Capítulo Tres
Muevo la manija de la puerta por si acaso alguien la ha abierto.
Pues no.
Cojo mis herramientas y empiezo a forzarla.
Rayos. No se abre.
¿Será esta cerradura distinta a las que he usado para practicar? ¿O será por mis manos temblorosas?
Respiro hondo y cuento hasta siete.
Ya con las manos más firmes, sigo trabajando en la cerradura hasta que algo hace clic dentro de ella.
Por fin.
Entro y examino la gran oficina. En el escritorio hay un monitor de gama alta y un teclado ergonómico. A su lado hay una silla de oficina de ejecutivo de primera línea (con cinco patas, como Dios manda), y en la esquina hay un pequeño sofá de cuero.
¿Será esta la futura guarida del Diablo? ¿O de la Diablesa?
Ignoro ese asunto por ahora e inspecciono los trajes.
Está claro que se trata de prototipos, diferenciados en dos modelos, unos color rosa, «mujer» y otros azules más grandes: «hombre». Algunos incluso tienen algunas piezas sujetas con cinta adhesiva. También hay hojas de instrucciones que cuelgan de ellos, junto con una etiqueta que dice Estéril.
No soy como Gia en ese tipo de cosas, pero hasta yo me siento agradecida porque hayan sido esterilizados: después de todo, mi cuerpo va a entrar en el traje. También siento una punzada de culpa. En cuanto me ponga uno, ya no estará esterilizado, lo que será un asco para la próxima mujer que se lo pruebe.
¿Y si dejo una nota cuando haya acabado?
Lo primero es lo primero. Agarro la hoja de instrucciones del traje rosa que me parece más aproximado a mi talla.
«Ajusta las tiras de velcro para que se adapten a su cuerpo» es el primer paso.
Es una bendición que mi altura y mi contorno sean números primos, así que gracias a las tiras etiquetadas, este paso es pan comido.
«Desnúdate» es la segunda instrucción.
Mmm. ¿No debería este traje invitarme a cenar primero?
Voy a cerrar la puerta. ¿Tendrán las de la limpieza llaves para esta oficina? Espero que no. En cualquier caso, no deberían aparecer hasta dentro de un par de horas: lo comprobé cuando preparaba el golpe.
La sensación de desvestirme en el lugar de trabajo me resulta extremadamente incómoda, pero como lo exigen las instrucciones, lo hago, dejando mi ropa bien doblada sobre el respaldo de la silla del despacho.
«Acuéstate o siéntate mientras te pones el traje», aconseja la siguiente indicación. «Empieza por las piernas, luego el cuerpo y luego los guantes. El casco va al final».
Me siento en el sofá, notando el cuero helado en mi trasero desnudo, y me meto en el traje de acuerdo con las instrucciones. Luego lo ajusto todo para asegurarme de que quede bien.
El visor se enciende y un panel de control de realidad virtual aparece flotando en el aire frente a mí. La interfaz de usuario es similar a la que mi equipo había diseñado para este mismo modelo, pero con varios ajustes obvios... deben de ser obra de Robert Jellyheim y su equipo.
Hay un único icono de aplicación: «Demo» en el panel de control en este momento.
Levanto mi mano enguantada y lo señalo con un dedo.
El traje cobra vida y aprieta mi cuerpo con fuerza, creando la sensación de un abrazo. Al mismo tiempo, me encuentro en una habitación blanca con dos esferas flotando en el aire y dos líneas de texto planeando sobre ellas: «Diseñar pareja» y «Usar valores predeterminados».
«Diseñar pareja» suena como algo que diría una aplicación porno, así que hago clic en eso.
Aparecen dos esferas más con la siguiente elección: «Masculino» o «Femenino».
Las posibilidades de que esto sea porno aumentan.
Yo opto por masculino, ya que eso es lo que me atrae, y la sala blanca se llena de cabezas de hombres sin cuerpo.
Ajá. Vale. Los libros sobre diseño de interfaces de usuario no cubren cómo evitar que tu software dé mal rollo... un descuido, claramente. A menos que estés creando un juego con fantasmas, las cabezas incorpóreas son una mala idea.
Con un movimiento de mi mano, acerco las cabezas hacia mí para poder mirar más de cerca las caras.
Están muy bien. Aunque no son tan realistas como en la vida real, son de lo mejorcito que permite la tecnología actual: el Grupo Morpheus debe de trabajar con varios artistas de gran talento.
Tras un poco de deliberación, elijo una cabeza con un rostro simétrico, unos ojos azules de ensueño y con rasgos marcados.
«¿Cambiar el mentón?» la interfaz me pregunta a continuación.
Lo hago, haciéndolo más enérgico.
«¿Añadir vello facial?»
Diablos, no.
«¿Cambiar pómulos?» es la siguiente opción.
Los hago más marcados, más definidos.
