Capítulo Uno
—El Diablo está a punto de convertir el trabajo de toda mi vida en porno. —Le dirijo a mi gemela una mirada de súplica—. Tienes que enseñarme a forzar cerraduras.
Gia me mira y parpadea sorprendida.
—Por las pelotas de Houdini, ¿de qué narices hablas?
—Forzar cerraduras. Enseñarme.
Ella sacude la cabeza, como si intentara aclararse las ideas, y luego abre un poco más la puerta.
—Pasa y cuéntamelo todo.
—Vale. —Por respeto a la germofobia de mi hermana, me salto los abrazos y los besos y entro con cautela en la casa de piedra rojiza que ella comparte con algo así como un millón de compañeros. Ella me conduce a su habitación, y mientras vamos hasta allí, yo lucho contra la tentación de ocuparme del caos que me rodea por todas partes.
—Siéntate. —Señala una silla en la esquina, junto a un maniquí.
¿Es que está chalada? Esa silla es de las de cuatro patas: de la peor clase. Prefiero las sillas de oficina, porque suelen tener cinco patas, o los taburetes de bar, porque suelen tener una o tres. ¿Qué le parecería a ella si yo le pidiese que lamiera una de las barras del metro?
Una sonrisa traviesa se dibuja en sus labios pintados de oscuro.
—Perdona. No tiene un número primo de patas. ¿En que estaría pensando? Tu cerebro podría haber estallado.
Mientras oculto una mueca de exasperación, paso junto a la baraja de cartas y el resto de parafernalia de prestidigitador que hay esparcida por todas las superficies y no me detengo hasta que llego a un puf, que no tiene patas.
—¿Te importa?
Gia se encoge de hombros, saca una baraja de cartas de su bolsillo y me la da con la punta de los dedos.
—¿Te sentirías más a gusto si te diera este mazo para que lo organizaras?
Dejándome caer en el puf, miro la baraja con ojos entornados.
—¿Cincuenta y dos?
Suspirando, ella tira uno de los naipes en un escritorio cercano... como si no estuviese ya lo bastante revuelto.
—Ahora, cincuenta y uno.
—El cincuenta y uno no es un número primo.
Ella mira detenidamente la baraja.
—¿Ah, no?
—Tres por diecisiete son cincuenta y uno. ¿Cómo pudiste pasar de cuarto de primaria?
—Probablemente nos intercambiásemos para que tú clavases mi examen de mates. —Deja cuatro cartas más sobre la mesa—. ¿Cuarenta y siete suena mejor?
—Gracias. —Cojo los naipes con cuidado... ¡que Dios no permita que mis microbios rocen a su higiénica majestad!—. ¿Qué querrías que te explicara antes de enseñarme?
—Empieza por lo del trabajo de toda tu vida. —Ella se sienta en la abominación con número de patas inadecuado—. No sabía que tuvieses ninguno. ¿Es la cosa esa de la mascota virtual que siempre me estás enseñando?
—Más o menos. —Comienzo a ordenar las cartas, obviamente de la forma más lógica: las que son números primos delante, y las otras detrás—. No he tenido ocasión de contártelo hasta ahora, pero he estado trabajando con el área pediátrica del Hospital Langone de la NYU. Si llega a sus oídos que tengo algo que ver con la pornografía...
—Rebobina. ¿Cómo que has estado trabajando con ellos?
—He estado haciendo pruebas preliminares para usar mi proyecto de la mascota de realidad virtual como terapia para niños que han de estar ingresados durante un largo período de tiempo. —Levanto la vista de mi tarea clasificadora y me encuentro con una cara idéntica a la que veo en el espejo todos los días: ovalada, de pómulos marcados, con una nariz con personalidad y unos ojos grandes y azules. Por supuesto, a diferencia de mi artística hermana, yo llevo el pelo en su tono rubio rojizo natural, mientras que ella ha teñido el suyo un tono un punto más oscuro que el de un agujero n***o. Yo tampoco uso tanto maquillaje como ella. Sus ojos llevan unas sombras tan oscuras que harían enamorarse perdidamente a cualquier mapache, y su base de maquillaje es tan pálida que valdría para que la usara una geisha-vampiro—. La idea es reducir el nivel de dolor y ansiedad de los niños —prosigo, mientras ella asiente con gesto de aprobación.
