en los ojos de Aylín. También supo, que el mundo entero podría desmoronarse a su alrededor, pero la sola presencia de su hija tenía el poder de curar todas la heridas. Quizás, la vida le arrebató todo, pero le dio a Aylín y eso era más que suficiente para ser feliz.