Capitulo 8

1487 Words
Thomás, apenas puso un pie en el hospital fue citado en la oficina del director. Imaginaba que Laura ya le había ido con el chisme a su papi. Dejando escapar un suspiro cargado de fastidio se encaminó a la oficina del hombre. Una vez ahí, dió dos toques a la puerta para luego adentrarse en la oficina sin esperar respuesta. —¡Buenos días, señor! —Le dedicó una radiante sonrisa al hombre, disfrutando de la desesperación y frustración de este. —Oh, Thomás, buenos días —guardó los papeles que estaba revisando en el escritorio. —Toma asiento, por cierto, ¿quieres un café? —No, muchas gracias. Tengo bastante trabajo en este momento, solo vine por que usted me mandó a llamar. —Se sentó y recargó su espalda en el respaldo de la silla. —Laura, ayer me llamó consternada. Realmente no sabía que estabas comprometido. —Fija su mirada en el contrario. —¿Realmente estás comprometido? Yo pienso que no, que dijiste aquello para safar de mi hija, se que Laura a veces puede ser muy borde, pero es una excelente mujer, sería una esposa perfecta para ti. En ese momento, Thomás se sintió asqueado. ¿Qué significaba todo esto? Ver cómo el hombre promocionaba a la inepta de su hija, como si de un producto de mercado se tratase, era algo realmente despreciable. Quiso gritarle tantas cosas, sin embargo, la paciencia era una de sus mejores virtudes y este no era el mejor momento para actuar. En cambio, le dedicó una sonrisa. —Quise mantener mi vida privada como tal, por ese motivo no lo informé. Honestamente, señor Longton, no encontré necesario informarlo. —Respondió tajantemente. —¿Y quién es esa mujer? Por qué la esposa del director del hospital debe ser ejemplar, necesita ser una mujer inteligente, dedicada, trabajadora, un ejemplo a seguir. Sabes perfectamente como es esto. —Albert, frota sus manos mientras mantiene la mirada fija en el doctor. —Ella cumple con todas esas cualidades. Es una mujer trabajadora, eficiente, dedicada, educada, un ejemplo de mujer. Además es una mujer hermosa y con un ángel que hoy en día no se encuentra en las personas. —Esbozó una sonrisa complacida. —¿La conozco? —Todos los planes de Albert comenzaban a desmoronarse frente a tus ojos. —Si, ella trabaja aquí, para ti. Ya no saco nada con seguir ocultando esto, después de todo, nos casaremos muy pronto. —Inclina su torso hacia delante y su sonrisa gatuna se ensancha un poco más. —Ella es Valentina Hoffman, una mujer maravillosa y muy competente. —¡¿Qué?! ¿Me estas tomando el pelo? —Se puso bruscamente de pie, cayendo algunos documentos al piso. —¡Por supuesto que no! Y me ofende su reacción. Ahora iré por mi prometida, para que quede convencido. —Se puso de pie con la misma brusquedad y abandonó la oficina del director. De unas pocas zancadas Thomás llegó hasta el escritorio donde la joven trabajaba. Valentina, al verlo alzó la mirada y esbozó una tímida sonrisa. —¿Necesita algo doctor? —Si, necesito que me ayudes, solo sígueme la corriente, por favor. —Dijo en voz baja cerca del oído de la joven. —¿Qué? ¿De que habla, doctor? —Titubeó Valentina, sintiéndose de pronto bastante nerviosa. —De ahora en adelante me llamaras por mi nombre, soy Thomás. —Sintió pasos tras él y se tensó. —Solo sígueme la corriente, luego te explicaré todo con detalles... Valentina, aún algo aturdida por la reacción del doctor, asintió torpemente. Lo que no esperaba, es que Thomás la tomara de la mano y entrelazara los dedos de ambos. Iba a replicar, pero el hombre le guiñó un ojo y ella decidió ayudarlo en lo que sea que necesitara. Se la debía, él le prestó ayuda cuando más lo necesito. —¡Realmente no lo puedo creer! ¿Cómo es que ustedes dos están juntos? —Alfred, no lo podía creer. Al escuchar la voz del hombre, ambos giraron al mismo tiempo. La primera reacción de Valentina, fue soltar la mano del doctor, pero él no se lo permitió. —Bueno, señor director. Ahora lo sabe, Valentina Hoffman es mi hermosa prometida y muy pronto se convertirá en mi esposa. —Dijo con el pecho inflado en orgullo. En ese momento a Valentina, le calzaron todas las piezas del puzzle. No declararía al doctor Thomás, todo lo contrario, esbozó una delicada sonrisa y