—No está nada mal para ser el trabajo de toda tu vida. Pero, ¿dónde encaja el porno del diablo en todo eso?
Yo dirijo una mirada hacia el desorden que me rodea.
—¿Te importa?
Gia suelta un suspiro.
—Si eso hace que me lo cuentes antes, adelante.
Levantarme y ponerme a ordenar me calma lo suficiente como para que pueda articular mis pensamientos.
—Tampoco te lo había contado, pero mi empresa se metió en problemas financieros hace algún tiempo, y el Grupo Morfeo nos ha comprado.
Ella arruga la nariz.
—Jamás he oído hablar de ellos.
Cojo un sombrero de copa de esos de los que podría saltar el conejo de un mago… aunque no es que Gia se fuese a arriesgar a tocar algo capaz de comerse sus propias heces.
—Yo tampoco, hasta que nos adquirieron. Creo que se formó justo antes de que se hicieran con nosotros. —Pongo el sombrero al lado de una diadema de Gia, designando mentalmente el lugar como accesorios para la cabeza—. Al principio, nos pidieron las especificaciones de nuestros visores y guantes de realidad virtual y desaparecieron, dejándonos a lo nuestro, como si nada hubiese cambiado. Pero acabamos de enterarnos de que planean integrar los visores y los guantes en un traje especial que han creado, uno destinado a hacer que todo el cuerpo sienta cosas dentro de la realidad virtual.
Ella parece intrigada.
—Que sienta cosas… O sea: ¿cosas sexuales?
—Eso es lo que dicen los rumores de la oficina. —Cojo algo que parece un pulgar falso y lo coloco en un estante junto a sus guantes, designando el lugar como perteneciente a apéndices.
—Mmm. —Se rasca la barbilla—. Sexo por realidad virtual. Cero gérmenes. Cero contacto físico. Cero complicaciones. ¿Cómo puedo conseguir uno de esos trajes?
—Deberías ligarte a un hombre de carne y hueso —digo, y me arrepiento al instante... lo último que quiero es sonar como mamá.
Gia arquea sus cejas oscuras e imita el acento británico del que yo tuve que deshacerme después de estudiar en el extranjero.
—Como dirían en tu amada Inglaterra, eso es como si la sartén llamase n***o al cazo.
Tiene razón. No soy ninguna experta en la que se refiere a los hombres ni al sexo... mi única relación real fue con un tío que al final resultó ser gay.
Me ha debido de cambiar la cara porque ella añade:
—Lo siento, Holly. No tenía la intención de sacarte eso. Lo próximo será que me ponga en modo Octomamá total y te diga cuánto deberías estar deseando tener «una comunión sexual».
Yo me estremezco. Odio el apodo que ella usa para nuestra madre. Sin tener en cuenta lo de respetar a nuestros mayores, sencillamente no es exacto. Mamá nos tuvo a nosotras dos, y luego a nuestras hermanas, las sextillizas. Un alias adecuado sería o bien Bimamá ¿O sería mejor Duomamá? O puede que Hexamamá... aunque, lo sé, ninguno de esos suena genial tampoco. Por supuesto, si he de ser honesta, la razón principal por la que no me gusta el prefijo octo es que me recuerda a que somos ocho hermanas en lugar de ser algún otro número más normal, como siete, cinco u once.
—«Lo que necesitas es un poquito de amor a la vieja usanza» —está diciendo Gia con su mejor imitación de la voz de contralto de mamá cuando vuelvo a la tierra y a escucharla.
