Capítulo 2

1020 Words
Capítulo Dos Igual que pasa cuando te quedas mirando una maldita olla a ver si hierve por fin, mis compañeros de trabajo parecen negarse a irse a su casa. Apuesto a que ni siquiera están trabajando. En retrospectiva, ese era un fallo en mi plan. Como soy la Directora de Tecnología aquí, hay mucha gente que se queda hasta tarde para demostrarme cuantísimo trabajan... especialmente desde que nos absorbieron. Como si lo hubiese conjurado al pensar en el cambio de gerencia, un correo electrónico de Robert Jellyheim, mi homólogo en el Grupo Morpheus, aparece en mi buzón. Mierda. ¿Me estarán vigilando de algún modo? Pero no. Es para decirme que planean acelerar la integración y que en breve me reuniré con él y con los principales responsables de la gerencia cara a cara. Esta debe de ser la razón por la cual han traído los trajes. Tengo que decir que el Diablo está bastante confiado en conseguir esta ronda de financiación. Bueno, ya veremos... es decir, suponiendo que los estúpidos de mis compañeros de equipo se vayan alguna vez. Me ruge el estómago, y eso me da una idea. ¿Puede que se marchen por fin si piensan que yo también me he ido a casa? Y si alguien ve las cámaras más tarde, me verá regresar con comida: algo perfectamente natural. Agarro mis cosas y me dirijo con pasos enérgicos hacia el ascensor. Espera. ¿Y si mis compañeros de trabajo no se dan cuenta? Oh, ya sé. Paso por algunos escritorios y los ordeno un poco, matando dos pájaros de un tiro. Para cuando agrego un bolígrafo adicional a un bote que contiene solo cuatro, estoy segura de que han notado mi presencia. Estupendo. Me encamino al ascensor y cuando entro, pulso los botones de todos los pisos que son números primos, un lujo que solo me permito cuando voy sola. Mi almuerzo diario son los diecinueve raviolis que me traigo de casa, pero siempre que he de cenar en el trabajo voy al mismo japonés: Miso Hungry. Allí también pido siempre lo mismo: una sopa de miso con cuarenta y siete cubos de tofu y diecisiete rodajitas de cebolleta, y tres rollos de sushi de aguacate cortados en ocho, con un pedacito quitado en uno de ellos para que sumen un apropiado total primo de veintitrés. Después de todo, una de las cosas que distingue a los seres humanos de los animales es nuestro deseo de orden y previsibilidad, o al menos eso es lo que le digo a Gia cuando hace burla de mi idílica vida, que funciona como un mecanismo de relojería. —¿Para llevar? —pregunta la camarera en cuanto me ve. Asiento. —Sí, para llevar. Mientras ella va rápidamente hasta la barra de sushi para darle mi pedido al chef, echo un vistazo por el restaurante casi vacío... y me sorprende ver a un hombre repasándome a mí con sus penetrantes ojos azul cielo. Y qué hombre. Un rostro perfectamente simétrico. El cabello n***o azabache de aspecto sedoso. Unos hombros anchos y atléticos. Los pómulos de un ángel y los labios más besables que he visto en mi vida. Lo único que lo aparta de la perfección es la incipiente barba mal afeitada de su rostro y lo revueltos que están los mechones negros de su cabeza. Lucho contra el impulso de correr hacia él, peinarle ese cabello rebelde hacia atrás y robarle un cuchillo de sushi al chef para afeitarle esa hermosa cara. Sí, bueno. He de admitir que tengo una especie de fetiche con los tíos bien afeitados. Cuando vi por primera vez las fotos de Henry Cavill como Superman, todo arregladito y pulido, me dieron ganas de tocarme. Pero ya no estuve tan contenta cuando apareció haciendo de malo en Misión: Imposible: Fallout con esa pinta desaliñada y con bigote. Los 25 millones de dólares que DC Films se gastó en eliminar su bigote por ordenador en el rodaje de La Liga de la Justicia fueron un dinero bien gastado, en mi opinión. No puedo esperar al día en que los avances tecnológicos me permitan borrar todos los bigotes de las caras de mis pantallas. Maldita sea. Me he quedado mirándole con la boca abierta... algo que resulta ser peor por el hecho de que no está solo en su mesa. Le acompaña una mujer tan espectacular como él. Y a diferencia de su desaliñado pero sexy galán, ella tiene un aspecto extremadamente elegante, con un maquillaje impecable y su cabello n***o perfectamente peinado. Al apartar la mirada, pillo al cabrón sonriendo con suficiencia. Vaya sinvergüenza. Qué granuja. La camarera vuelve con mi pedido para llevar, y veo cómo el desconocido le susurra algo a su hermosa pareja. La mujer me mira de arriba abajo y empieza a levantarse. Mierda. ¿Vendrá a echarme en cara que me estuviese comiendo a su hombre con los ojos? Detesto cualquier tipo de violencia en general, pero aún más cualquiera susceptible de involucrarme a mí. Le quito frenéticamente de las manos mi pedido a la camarera, le lanzo unos billetes, y salgo disparada del Miso Hungry. Todavía tengo el pulso en la estratosfera cuando llego a la oficina. Supongo que excitarse con guapos desconocidos no es un buen preludio para dar un golpe adecuado. Al menos, hay buenas noticiase en ese frente. Como esperaba, mi planta se ha quedado vacía por fin. Supongo que todos esos farsantes se esfumaron corriendo como gamos en cuanto las puertas del ascensor se cerraron tras de mí. Dejo la comida a un lado (he perdido el apetito al pensar en lo que estoy a punto de hacer) y finjo escribir un código antes de lanzar el programa que tengo preparado para librarme de las cámaras. ¿Va a pasar de verdad? ¿Tendré los ovarios para hacerlo? Me pongo derecha. Esto va a pasar. Me niego a acobardarme. Haciendo caso omiso del nudo de mi estómago, me levanto y voy rápidamente a mi destino. Cuando llego a la puerta, echo un vistazo a la cámara que, con suerte, estará desactivada. Es ahora o nunca.
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