Narra Sofía Burgess.
Salgo del club con las manos temblando y el corazón en la garganta.
«Es él, ¡por Dios!». El hombre al que le entregué mi virginidad será mi futuro esposo. ¿No es esa una loca y extraña coincidencia?
No sé cómo tuve el valor de enfrentarlo y decirle semejante cosa. No es que sea mentira, tenía cerca de cinco pretendientes que debía conocer y por lo menos con él tengo una especie de…momento anticipado. Digamos que en la noche de bodas se dará cuenta que no tiene una esposa virgen como le habían prometido y entonces tendré que decirle que soy yo la mujer que estuvo en su cama hace poco.
Si es que se acuerda que una mujer pasó por ella.
No me reconoció. Y no dudo que ni siquiera se acuerde, porque sus ojos estaban perdidos, nebulosos, como si hubiera estado drogado. Eso quizás deba ser algo que me aleje de él, no quiero una vida con un marido que se droga y al otro día no se acuerda de lo que hizo, pero algo me hizo actuar así. Y pocas veces me retracto de mis decisiones.
La única de la que hasta ahora me arrepiento es de haber caído en las redes de Marcus. ¡Joder!, duele como la mierda recordar lo que me hizo. Nunca tuve nada en mi vida, puede que ese sea el motivo por el que casarme a la fuerza no me parezca tan horripilante, nadie nunca me ha demostrado lo que significa amar y ser amado, comienzo a pensar que ese sentimiento no está hecho para mí. Y después de la mala experiencia con Marcus, no espero nada más.
Él era lo único que me mantenía cuerda, esperanzada de que una vida mejor estaba por llegar. Pero es evidente que solo vi fantasmas. Quien te ama de verdad no te engaña, no te miente a la cara y luego pasa página con tu misma hermana aun sabiendo todo el daño que eso hace.
El chofer de mi tía espera en el lugar acordado y cuando me ve, enarca una ceja.
Duda en abrirme la puerta trasera, sé que él tiene órdenes de mantenerme en el lugar y asegurarse que me encuentro con mis pretendientes. Llego a su lado y ruedo los ojos.
—Ya tengo un prometido, lo juro —digo, irritada y cruzada de brazos—. No fue necesario ver a los demás, con el primero me bastó.
Me mira con los ojos entrecerrados y luego de unos segundos, asiente. Abre la puerta y yo subo al auto antes de que se arrepienta.
Me acomodo en los asientos de cuero y mientras avanzamos por la ciudad, miro por la ventanilla, pensativa.
Fue toda una sorpresa que mi tía me diera al menos la opción de elegir entre una lista de hombres. Sigue siendo una mierda, pero me dio algo de margen que no esperaba tener. Y este hombre, Ethan, puede que no resulte tan malo después de todo.
Él debe tener mis datos, por lo que sabrá llegar a mi casa mañana. Espero que así sea y yo no me busque un problema por su culpa. Sé que debí pasar un poco más de tiempo, asegurarme que todo estaría bien o solamente asistir a mi cita con los demás por puro compromiso. Pero estaba ansiosa por salir de allí. Su escrutinio, sus ojos fijos en los míos me pusieron nerviosa y no pensé que aguantaría el tipo mucho más.
Si él no me recuerda no seré yo quien le dé detalles.
Al llegar a la casa me cuesta bajarme del auto. No quiero entrar a mi infierno personal, pero no tengo donde ir y si todo sale bien mañana, pronto podré salir de aquí de la mano de mi esposo.
«Esposo». Esa palabra que ahora cobra un significado diferente.
Yo añoraba un futuro con Marcus. Me enorgullecía algún día portar su apellido.
Me bajo del auto antes de que pensamientos se vuelvan más deprimentes, entro a la casa y me sorprende ver todo en un solitaria oscuridad. Solo las luces de los salones contiguos iluminan parcialmente el principal. Casi que espero a mi tía o a mi madre acechando tras la puerta dispuestas a interrogarme para asegurarse que hago lo que ellas quieren.
Es un alivio que sea la oscuridad la que me reciba.
Antes de subir paso por la cocina. No comí nada en mis “citas” y tampoco tomé nada antes de salir más temprano. No pensé que todo resultaría tan fácil y quise asegurarme de no terminar devolviendo la comida con el primer pretendiente.
