Capítulo 2 | Consecuencias.

2292 Words
Narra Sofia Burgess. En medio de mi sueño, unas manos se abren paso entre mis piernas. Me remuevo un poco, para quitarme de encima la sensación de estar siendo tocada de formas que en mi vida poco he experimentado. Un roce áspero en mis caderas, levantando mi vestido, me hace abrir los ojos de golpe. «No es un sueño». Mi corazón se detiene cuando entiendo lo que está sucediendo. Miro a mi alrededor y lo que antes el alcohol no me dejó notar, cae como balde de agua fría sobre mí. Porque no estoy en la habitación que pagué para pasar la noche y definitivamente, no hay motivos para que un hombre esté encima de mí. Me revuelvo para tratar de apartarlo, pero su agarre se vuelve más fuerte en mis caderas. —Shhh, tranquila —exige, con voz de mando. Ronco y grave. Y al levantar su cabeza y buscar mis ojos, me quedo quieta. Sus ojos son verdes, de un tono tan claro que parecen grises. Su cabello es castaño, a la vista rebelde, con algunos mechones encaracolados que caen sobre su frente. Su boca está entreabierta y respira con dificultad, se ve afectado, como ido. Su mirada pesa sobre la mía, pero es como si no me viera del todo. —¿Estás aquí para satisfacerme? Marlom te envió, ¿verdad? No hablo, no me atrevo. Debería negar con la cabeza, pero tampoco lo hago. Su voz me estremece como nada antes lo ha hecho. Porque a pesar de ser virgen, con Marcus me atreví a hacer algunas cosas, aunque no llegamos más allá. Reconozco el deseo y la excitación. Y es algo que se ve claro en su postura y en el bulto que presiona más abajo, contra mi cadera. —¿Entonces? —repite, impacientándose. Yo tomo una decisión en un segundo. Pienso en mi dolor, en la expresión satisfecha de Rebecca, en el trasero de Marcus empujando contra ella con fuerza y rapidez. Cierro los ojos y dos lágrimas caen, porque me duele la traición y me arrepiento de haberme estado guardando para él, para el hombre que creí era el amor de mi vida, y nuestra noche de bodas. Sin darle más vueltas y sabiendo lo que esto significa, asiento a su pregunta. —Sí, estoy aquí por Malcom. Repito el nombre de su amigo por puro impulso. Eso quizás le dé seguridad sobre mi presencia aquí. Él me ofrece una sonrisa hermosa, de dientes blancos, pero que a simple vista me promete un pecado magnífico. Me digo que no debo pensar en nada, pongo mi mente en blanco. Y mientras ese desconocido hace con mi cuerpo todo lo que se le antoja, no suelto ni una lágrimas más. Lo disfruto, me dejo llevar sin importarme que es mi primera vez, que no lo conozco de nada y que tal vez mañana esto se convierta en una pesadilla. Pero solo quiero rebelarme por una vez en mi vida. Ya basta de la Sofia que se deja someter por todos. ------- La mañana llega y para mí, es como si el tiempo hubiera pasado demasiado lento. Miro al hombre que yace a mi lado, durmiento como una piedra. Detallo cada rasgo de su rostro, masculino, definido, refinado. Todo en él grita aristocracia y ahora más clara, pienso que tal vez me metí en el lugar y con la persona equivocada. Ahogo un suspiro cuando él se remueve en sueños. Cierro los ojos para fingir que estoy dormida, pero él no despierta. La falsa alarma me hace respirar aliviada y sin esperar más, me levanto, tomo mi ropa y salgo de la habitación sin mirar atrás. Termino de vestirme dando un vistazo a mi alrededor, no hay señales del tal Marlom y lo agradezco, porque eso podría traerme problemas. Camino con dificultad, mi cuerpo duele en todas partes y eso es un constante recordatorio de lo que me atreví a hacer. Pero asumo mis actos. Levanto la barbilla, cuadro mis hombros y con la mejor seguridad que puedo fingir, salgo de esa habitación rumbo a la mía, que resulta estar en el piso superior. Recojo mi maleta que ni siquiera abrí del todo y huyo del hotel con paso rápido. No me atrevo a mirar a mis espaldas, tal me parece que alguien me sigue y que sabe todos mis secretos. Pido un taxi y le doy la dirección de la casa familiar. Después de meses en el extranjero estudiando, ya estoy de vuelta y no puedo atrasar más mi llegada. En cuanto