Sonriente, hago mi propia versión de nuestra bochornosa unidad parental.
—Los orgasmos reducen el estrés, curan el insomnio, alivian el dolor, te hacen vivir más tiempo, estimulan tu cerebro, te mantienen más joven... Ah, y pueden lograr la paz mundial.
¿Se habrá dado cuenta de que he puesto siete cosas en esta lista?
Gia se estremece.
—No olvides lo útiles que son los orgasmos cuando uno está intentando dejar preñada a una cerda.
Aj, sí. Aunque yo no soy tan aprensiva como Gia, también me estoy traumatizada por las anécdotas cargadas de falsa modestia de mamá sobre sus habilidades de cría de ganado. Una vez, ella nos dijo que había conseguido que Petunia, una cerdita que era como una mascota para nosotras cuando éramos pequeñas, llegase al orgasmo durante una sesión de inseminación artificial. En serio. No, no es la imagen que quieres te venga a la mente cada vez que ves una loncha de beicon.
Al darme cuenta de que nos hemos salido del tema, clavo a mi hermana una mirada intensa.
—Entonces, ¿puedes enseñarme lo que necesito saber o no?
Ella tamborilea en su muslo con sus uñas pintadas de n***o.
—Todavía no me has explicado todo ese asunto del diablo.
Ah. Eso. Cojo un libro sobre hacer trampas jugando a las cartas y lo meto en un hueco de su estantería al azar... si tratase de ordenar su biblioteca por año de publicación, ella volvería a enfadarse y se negaría a ayudarme.
—De acuerdo con más rumores de los que rondan la oficina —le explico—, los nuevos dueños son hermano y hermana. Al parecer, su apellido es Chortsky.
—¿Al parecer? ¿No se han presentado ellos mismos?
Cojo un reluciente vaso para trucos de magia y lo pongo junto a una taza de café vacía que hay sobre la mesa.
—Pues no. Yo he estado trabajando por correo electrónico con un tipo llamado Robert Jellyheim. De todos modos, cuando busqué en internet a personas apellidadas Chortsky, encontré a un Vlad Chortsky, que posee una compañía de software y a un Alex Chortsky que es dueño de un estudio de videojuegos. No hay mención alguna de una hermana, ni fotos de ninguno de los dos, ni presencia en r************* . La única información útil que averigüé es que la palabra chort, de la que proviene su apellido, significa el diablo o el demonio en ruso.
—Vale —dice Gia—. Así que «el Diablo» es sólo tu apodo para quien resulte ser el esquivo dueño del Grupo Morpheus. ¿Y cómo vamos de aquí a eso de forzar cerraduras? ¿Quieres hacer un intento de abrir tu cinturón de castidad?
Mis latidos se aceleran al pensar en lo de la cerradura, y me pongo a ordenar más deprisa para calmarme.
—Hay un despacho en mi planta de la oficina donde ayer se entregaron los trajes de realidad virtual integrados. —Cojo tres aros metálicos y los pongo en la mesa de café al lado de su llavero—. Está cerrado con llave. Quiero entrar en esa oficina y ver si los rumores son ciertos.
Ella frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Para poder hacer algo al respecto... si tengo que hacerlo.
Ella frunce más el ceño.
—¿Hacer qué?
Yo me saco un pen drive del bolsillo.
—La rumorología oficial afirma que los nuevos propietarios se reunirán en unos días con una importante firma de capital-riesgo para enseñarles el trabajo que llevan hecho. Deben de necesitar una nueva inyección de capital. Tengo la esperanza de que si un virus informático arruinase esa demostración, el proyecto del porno se estancaría y yo podría cerrar mi acuerdo con el hospital antes de que el Diablo encontrase otra fuente de financiación.
—Entonces, ¿vas a cometer allanamiento para poder perpetrar un sabotaje industrial?
Yo aprieto la memoria USB que tengo en la mano.
—No exactamente. Yo trabajo allí.