En la nevera tomo una jarra de jugo de manzana y lo sirvo en uno de los vasos que saco de la repisa. Eso debe bastar para pasar la noche.
Y casi se me cae el dichoso vaso cuando escucho la voz de Marcus detrás de mí.
—¿Te fue bien con tus pretendientes? —Su voz se escucha tensa, su mandíbula me demuestra que lo está.
Frunzo el ceño cuando lo miro a los ojos, buscando en ellos la broma, la jodida parte en la que a él esto debe afectarle.
No la encuentro.
Alzo una ceja, no digo una palabra.
—¿Cómo puedes aceptar casarte?
Su pregunta me duele. Es como esa herida que no quiere cicatrizar bajo ninguna circunstancia. Verlo así, frente a mí, todavía vistiendo ese traje ahora desordenado, señal de que alguien estuvo restregándose contra él, me hace querer vomitar el jugo que ni siquiera acabé.
Ironías que no me sentí así con un desconocido y ahora mi ex, el hombre que a mi pesar todavía amo, me lo provoca con creces.
Pero es más fuerte el fuego de la decepción y la impotencia dentro de mí. Cierro mis manos en puños y lo miro con toda la rabia que no puedo ni quiero ocultar.
—¿Estás idiota o qué? ¿Con qué moral vienes a preguntarme esto?
Mi repentina actitud lo toma desprevenido. Se ve en sus ojos muy abiertos, señal de sorpresa.
Da un paso adelante, tratando de llegar a mí.
—Sofi…
—¡Sofi, nada, Marcus! —gruño, interrumpiéndolo—. ¿De verdad crees que tienes el derecho a hacerlo? Qué tonta fui todo este tiempo.
Me sale una risa amarga que oculta las ganas de llorar que tengo. No sé si por furia o por dolor, pero de todas maneras no quiero dejarlas salir.
—Las cosas no son como crees, déjame…
—¿Desde cuándo me ves la cara de estúpida? —pregunto, con inquina—. Tienes que tenerlo bien metido en tu cabeza si crees que vas a seguir obteniendo de mí lo que antes.
—Por favor, no…
—Cállate, no quiero escucharte. Todo fue una farsa y no hay nada que digas que cambie ese hecho. Una mentira bien hilada, ¿no?
Niega con la cabeza y yo pienso en la noticia que me dieron de que ya estaban prometidos, él y mi hermana. Mi maldita hermana. Miro mi mano, allí donde debió estar un anillo símbolo de nuestro compromiso.
«Fui solo una idiota ciega».
—Pero nunca fue el plan concretarlo, ¿verdad? A fin de cuentas, a mí nunca me diste un anillo y te faltó tiempo para ponérselo en el dedo a mi hermana.
Abre mucho los ojos y en su desesperación, que me parece fingida, se acerca y toma mis manos entre las suyas. Trato de apartarme, pero me sostiene fuerte.
—Yo te amo, Sofi. Esto es…fue, un desliz que me salió demasiado costoso.
Busco sus ojos, esos que hace unos días atrás me hacían suspirar y ahora me provocan repulsión. Veo en ellos que trata de convencerme de que se arrepiente de todo. Pero solo una estúpida pudiera creer en su arrepentimiento después de verlo empujando su maldita v***a dentro de mi hermana.
«Repulsivo».
Un desliz, dice. Ni que yo fuera idiota.
—Pues si así me amas, prefiero no recibir nada de ti. —Me suelto con un tirón—. Y ahora déjame en paz, si nos ven juntos seré yo la puta que te busca por las noches. Ya tuve suficiente drama estos días como para rellenar mi cuota anual.
Le doy la espalda y agradezco que no me siga.
—Ni un maldito jugo puedo beber en paz —hablo entre dientes, mientras me alejo.
Y a mis espaldas vuelvo a escuchar su voz.
—No me voy a rendir.
Me suena más a amenaza que a promesa. Dado que como promesa no la deseo ni ahora ni nunca.
Me volteo solo un poco, lo miro por encima de mi hombro.
—Esta carrera ya acabó, Marcus —declaro, con voz dura y resignada—. Y yo ni siquiera sabía que tenía que competir.
No replica y suspiro con alivio por eso. Sigo de largo hasta mi habitación y me encierro allí esperando que mañana todo salga bien o tendré problemas con mi tía.