atravieso las puertas, lo primero que veo es a mi madre acercarse. Pienso que tal vez me dará un recibimiento, cosa que me extraña, pero comprendo todo cuando en vez de un abrazo, recibo una bofetada que me voltea la cara y me hace jadear. —Eso es por manchar el apellido de esta familia. Eres una cualquiera y, ¿te atreves a venir aquí después de pasar la noche con quién sabe Dios? Levanto la mirada, con la vista nublada y la mejilla ardiendo, miro entre mis cabellos castaños el rostro de la mujer que nunca supo cómo ser una madre. Me mira con desprecio, casi orgullosa de lo que acaba de hacer. Más allá, mi padre sigue sentado, sin inmutarse o atreverse siquiera a intervenir. Y Rebecca a pocos metros de él, con una expresión satisfecha que ya esperaba aunque nunca he entendido, disfrutando de esta humillación. Pero la poca valentía que me queda y mi dignidad, caen al piso en cuanto veo a Marcus llegar por detrás de Rebecca. Al verme, da un paso adelante, intenta acercarse, pero la mano de perfecta manicura de mi hermana lo detiene. Y él se deja hacer. Así que cuadro mis hombros, levanto mi cabeza y con toda la seguridad que puedo aparentar, defiendo mi posición. —Soy mayor de edad, estudio en el extranjero y nadie me esperaba… Lo que queda claro al recordar cómo encontré a quien consideraba mi prometido y mi hermana. Le doy una mirada que dice sin palabras lo que pienso. —Solo pasé una noche en un hotel. —Desvergonzada es lo que eres —exclama mi madre, demasiado alterada—, ¿para qué vuelves? Si tan pocas ganas tenías de llegar, mejor te hubieras quedado por ahí. La herida en mi pecho sangra. Esa que cargo desde que soy una niña. La que poco a poco fui remendando cuando era enviada a colegios para niñas en el extranjero, a campamentos de verano lejos de la familia cuando se suponía que debía pasar tiempo con ellos. Mientras veía una familia normal, feliz, en una imagen, pero en esa foto faltaba yo. Solo Marcus me dio alguna vez un lugar en su vida. Y ya me di cuenta que tampoco era real. —No, mami —interviene mi hermana y su chillona voz me saca de mis duros pensamientos—, de haberse quedado lejos no podría saber la excelente noticia. La miro con los ojos entrecerrados, porque cualquier intento de buena fe que venga de Rebecca es solo un espejismo. —¿Qué noticia? —me atrevo a preguntar. Marcus se adelanta, la toma del brazo y con actitud hosca le da una advertencia. —Becca —su voz suena dura, amenazante. Pocas veces lo he escuchado hablar así, pero que use ese diminutivo de su nombre le quita todo lo autoritario. Es como darle rienda a su capricho. Y yo ya sé que voy a recibir otro golpe. —Marcus y yo nos vamos a casar, ¿no es maravilloso? Se contonea con poses tan falsas como ella, estira su mano y me muestra el anillo de diamantes que ya lleva en su dedo anular. Su sonrisa es soberbia y orgullosa, sádica, incluso. Se divierte con mi dolor. Me tambaleo solo un poco al escucharla. El ácido sube a mi garganta, pero lo aguanto a tiempo, trago en seco todo ese dolor y sonrío. No es una sonrisa sincera, ni siquiera es una tranquila, pero es algo. Un gesto que demuestra que no me voy a romper, no aquí, menos delante de ellos. Asiento en su dirección. No me atrevo a mirar a Marcus ahora o no sabría qué más decir. Prefiero la mirada desorbitada de Rebecca que me mantiene en el lugar y con la realidad bien despejada. —Felicidades a los dos —me obligo a decir, mi tono es tan pausado que hasta a mí me sorprende—. Se merecen el uno al otro, de eso no hay dudas. Miro a Marcus y su rostro se contrae con dolor, afectado con mis palabras, entendiéndolas. Rebecca solo me mira con mala cara, con desconfianza, pero sin entender el sarcasmo. Sin embargo, con mi madre no tengo la misma suerte. —Eres solo una envidiosa malagradecida —exclama, mirándome de arriba abajo con odio. Su rechazo no es nada nuevo, pero hoy en particular lo siento más profundo. Como si se hubiera liberado un peso en ella y no pudiera negar la naturaleza que la rodea cuando yo estoy cerca. —Al fin todo cae en su lugar y Rebecca tiene el lugar que merece. —Sonríe