—Pero estás planeando liberar un virus. ¿No es eso un delito?
Me guardo el USB en el bolsillo.
—He pedido prestadas a papá algunas de sus herramientas. Si me pillan, puedo alegar que estaba comprobando nuestra seguridad.
Nuestro padre es un «Testador de penetración»... que no es para nada lo que parece. Hace ciberataques simulados contra empresas que quieren identificar los puntos fuertes y débiles de sus sistemas informáticos.
Gia me estudia con gesto de preocupación.
—Eres una mentirosa pésima.
—Mi plan es desactivar las cámaras de la oficina. Nadie podrá saber lo que ha pasado.
Ella se pone de pie de un salto.
—No sé. Puede que no deba ayudarte con esta locura.
—Si no me ayudas, entraré usando una palanca.
Ella me mira de arriba abajo.
—Eso es un farol. Tú odias la violencia.
La miro con gesto decidido.
—Puedo cargarme una maldita puerta si tengo que hacerlo.
Ella se muerde el labio, y luego suspira.
—Esto va a costarte caro.
¡Sí! Si se pone a negociar, es que va a hacerlo.
—¿Qué es lo que quieres? —pregunto, conteniendo demasiado tarde ese entusiasmo mío tan fácil de explotar.
Ella vuelve a sentarse.
—Dejarás de ponerte en plan Marie Kondo con mis cosas.
—Hecho. —Dejo caer a regañadientes su fálica varita mágica sobre el revoltijo de objetos de su mesa. De cualquier modo, tampoco es que supiese dónde clasificarla... aparte de poniéndola al lado de algún consolador.
—Y me deberás dos favores en el futuro, sin hacer preguntas.
Casi vuelvo a coger la varita pero me detengo a tiempo.
—¿También quieres las llaves de mi casa? ¿O tal vez un cheque en blanco?
Ella se encoge de hombros.
—Si nuestros papeles se invirtieran, tú pedirías aún más.
Eso es tan, tan falso... pero discutir no serviría de nada.
—¿Qué tal si me dices cuáles son los favores para ver si vale la pena?
—No hay trato. ¿Qué tal si lo dejamos en un término medio? Te pediré uno de los favores ahora y el otro más adelante
Maldita sea, qué bien se le dan las caras de póquer.
—¿Cuál es el favor de «ahora»?
—¿Tú ya has salido a comer con nuestros padres?
Rechino los dientes.
—Sí. —Está claro lo que quiere. Nuestros padres están en la ciudad y, por supuesto, no se marcharían sin soltarles una dolorosa charla sobre los peligros de ser unas solteronas a sus dos hijas mayores.
—Te vestirás como yo y te harás pasar por mí durante el almuerzo —dice Gia, confirmando mis sospechas —. Y no me transmitirás ninguno de los consejos sobre sexo que seguramente te darán.
Maldita sea. Tenía la esperanza de que quisiera usarme en algún truco de magia... tener una gemela es muy útil para fingir que tienes poderes de teletransporte y cosas así.
—¿Cuándo es esa comida? —pregunto.
Con más alegría de la que me gustaría, ella me da los detalles.
Esa hora me parte justo mi rato de usar hilo dental del mediodía, pero por mucho que odie los cambios en mi horario, no rechisto. Gia no sería comprensiva si lo hiciera.
—¿Cuál es el otro favor? —pregunto, temiéndome lo peor.
Ella sonríe con suficiencia.
—Buen intento. Te lo diré en cuanto lo sepa.
—Vale. Tenemos un trato... suponiendo que seas capaz de enseñarme de verdad cómo forzar una cerradura.
Ella se pone en pie.
—¿Son capaces las sextillizas de hacer que hasta Ghandi tenga que acabar recurriendo a la violencia?
