Lucían caminaba de un lado a otro, lo hacía una y otra vez que sus hermanos temieron que abriera una zanja, sus costosos y lustrosos zapatos no parecían moverse con tranquilidad y por primera vez desde que sus hermanos tenían memoria lo miraron desaliñado, con sin corbata con dos botones abiertos y con la camisa de lino arremangada, su cabello estaba revuelto, pero aquello le daba un toque jovial y sumamente atractivo. —Tienes que calmarte. —Calma es lo que menos tengo ahora. ¡¿Por qué demonios no despierta?!—preguntó haciendo que sus hermanos se sobresaltaran, Ludmila tragó saliva y Franco mantuvo su vista fija en los cristales mirando a su hermana respirar con ayuda de una máquina. —Apenas ha pasado un día, los resultados han llegado, le han colocado los medicamentos prudentes y está