«¿Cambiar el color de los ojos? »
Yo opto por un tono más oscuro de azul... cerúleo, para ser exactos.
A continuación, cambio el cabello corto y rubio por uno n***o y sedoso, cuidadosamente peinado hacia atrás, como a mí me gusta.
Ahora tengo una cabeza incorpórea pero muy atractiva flotando en el aire.
¿Está mal que ahora mismo esté más excitada que asustada?
Espera un segundo.
La cabeza que he diseñado se parece sospechosamente a la del sexy desconocido del Miso Hungry. Aunque esta versión está recién afeitada y carece de cuerpo.
Gracias, subconsciente. Ahora me siento como una pervertida total.
«Tipo de torso» es la siguiente opción.
La sensación de carne de gallina regresa cuando la cabeza del tío bueno se desplaza volando hacia un lado y aparecen un montón de torsos sin cabeza ni piernas.
Como no estoy segura de si debería seguir recreando al tío del restaurante, y como no lo he visto desnudo, me decanto por un torso musculoso, de hombros anchos y de abdominales con tableta de chocolate. Porque, ¿y por qué no?
Una vez elegido, el torso se adhiere a la cabeza.
Estudio el espectro sin piernas. ¿Es extraño que ya quiera hacer de todo con él? ¿Es un él siquiera sin la parte inferior del cuerpo?
Tragando saliva de forma audible, toco los pectorales virtuales.
¡Maldita sea! El guante hace que parezca que esté tocando unos de verdad... lo cual no debería sorprenderme, ya que yo era parte del equipo que hizo posible esta tecnología. Aun así, estoy sorprendida. Cuando trabajaba en los guantes, mi prioridad era hacer que acariciar a una criaturita peluda y tierna resultara lo más realista posible, por lo que el sexo y las sensaciones de la piel humana que lo acompañaban eran lo último en lo que pensaba.
Siguen más opciones de torso. Dejo sus bíceps y otros músculos como están y rechazo los piercings en los pezones y los tatuajes.
Cuando aparece la siguiente opción, me hace pestañear un par de segundos.
Si aún me quedaba alguna duda, se ha esfumado.
Esto va derechito al porno.
El espacio a mi alrededor está cubierto de pollas.
Grandes. Pequeñas. Duras. Fláccidas. Gruesas. Delgadas. Con venas marcadas. Lisas. Rectas. Torcidas. De un tono púrpura profundo. Color rosa pálido. ¿Verdes y azules? Es evidente que alguien se ha recreado perversamente creando tantas variedades como es humanamente posible. Hablando de humanos, algunas de las opciones no parecen ser de mi especie: no a menos que haya por ahí tipos tan dotados como unicornios.
Esto me recuerda a la famosa escena de Matrix en la que Neo pide «Armas. Muchas armas». Salvo que esto son p***s. Ahora que lo pienso, ¿estamos haciendo este plural de forma adecuada o en su origen latino la forma correcta sería peni, como con casus belli y ahora deberíamos llamarlos p*****s? No, eso no suena nada bien. ¿O deberíamos dejarlos sin la s como los penne, esa pasta que sirven en los italianos? En fin, me estoy liando, mi latín está muy oxidado. Tendré que comprobarlo cuando vuelva a tener acceso a Internet.
Ajenos a mis dudas sobre la nomenclatura adecuada, todos esos falos están danzando a mi alrededor, algunos alegremente, otros francamente amenazadores... todos claramente ansiosos por ser elegidos.
Cierro los ojos. Es duro concentrarse de esta manera... muy duro.
Debería dejarlo ahora. Estas pollas incorpóreas son mi prueba, después de todo.
Una prueba bien tangible.
Sin embargo, por alguna razón, no puedo decidirme a terminar esta sesión de realidad virtual. Estoy segura de que no tiene nada que ver con la épica sequía que he estado experimentando.
No. No se trata de nada así de indecente.
Trabajo con realidad virtual, así que esto es pura curiosidad profesional.
Sí, eso es. Se trata de mi trabajo.
Abro los ojos y gesticulo en dirección a las pollas. Es difícil decidir... ¡hay tantas! Me cuesta diez minutos optar por una por fin: una humana (o eso espero), extra grande y con no demasiadas venas marcadas.
¿Tendrá mi inspiración para este diseño una polla como esta? No tengo ni idea, y es poco probable que lo descubra jamás... ni que me la meta dentro... ni que la lama... ni que se la chupe.
La polla se posa en el lugar que le corresponde debajo del torso, y la sala se llena con tantas pelotas que serían capaces de generar toda la testosterona de una pequeña nación.
¿En serio hay quien le da tanta importancia a los testículos como para necesitar tanta variedad?
Ansiosa por ver la siguiente fase de esta demostración, agarro un par de bolas al azar y luego elijo unas piernas con la misma rapidez.
Aquí es cuando la siguiente opción llena la habitación: traseros.
