Capítulo 3 | Contigo será suficiente.

1914 Words
Narra Ethan O’ Brien. Un dolor fuerte taladra mi cabeza en cuanto abro los ojos. Un ruido de fondo lo empeora todo. Me desperezo y miro a mi alrededor buscando la fuente del molesto e insistente sonido, pero vuelvo a caer sobre la cama como si no tuviera fuerzas para levantarme. Miro al techo, con los ojos entrecerrados, tratando de recordar lo que pasó la noche anterior, ni siquiera tengo claro cómo llegué aquí. Fuera de la habitación, el ruido se vuelve más intenso, hasta que logro identificar lo que pasa. «Mi madre». Me doy cuenta, al escuchar su molesta voz enojada. Resoplo, irritado con su constante vigilia y sus intentos de manipulación. —Ahora mismo va a saber quién es Liliam O’ Brien, él no puede pensar que tiene derecho a desprestigiar el apellido y quedarse de brazos cruzados. Esta vez me va a escuchar. De fondo, la voz de Marlom intenta detenerla. —No me importa. Esa mujer que salió de esta habitación puede joder su imagen y no estoy dispuesta a permitirlo. «¿Mujer?». Ante la duda, me siento en la cama y miro las sábanas blancas que están enredadas entre mis piernas. Unas manchas de sangre muy leves son visibles en el centro. —¡Mierda, mierda, mierda! —reclamo, en un susurro. Porque ya me queda claro que anoche todo se salió de control y esta vez no podré librarme de las consecuencias. Cuando mi madre entre por esa puerta, que lo hará, me exigirá explicaciones y la única solución posible. —Ethan Alexander de O’ Brien, hoy me vas a escuchar —grita, entrando a la habitación seguida de cerca por Marlom—. ¡Ya basta de hacer lo que te da la gana! ¡Esta es la última que te dejo pasar! Paso las manos por mi rostro y ni siquiera cubro mi desnudez. Trato de concentrarme, lejos de los gritos, para recordar lo que sucedió y entender por qué hay sangre en mi cama. Pero solo veo una laguna en blanco, como si la noche anterior no hubiese sucedido. —¡Es suficiente! —exclamo, cuando sus reclamos no paran y el dolor de cabeza se incrementa. —¡Suficiente, nada! —replica mi madre con furia—. Si a ti no te importa lo que esto puede ocasionar, a mí sí. Se acabaron las concesiones. Vas a casarte de una vez y dejar esa vida que llevas. Ruedo los ojos. Ahí va con lo mismo. —¿Te molestas? ¿Siquiera recuerdas lo que hiciste? —protesta. La miro con el ceño fruncido. —No sabes, claro que no —insiste, con una sacudida de sus manos hacia arriba y una risa que lejos está de ser divertida—. De tan borracho que andabas de milagro no terminaste con un coma etílico en el hospital. No entiendo nada. Sé que bebí, pero no al punto de la inconsciencia. Además de que la bebida no suele afectarme de esa forma tan profunda. —¿Recuerdas a la mujer que metiste obligada a esta habitación? «¿Qué carajos está diciendo?». —¿Cómo? —Yo mismo me escucho y me erizo. Es demasiado temprano para que me anden jodiendo. —Lo que oyes —sus ojos refulgen con molestia—, metiste aquí a una mujer que ni siquiera estaba contigo. Lo último que falta es que la hayas violado. La furia corre por mis venas al escucharla. Me levanto de un salto y sin importarme que estoy desnudo. —¿Qué cojones estás hablando, mamá? Ella me mira mostrándome los dientes. Me señala con un dedo y su uña de color rojo. —No me obligues a golpearte para que reacciones. ¿No recuerdas? Pues ya me ocupo yo de darte las piezas del rompecabezas. Y no me culpes, Ethan, por exigirte una compensación a la altura. Busco mis calzoncillos y los encuentro en un rincón de la habitación. Me los pongo con la furia ardiendo dentro de mí. ¿Cómo es posible que yo no recuerde nada? ¿Qué mierda fue lo que pasó anoche? Escucho a medias que supuestamente metí a una mujer aquí, me la follé sin preguntar si estaba de acuerdo y que la chica salió llorando y con cara de horror. Soporto a duras penas a Marlom diciéndome que él la interceptó y resolvió el problema, con un buen cheque con muchos ceros, para que eso no llegue a los medios. Estoy a punto de explotar y me siento como la mierda, decepcionado de mí mismo y con un sentimiento de culpa que no sé si debería ser real. —Te voy a buscar una mujer, Ethan. Y te vas a casar. Se acabaron estos desmadres, no puedo estar siempre detrás de ti cubriendo tus mierdas. Mi madre sale de la habitación en plan dramático y no hago nada por detenerla. No niego su ultimátum, no puedo hacerlo. En alguna parte de mi cabeza todavía flotan los motivos por los que hasta ahora me había negado, pero esto es tocar fondo. No recuerdo nada de nada y eso no puede ser bueno. Le doy un vistazo a las sábanas manchadas y me doy asco. ¿De verdad fui capaz de hacer algo como eso que insinúa mi madre? —Ethan, es lo mejor. La voz de Marlom me sobresalta. No levanto la cabeza, no lo miro. Asiento. —Dile a mi madre que no voy a poner ningún pero. La próxima mujer que me presente será mi esposa. Termino de vestirme para salir de una vez de aquí. Antes de irme, le pido a Marlom que se deshaga de esas sábanas que me dan grima. ¨¨¨¨¨ Solo un día pasa cuando recibo una llamada de mi