La oficina de Alexander era hermosa, el gusto exquisito de este por el diseño y el arte eran reconocibles en cualquier lugar donde Alexander acostumbrara a pasar su tiempo, el escritorio de roble rojo era tan solo parte de la hermosa decoración de aquel lugar, detrás de este había un cuadro hermoso que un artista famoso le había hecho a Alexander por encargo, valuado en varios millones de dólares dónde estaba pintado el lugar que más había había sido entrañable en la juventud de Alexander, un hermoso lago lleno de vegetación, árboles frondosos, y destellos de colores cálidos sobre el agua derivados de la luz del atardecer, era la imagen plasmada que para Alexander era única. Este incluso llevó al pintor a aquel lugar.
Sobre una barra debajo del cuadro Alexander tenía varias botellas de whisky y de coñac, copas y vasos de cristal cortado que utilizaba de vez en cuando para cuando algún cliente era atendido por el mismo, o simplemente quería relajarse un poco.
Un sofá de color n***o era lo único que se encontraba al otro extremo del escritorio, este sobre una alfombra persa y dos mesas redondas una de cada lado, al fondo a un costado de la puerta de madera que daba la entrada ala oficina había un par de maniquíes que utilizaba para ver los diseños cuando no tenía tiempo de ir al taller de diseño.
Y al fondo una puerta que daba acceso a un pequeño armario y al aseo.
Alexander era un hombre de mundo había recorrido varios países al lado de su padre y su madre, era un hombre de buena familia que siempre había gozado de todo lo que había querido en su vida, pero algo que él no había conseguido aún era amar de verdad a una mujer, solía salir con ellas, disfrutar de noches de sexo candente, pero al final solo conseguía eso una noche, Adriana de alguna forma se habia colado en su estilo de vida siendo la unica mujer con la que llevaba saliendo por casi por un año y aunque no se frecuentaban, tanto como Adriana desearía, ella aceptaba las reglas.
Una vez a la semana, dos si había eventos importantes y nunca comidas o cenas con familia, nunca palabras de amor, y sobretodo, nunca mencionar la frase “hacer el amor”.
Alexander estaba lleno de trabajo el día se estaba complicando debido a la elección de correr a Elena, había olvidado que por la noche tenía un evento importante donde solo su asistente podría ayudarle, tenía que ir al cóctel de una inauguración de una galería y la asistente siempre acostumbraba a llevar la agenda acordar nuevos convenios, entre otras actividades, algo que parecía está vez tendría que hacer Alexander por su cuenta.
—Mierda no voy a terminar a tiempo —dijo para sí mismo, mientras sorbía su whisky sentado sobre la silla de piel.
Alexander tomó el teléfono y le pidió a Carmen que fuera enseguida a su oficina.
—Hola, Alexander, ¿qué ocurre? —dijo Carmen al abrir la puerta.
—Quiero a este muchacho, a… por cierto no se su nombre pero lo quiero aquí ahora —replicó Alexander sin esperar a que Carmen dijera cualquier otra palabra.
—Pero —musitó Carmen con el entrecejo en un surco, pues no entendía lo que pasaba.
—Sabes, me molesta tener que repetir las cosas… mejor dame su número yo mismo lo llamaré —mencionó Alexander, abriendo los ojos, Carmen bajó la mirada y le prometió darle el número enseguida.
Pasaron algunos minutos hasta que Carmen volvió con una nota en la mano, dónde tenía escrito el nombre de “Damián Grey” y su número telefónico. Alexander sonrió al ver el nombre de Damián escrito en la pequeña nota.
En ese momento recordó que en el pasado había conocido a un joven, en realidad a un niño con el mismo nombre, y sintió algo que no supo explicar al darse cuenta que había contratado a alguien que portaba aquel nombre.
—Gracias Carmen, yo me comunico con él —dijo Alexander y está no dijo una sola palabra más, salió de la oficina de Alexander cerrando la puerta detrás de ella.
