Capítulo Cuatro
Me levanto de un salto e intento quitarme el visor.
Maldita sea. Los guantes me hacen difícil agarrarlo bien, así que intento quitármelo con una fuerte sacudida, pero lo único que consigo con eso es tropezarme con algo.
Aleteo con los brazos como si estuviese intentando aprender a volar y me agarro a lo primero que tengo delante, que parece ser la silla del despacho.
No me jodas. Esa cosa tiene ruedas y como era de esperar, giran, haciendo que mi caída continúe, acompañada por más gestos con los brazos y por los ruiditos del velcro al abrirse.
¡Cataplán!
Mi muñeca choca contra algo duro. A juzgar por el ruido de algo golpeando contra el suelo y por el sonido de plástico rompiéndose, debo de acabar de destrozar ese monitor tan bonito.
Unas manos fuertes me sujetan antes de que termine de caer de narices.
Como no me lo esperaba, reacciono como una loca, agarrando a ciegas lo que parece un teclado, preparada para darle a alguien con él.
Las manos me sueltan de inmediato.
—Sólo intentaba ayudar —dice una voz profunda y aterciopelada con acento ruso.
Eso es cierto, así que no le parto el teclado en la cara al que me habla. En vez de eso, dejo caer mi arma y doy un respingo cuando la escucho romperse en pedazos.
—¿Por qué no me dejas quitarte ese visor? —pregunta la voz.
—Ciertamente agradecida —le espeto, y antes de que pueda corregirlo a «gracias», me quitan el visor de la cabeza con cuidado.
Ahora que he recuperado la vista, miro a mi salvador con asombro.
Y me quedo ahí, boquiabierta.
Y abro más la boca si cabe.
¿Me he quedado dormida durante la demo, o es que esto sigue siendo realidad virtual?
Tengo delante al mismísimo tío que hace un instante me estaba comiendo lo mío en la realidad virtual: el tío bueno del Miso Hungry.