orgullosa—. Tú siempre fuiste una entrometida. Esta unión debió darse antes. No son sus palabras lo que me afectan, como la intención detrás de ellas. Lo hace de forma deliberada, no se guarda nada. —¿Por qué me odias tanto? —pregunto con verdadera curiosidad. Quizás me diga y yo por fin pueda entender qué fue lo que hice para ganarme su desprecio. Pero mi pregunta la enfurece más. —Porque existes. Tu sola presencia me da asco. Su declaración provoca que un músculo en mi mejilla se mueva. Estoy aguantando y soportando todo este rencor y no sé cuánto tiempo más pueda seguir fingiendo que soy de piedra y que no me afectan sus ofensas, sus desplantes. Rebecca aprovecha el momento de silencio para hacer su teatro. Me mira como quien sabe que se saldrá con la suya. —No la quiero aquí —declara. Yo solo cierro los ojos, cansada de todo—. Sería capaz de seducir a Marcus otra vez… Me mira de arriba abajo y levanta su labio con repulsión. —De ella se puede esperar cualquier cosa. Pero esta vez no me quedo callada. —Después de lo que vi ayer, no lo creo. Por mí no necesitas preocuparte, Becca. Que te aproveche. Unos pasos se sienten desde la escalera y al levantar la mirada, me encuentro con los ojos oscuros de mi tía abuela. Su porte es regio, adusto. El bastón que lleva con ella más como decoración que como apoyo, suena cada pocos pasos. Llega al pie de la escalera y con toda su autoridad, me mira desde su posición. —Bienvenida, Sofía. Ya que decidiste regresar antes de tiempo, que eres adulta y conoces las responsabilidades que tienes, también te vas a casar. Me quedo congelada en el lugar, no puedo creer que me estén haciendo esto. Definitivamente hoy es el peor día de todos. —No vas a deshonrar más a tu familia. Tengo algunos pretendientes que estarán dispuestos a aceptarte como esposa, algunos son nuestros socios comerciales. Uno de ellos será tu esposo lo más pronto posible. Por tercera vez desde que llegué a esta casa, trago en seco mis emociones, solo asiento. Si lo veo desde una nueva perspectiva, debería agradecer que pueda alejarme de este infierno de una vez. Nada puede ser peor que tu propia familia te maltrate desde que tienes uso de razón. —No tengo ninguna objeción —acepto, mirando a la tía con seguridad. A mi alrededor se desarrollan muchas reacciones, pero yo solo tengo atención para una. La de Marcus. Y por ella, es que Rebecca suelta un resoplido y lo saca del salón, seguido de madre. La tía asiente y no dice nada más, solo se va. Mi padre en cambio, me pide quedarme cuando yo también pretendo irme. —Es tiempo de que conozcas la verdad, Sofia. Estrecho la mirada en su dirección, pero no digo nada. Sigo parada donde mismo, desde que llegué. —Nosotros te adoptamos cuando eras un bebé recién nacido… La historia es algo más larga, pero me quedo con eso solamente. Entonces lo entiendo todo, el odio, el resentimiento gratuito. Para la mujer que debía darme solo amor de madre, yo era el eterno recordatorio de su debilidad, de su incapacidad para dar un hijo cuando más lo necesitaban. —Por eso actúa de esa forma tan…singular. La palabra en sí ya es una ofensa y después del día que he tenido, me hace reír con sabor amargo. —¿Singular? ¿Esa es la mejor definición que puedes encontrar? Y me imagino que también es el motivo por el que no te atreves a defenderme, ¿no? Tampoco soy tu hija, al fin y al cabo. Lo miro con dolor, aunque trato de evitarlo. Un dolor que no le mostraba a nadie desde que aprendí a los ocho años que no debía hacerlo. —Solo soy un saco de boxeo para todos, por algo que yo no elegí ser, por una decisión que yo no pude tomar. Mi padre, o quien sea que diga ser, me mira con pena. —Lo siento. De verdad espero que tu futuro esposo sea un buen hombre y pueda darte lo que nunca te pudimos dar. Me deja boquiabierta. Bien dicen que no debes esperar nada de nadie, pero aún siguiendo esa regla, me llevo la peor de las decepciones. No tengo palabras, por lo que niego con la cabeza y sin creer aún todo lo sucedido en los últimos minutos, me voy.
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