Alexander miró la nota por algunos segundos y después de eso, marcó el número, esperó que pasaran un par de tonos y al fin alguien respondió del otro lado de la línea.
—Hola, ¿Quien es? —dijo la voz a través de la línea.
—Quiero hablar con Damián Grey —solicitó Alexander, con cierta arrogancia.
—Si, soy yo —dijo Damián, su voz era mucho menos grave que la de Alexander pero aún así era la voz de un hombre varonil, con cierto toque “carrasposo”.
—Soy Alexander Coleman, ¿te acuerdas de mi? —preguntó Alexander mirando hacia el ventanal.
—Si por supuesto, dígame en qué lo puedo ayudar —dijo Damián con entereza a través de la línea.
—Tengo un evento, mejor dicho tenemos un evento, y te necesito aquí para que me asistas, ¿puedes llegar en una hora? —cuestionó Alexander después de prácticamente haberle ordenado, a Damián, sobre sus actividades sin siquiera haber cuestionado si este tenía algo importante que hacer.
—Ehhh de acuerdo señor Coleman, en una hora estoy en la oficina —dijo Damián en seguida.
—Muy bien, viste formal, y aquí te espero, y si tienes que pedir permiso a tus padres, hazlo por qué podrías demorar en volver —sentenció Alexander sin dejar que Damián pudiera decir nada más.
Después de eso colgó el teléfono y continuó revisando los documentos que lo tenían con la cabeza dando vueltas.
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Damián estaba en la sala de estar su departamento, no tenía idea de que pensar al recibir aquella llamada, estaba emocionado y al mismo tiempo se sentía sofocado, de un momento a otro no sólo tenía un trabajo, sino ahora era el asistente de Alexander Coleman uno de los CEO’s más reconocidos en la industria de la moda. Y tenía menos de una hora para llegar a la oficina bien vestido y con toda la disposición para comenzar a trabajar.
Se levantó de prisa y fue hasta el armario de su habitación. Selecciono un pantalón color azul rey, una camisa blanca, unos zapatos de color marrón, un saco del mismo color que el pantalón, entró de prisa a la ducha,y después de un rato Damián estaba listo para salir de aquel lugar rumbo a su primer trabajo formal.
Caminó por la sala de estar buscó su billetera, sus llaves, y se miró por última vez en el espejo que estaba sobre el armario, a un costado de la entrada, cuando escuchó que al otro lado alguien intentaba abrir la puerta, Damián se quedó de pie frente a la puerta y una sonrisa dibujó su rostro.
—Damian, ya estás aquí… no te preocupes, mañana será un mejor día —dijo Ernesto, de forma casi automática, pues Damián llevaba mucho tiempo buscando oportunidades de trabajo y Ernesto solo le decía palabras de aliento cuando veía que Damián no tenía suerte.
—No. Ya no será mañana, ya conseguí empleo —dijo Damián con una sonrisa.
—De verdad, ¿dónde?, ¿al fin vas a modelar? —preguntó Ernesto, mientras se quitaba la capucha de la cabeza, tratando de sacudir el agua de lluvia que le había caído encima.
—No. Por el momento seré asistente de uno de los hombres más importantes de la moda, pero después te platico que ahora debo irme.
Damián se acercó a la puerta, Ernesto ladeó su cuerpo y Damián salió y justo cuando estaba por cerrar la puerta se regresó sonrió y con cierta pena, como si le pidiera perdón a Ernesto. Se acercó a este y le dijo algunas palabras —, los siento, es que estoy muy emocionado —dijo Damián, acercándose aún más a Ernesto dándole un beso en los labios como despedida, Ernesto sonrió y con la palma de su mano trato de despeinar el cabello de Damian.
—Cuidate y no llegues tarde te prepararé tu comida favorita —dijo Ernesto, poco antes de que Damián cerrara la puerta por completo.