madre. En la noche tengo una cita con una mujer de sociedad, hija de unos socios que hace poco fusionaron sus empresas con las nuestras. Respiro profundo para calmarme, porque hice una promesa, a mi madre y a mí mismo, de que esa mujer sería mi esposa. Sin importarme nada más, sin preguntar siquiera su nombre, ya lo tengo decidido. Llego al club antes de tiempo. El complejo, además del restaurante donde será la cita, tiene un bar y otros salones específicos para otras actividades. Antes de encontrarme con la mujer que será mi nueva esposa, necesito un trago. Todavía no dejo de pensar en la forma en que perdí todos los sentidos, cuando estoy acostumbrado a beber tanto, pero no es momento de ponerse a pensar en eso. Sentado en la barra del bar, bebiendo de mi whisky añejo, miro a través de las ventanas de cristal y espero. Cada mujer que llega me hace preguntar si será la elegida. Todas refinadas, hermosas, elegantes. El tipo de mujer perfecta para el mundo en que me muevo. Pero todas me aburren, no hay ninguna que me haga pensar en algo más que no sea llevarla del brazo y exhibirla. Y aunque hace años que sé que esa mujer que busco no se presentará hasta el momento oportuno, al menos me entretengo creyendo que existirá otra que podrá acercársele. Al recordar a quien no debo, no puedo evitar buscar mi celular y revisar las últimas noticias. El artículo que habla sobre ella me enorgullece, pero por fuera sigo siendo el mismo témpano de hielo que todos ven en mí. No me inmuto por sus logros, aunque sé que son la única vía para que regrese a mí. Pocos minutos después, bloqueo otra vez la pantalla del celular, cierro los ojos y suspiro. Miro mi reloj y ya quedan poco menos de dos minutos para la cita. Me tomo de un trago lo que me queda de whisky y me incorporo para ir rumbo al restaurante. Al salir del bar me encuentro con una mujer. En comparación conmigo, es bajita y sus curvas incitan al pecado, su cabello es del color del chocolate y los ojos, cuando los cruza conmigo, se ven de un azul grisáceo que me deja hipnotizado. Ella, en comparación, se queda pálida al verme y puedo ver el movimiento en su garganta cuando traga en seco. «¿Me reconoce? ¿Será ella mi cita?». Se acerca a mí y cuando está a menos de dos pasos, me habla directamente. —¿De casualidad eres Ethan O’ Brien? Una lenta sonrisa se dibuja en mis labios. Escaneo su cuerpo y por primera vez, estoy de acuerdo con las decisiones de mi madre. —¿Sofia Burgess? —Ella asiente. Se recompone de su anterior sorpresa al verme y con una actitud admirable, levanta su barbilla y me enfrenta. —¿Puedo ser directa? —pregunta y yo asiento. Me asombra su petición—. Podemos ahorrarnos tiempo y palabras innecesarias. Estás aquí por lo mismo que yo, ¿no? —Para saber si cumples con mis exigencias antes de pedir tu mano en matrimonio. Ella enarca una ceja, un poco indignada. Estoy sonriendo por dentro, pero contengo mis emociones en el exterior. —Eso mismo. Entonces, ¿soy suficiente para ti o tengo que seguir con el próximo pretendiente? Su nivel de desapego con este posible matrimonio concertado me fastidia un poco. Su carácter es evidentemente lo que no busco en una esposa, prefiero una mujer más dócil y a esta se le notan las malas pulgas. Sin embargo, hice una promesa. Me hago el que valora su actitud y su pregunta. Ella se cruza de brazos y me mira con impaciencia. —¿Estás bien con esto? —Señalo con un dedo entre ella y yo. —¿Te refieres a si estaría bien con un matrimonio contigo? —asiento y ella suspira—. Si no eres tú, será otro. Pero al final de la noche debo llegar ante mi tía y decirle que tengo un prometido. Tú eres guapo, los demás, no tengo idea. —¿No es eso muy superficial de tu parte? —¿Más que la parte en que no puedo elegir por mí misma fuera de una lista específica? Si tengo una oportunidad de hacerlo, al menos, pues sí voy a tomar mi decisión como me dé la gana. Entiendo su postura, no la juzgo. Como yo, ella está aquí por una razón. No soy quién para creer que es superficial por aprovechar la única oportunidad que tiene de decidir ella, así sea de una forma tan simple. —Tienes un punto. Ella inclina su cabeza hacia un lado y me sonríe. Es una sonrisa falsa, pero es algo. La miro fijamente por unos minutos, sin decir una palabra. Ella acepta mi escrutinio sin rechistar. Al final, suspiro y dejo de darle vueltas a todo. —Contigo será suficiente —murmuro, con simpleza. Ella me mira irónica. —Qué honor me concede, señor O’ Brien. Estrecho los ojos y la señalo, aunque por dentro me divierte su postura. —Si te conviertes en mi esposa, debes saber que odio el sarcasmo. Ella me guiña un ojo y da dos pasos atrás. —Pues que mal por ti, querido prometido. —Me lanza un beso con un gesto de su mano—. Mañana te espero en mi casa para hacerlo formal. Y se va, dejándome ahí parado como un idiota, mirando su espalda y pensando que esta nueva etapa puede ser divertida. Por lo menos no voy a aburrirme el tiempo que dure esta farsa de matrimonio.
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