Montones de traseros.
Redondeados. Con forma de corazón. Cuadrados. Con forma de V. Musculosos y no musculosos. Unos mostrando el agujero y por alguna razón, otros no. Con hoyuelos y sin ellos. Las opciones no son tan exhaustivas como con las pollas, pero casi.
Elijo el primer trasero apretado que veo y me pregunto si habrá más opciones... como hígados o amígdalas.
Pero no. Al final todo se acopla y mi novio virtual recién diseñado se pone a bailotear, igual que en la peli Magic Mike.
¡Maldita sea! Mis ovarios se felicitan a sí mismos mientras devoro con los ojos esta perfección digital. Hasta puede que haya un poco de baba en la comisura de mis labios... y otra clase de humedad en mis partes privadas.
Quien haya diseñado esto es un genio del mal, sobre todo por lo poco que hace que se han hecho cargo de la empresa. Si han tenido que vender su alma al diablo, diría que podría haber valido la pena. ¿O ha sido el Maligno en persona quien ha hecho esto? Sería muy propio del Tentador crear el arma suprema de inducción al pecado s****l.
Un bocadillo de diálogo aparece sobre la cabeza del espécimen digital, que ya no baila pero no por eso es menos apetitoso, distrayéndome de mis cavilaciones pseudoteológicas.
«¿Quieres que haga una demostración de lo que puede hacer el traje?», pregunta, «Sí o no».
Elijo «sí» y el tipo se teletransporta hacia mí, acercándose tanto que su gran erección presiona contra mi vientre.
Guau. El traje crea una sensación de presión que es inquietantemente precisa.
«¿Continuar?», pregunta otro bocadillo de diálogo.
Selecciono «sí» con un dedo poco firme.
Mi compañero digital sostiene uno de mis pechos en su mano.
Yo exhalo una exclamación ahogada. Su contacto produce una sensación suntuosamente real, aun descontando el efecto de las hormonas que arruinan la capacidad de mi cerebro de observar las cosas de forma racional.
Otro «¿Continuar?» después, me aprieta ligeramente el pezón.
Dos veces guau. El pellizco es lo suficientemente realista como para enviar una nueva oleada de deseo hacia abajo.
Jodidamente in-cre-í-ble.
«¿Continuar?» pregunta la malvada interfaz.
Mi «sí» es reacio, y cuando le veo intentando alcanzar mis partes, le agarro instintivamente por la muñeca, lo que demuestra lo realista que es todo esto.
Mmm. Su muñeca parece real en mi mano, pero la acción en sí ha sido poco estable. Parece que hará falta algo de trabajo para acabar de integrar los guantes con el traje.
Otro bocadillo de texto aparece sobre su cabeza: «¿Quieres probar la fase del c*********s? ¿Sí o no?».
—¿Te estás quedando conmigo? —pregunto en voz alta.
El texto no desaparece... obviamente el traje no incluye reconocimiento de voz (a diferencia de mi proyecto favorito de realidad virtual).
¿Hasta dónde estoy dispuesta a llevar mi curiosidad? Estoy a punto de elegir «no», pero luego me pregunto cómo fingirán esa sensación.
Sí. Más curiosidad profesional. Obviamente. Esto no tiene nada que ver con lo mucho que deseo tener esos labios ahí abajo. O con el hecho de que nunca antes me ha hecho eso un hombre en la vida real. Sí, nada de nada que ver.
Tomo aire y vuelvo a elegir «sí».
El tipo desaparece por un momento, luego reaparece en la posición del c*********s, con su rostro contra mi entrepierna y sus ojos azul cerúleo mirando hacia los míos.
Me recuesto en el sofá.
Su lengua me da el primer lametón.
Oh. Rayos. Joder. Caramba.
Es exactamente como siempre había imaginado que sería. Su lengua es cálida y flexible y más que asombrosa. Si hubiera un Premio Nobel por el invento más pervertido, el Maligno lo obtendría, sin lugar a dudas.
Otro lametón.
Y otro.
Luego se agarra a mi clítoris y comienza a succionar.
Se me curvan los dedos de los pies.
¡Santas políticas de RRHH! Estoy a punto de correrme en mi lugar de trabajo.
Agarro su cabeza pero no soy capaz de obligarme a apartarla. En todo caso, tengo que luchar contra el impulso de presionarlo más fuerte contra mi entrepierna.
De repente, para mi exasperación, todo se detiene.
¡Noooo! Estaba a escasos milímetros del gran O.
Una puta elección nueva aparece flotando.
«¿Quieres probar la fase de penetración? ¿Sí o no?».
Sí.
No.
Estoy lista para eso, pero ser penetrada aquí y ahora no es...
Oigo el sonido de una llave.
Mierda.
Mi corazón da un salto hasta la estratosfera, y se me quedan las tripas congeladas como un sorbete.
Alguien está a punto de pillarme.