Oh, sí, lo son. Que yo aborrezca la violencia es lo que me hace limitar mi exposición a la camada del mal. Las quiero con todo mi corazón, por supuesto, pero todas juntas, son demasiado para mi salud mental. Gia me da envidia y pena a partes iguales por andar juntándose con ellas y no tan solo en acontecimientos familiares. Yo ni me acerco a ser tan valiente.
Ella se levanta, revuelve en un cajón y saca un par de guantes, un estuche de cuero y un surtido de cerraduras.
—Toma, póntelos. —Me pasa los guantes.
Lo hago, poniendo los ojos en blanco.
—Ahí está. Así ya no dejaré gérmenes en tus preciosos materiales.
Ella me tira el estuche de cuero a las manos.
—Te he dado unos guantes para que aprendas a forzar una cerradura con ellos puestos. ¿O es que quieres dejar tus huellas por toda la escena del crimen?
Abro la cremallera del estuche y me quedo mirando las herramientas que hay dentro.
Si he sido capaz de aprobar la temible asignatura de Inteligencia Artificial Avanzada de Cambridge, también podré hacer esto.
O eso espero.
—Primero, déjame contarte como funciona una cerradura de tambor de levas —dice Gia, señalando una cerradura hecha en cristal donde quedan expuestas las levas y el resto de estructuras.
Ella procede a abrir la cerradura, primero con una llave y después con sus herramientas, haciendo que parezca fácil.
—Ahora, esto es una llave de tensión. —Me pasa una cosita metálica y me dice lo que debo hacer con ella. Luego me da una ganzúa y me explica como usarla.
—Suena razonable —digo cuando la lección ha terminado por fin—. Déjame intentarlo.
Su sonrisa es maléfica.
—Adelante.
Tengo fama de ser muy meticulosa al seguir cualquier tipo de instrucciones, así que, igual que un robot, hago lo que Gia me ha dicho al pie de la letra. Pero sin embargo fracaso en mi intento, para gran deleite de mi gemela.
Grr. Forzar una cerradura parece ser más un arte que una ciencia.
Dos horas y docenas de comentarios sarcásticos de Gia después, ya lo hago mejor, aunque todavía no tengo la confianza suficiente para ejecutar el golpe.
Por fin, Gia dice:
—Creo que lo tienes. Al menos, no hay mucho más que yo pueda enseñarte. Vete a casa y juega con las cerraduras por tu cuenta.
—Vale. —Escondo las herramientas de mi recién adquirida habilidad—. Te llamaré si tengo alguna pregunta.
Para mi sorpresa, ella guarda las cerraduras que hemos estado utilizando en vez de echarlas sin pensar sobre el escritorio, todavía desordenado.
—Dale alguna vuelta a lo de abortar todo tu plan, ¿quieres? No te dejes tentar por el minimalismo de la vida en prisión.
—Lo haré —miento mientras salimos de su habitación.
—Y no dejes de ir enviándome mensajes con las novedades. —Me conduce a través de la desordenada sala de estar hasta la puerta principal—. También llámame si necesitas que te pague la fianza.
—Tienes mi gratitud —digo... y caigo en la cuenta de mi error cuando la sonrisa de Gia se amplía a niveles de la del Joker.
—¡Muy encantada, señora mía! —exclama socarrona clavando un marcado acento cockney londinense—. No te olvides del almuerzo con mamá y papá.
—No lo haré —refunfuño.
—Excelente. —Me dice adiós con la mano como imitando el gesto de la reina—. Hasta lueguito.
—Gracias y adiós —digo marcando claramente un perfecto acento americano.
Ella cierra la puerta y la oigo soltando unas risitas al otro lado.
No me puedo creer que de entre todas mis hermanas sea ella el mal menor.
Al llegar a casa, sigo practicando a abrir cerraduras hasta bien entrada la noche, y cuando me duermo, sueño con ello.
Para el lunes por la mañana, me siento más preparada que nunca.
Ha llegado el momento.
Iré a trabajar, esperaré a que todos se vayan y pondré en marcha la Operación Allanamiento.