asintió, corroborando lo que el hombre decía. —¿Pero cómo? ¿Desde cuándo? La señorita Hoffman lleva muy poco tiempo trabajando en el hospital y en el país. —Articulaba con sus manos mientras hablaba. —Nos conocemos desde hace bastante, señor. Conocí a Thomás cuando estuvo en mi país natal, nos gustamos de inmediato y comenzamos a conocernos. —Recargó su mejilla sobre el hombro de Thomás, quién sonrió ante el gesto de la joven. —Realmente no me lo esperaba... —Confesó Albert derrotado. —Honestamente, Laura es una mujer maravillosa director y agradezco la consideración que me tiene, pero estoy muy enamorado de mi futura esposa. —Le dedica una sonrisa torcida, —de todas maneras, espero contar con su apoyo frente a la junta directiva. —Por supuesto, muchacho... —Su expresión era de puro sufrimiento. —Bueno, debo volver al área de neurología infantil. —Deja un beso sobre la frente de Valentina, —Tina querida, te espero para almorzar. —Claro, mí amor. —Sonrió nerviosa y volvió a su escritorio cuando ambos hombres se alejaron. ¿Qué significaba todo esto? ¿En qué demonios se había metido? Necesitaba respuestas, por lo que se le hizo eterna la espera hasta la hora del almuerzo. Apenas el reloj marcó las 13 horas, la joven tomó su bolso y se encaminó hasta el área de pediatría infantil. A llegar a la consulta del doctor Schumacher, tocó a la puerta, entrando solo cuando el hombre le dió la autorización. —Hola doctor... —Se mostraba nerviosa. —¿Podría explicarme qué está pasando? Thomás al verla, suspiró pesadamente, lo último que quería era tener que darle explicaciones a una mujer. Pero nada de lo que pasaba era culpa de Valentina, él se había hundido en el lodo por si solo y lo mínimo que la joven madre merecía era una explicación. —Se que todo esto te parece demasiado bizarro y extraño, pero estaba completamente desesperado. El director, quería meterme a su hija por los ojos, no quiero tener nada que ver con esa mujer y para que me dejaran en paz inventé que eres mi prometida y que pronto nos vamos a casar. —Explicó apresuradamente. —Cuando se está desesperado se hace cualquier cosa, tal como tú cuando trataste de robar medicina. —¿Cómo... Sabe eso? —Cuestionó avergonzada, cubriendo su sonrojado rostro con ambas manos. —Me lo contó el farmacéutico, le pedí que no dijera nada. —Lo lamento... Pero si el salario que nos pagan no fuera tan bajo, entonces podría costear las terapias, consultas médicas y medicinas de mi hija. —Apartó lentamente las manos de su rostro, observando entre avergonzada y angustiada a Thomás. —No necesitas pedir disculpas, Valentina. He notado que tienes problemas para costear gastos básicos y que el salario está muy por debajo de lo que legalmente corresponde. —La miró fijamente a los ojos. —Esto ha sido tan difícil... Yo no soy una ladrona... Se lo juro, doctor. —Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas, lágrimas que estoicamente retuvo. No lloraría frente a nadie, no podía derrumbarse en ese momento. Simplemente se dio la vuelta, dándole la espalda a Thomás y discimuladamente secó las pocas lágrimas que escaparon de sus ojos. Thomás se quedó mirando la espalda de la joven, como se encogía sobre si misma y el leve temblor de su cuerpo. Después de su último fracaso amoroso, se juró a si mismo que jamás volvería a conmoverse por las lágrimas de una mujer, sin embargo, ver a Valentina tan vulnerable, luchando por mantenerse firme y fuerte, lograba conmoverlo. Un nudo se instaló en su estómago y por un instante se vió tentado a abrazarla, más se contuvo. —Valentina, necesito una familia para poder conseguir el puesto de director. En el hospital hay demasiadas irregularidades y es necesario detener todo esto. —Su voz salió suave y calmada. —Tú necesitas costear los gastos de la pequeña Aylín... Ambos necesitamos algo. —¿A donde quiere llegar con todo esto, doctor? —Se giró rápidamente y unos mechones de cabello cubrieron parte de su rostro. En ese momento, Thomás pensó que era una mujer bellísima. —Se mi esposa, Valentina. Si aceptas, resuelves mis problemas y yo me encargaré de resolver los tuyos. —Extiende su mano. —¿Aceptas?
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