Puede que me duela todo esto, pero ahora mismo necesito avanzar un paso a la vez. Y el primero de todos es conseguir ese marido y largarme de aquí de una vez por todas.
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Narra Ethan O’ Brien.
Según mi madre, Sofia Burgess pertenece a una muy buena familia que pronto se asociará con las empresas que algún día espero heredar. Ella estaba el tanto de que la noche anterior sería como una maldita subasta donde sería la tal Sofía la que se encargaría de elegir a su prometido. Siempre y cuando el pretendiente estuviera de acuerdo.
Cosa a la que no le vi ningún problema, porque la mujer es demasiado sexy y tiene un carisma increíble, aunque vaya en contra de lo que yo quiero como esposa. Pero me hizo sonreír y le doy puntos por eso, pocas personas lo logran hoy en día, mucho menos si se trata de mujeres.
Además de que su discurso de independencia dentro de la propia sumisión ante los deseos de su familia, me resultó conmovedora.
Ahora me encuentro fuera de su casa. La inmensa mansión propiedad de la familia Burgess, imponente y significativa, sinónimo de opulencia y riqueza. No es de extrañar que quieran casar a una de sus herederas con alguien que sirva a sus fines económicos en el futuro, además de su estatus social. Lo poco que pude ver de esa mujer es que tiene un fuego interior que de salirse de los límites, puede ser mal visto para su familia.
Llamo a la puerta y pocos segundos después, esta se abre. Esperaba ver un mayordomo o algo por el estilo, pero me sorprende que es la misma Sofía la que lo hace. Y sus ojos, más su sonrisa, ocupan toda mi mente. Sobre todo porque parece aliviada.
Y aunque quiero fruncir las cejas y decirle que no la iba a dejar plantada, no lo hago. Me limito a mirarla a los ojos y a tratar de mantener mi gesto estoico.
—Hola, prometido —saluda. Y todas mis intenciones de mantenerme serio se van al carajo.
Su carisma es algo tan fresco y nuevo en mi vida, que sin poder evitarlo y sin pensarlo dos veces, me veo sonriendo de medio lado y asintiendo en su dirección con aceptación.
—Buenos días, futura esposa.
No debería actuar así, porque no quiero darle falsas esperanzas de lo que este matrimonio será. Pero es inevitable sentirme a gusto cuando su reacción me golpea con tanta fuerza. Sus ojos brillan y su sonrisa, ya antes hermosa, se amplía a un nivel mucho más elevado.
No sé cómo es, ni qué tanto ella espera de todo esto, pero por ahora puedo fingir que resultará en algo bueno. Por lo menos hasta que el divorcio pueda ser una opción.
—¿Me permites pasar? —pregunto con voz susurrante y ella asiente muchas veces con la cabeza.
Y con un movimiento que no veo venir, me toma de la mano y de un tirón me hace entrar a la casa.
Su pequeña mano en la mía se siente extraña. Me recorre un estremecimiento que oculto detrás de mi cara sonriente, aunque la sonrisa se tambalea con esa reacción.
—Vamos con mi familia. Quiero salir de esto ya.
No veo su cara cuando lo dice, pero siento su irritación. Y contradice tanto su actitud anterior, que me apunto para luego preguntarle si en realidad esto es lo que quiere. Aunque ya sé la respuesta.
—Atiendan todos… —Su voz me saca de mis pensamientos y me doy cuenta que no atendí siquiera hacia dónde nos dirigíamos. Pero levanto la mirada y me encuentro con cuatro pares de ojos mirándonos.
—Él es Ethan O’Brien, mi prometido.
Escucho su voz, su afirmación, pero yo no respondo nada, no saludo. El ambiente se llena de incomodidad y es solo ver los rostros de dos de las mujeres que nos rodean, más los dedos de mi nueva novia apretando los míos, para confirmar que Sofia no es feliz aquí.
Pero hay algo que me sorprende mucho más.
—Primo, no sabía que formabas parte de este circo.
Muevo mi mirada por el salón hasta encontrarme con Marcus, que va entrando por una de las puertas. Me sorprende verlo aquí y también, su ataque gratuito; pero más, el jadeo que sale de Sofía y la tensión instantánea de su cuerpo.