2. El día que me tropecé con el amor... literalmente.

839 Words
Me llamo Laura, tengo 35 años, dos hijos maravillosos que me hacen pensar que los gremlins son reales, dos trabajos que odio con la fuerza de mil soles, y un divorcio que me dejó con más deudas que el gobierno. Para colmo, soy tan torpe que a veces creo que me construyeron con piezas de repuesto. Hoy es un día como cualquier otro, es decir, un caos absoluto. Estoy corriendo de un lado a otro, con una bolsa del súper en una mano, una carpeta de facturas en la otra y mi celular apretado entre la oreja y el hombro mientras hablo con el banco (otra vez). —Señora, le estamos notificando que su saldo está sobregirado... —Ya lo sé, señorita. Mi cuenta y yo hemos tenido muchas conversaciones sobre eso. Ahora, ¿me puede decir cómo sobreviviré esta semana? No sé cómo, pero logro cruzar la calle sin que me atropellen, aunque un tipo en un Ferrari me lanza una mirada de —¿por qué existes?— mientras acelera. Ugh, gente rica. Seguro tiene la vida resuelta. Apuesto a que ni siquiera sabe lo que es buscar monedas entre los cojines del sofá. Llego al trabajo número dos, un café hipster que tiene el mejor latte de la ciudad y los peores horarios para una madre soltera. Y, como era de esperarse, llego tarde. Otra vez. Mi jefe me lanza una mirada que podría derretir hielo. —¡Laura! Por favor, al menos esta vez no tires nada—, me dice mientras me entrega una bandeja llena de cafés para llevar. —Sí, sí. Todo bajo control, jefe—, le contesto, con una sonrisa nerviosa que no convence a nadie, ni siquiera a mí misma. Tomo la bandeja y me acerco a la puerta. Todo bien hasta que siento que la suela de mis tenis resbala y, en un movimiento digno de un video viral, me desplomo hacia atrás como una actriz de comedia barata. Los cafés vuelan en todas direcciones, pero lo peor es que me llevo a alguien conmigo. Alguien que, por la caída, parece haber sido esculpido por los dioses del Olimpo. Genial. Cuando abro los ojos, me encuentro cara a cara con él: el tipo más guapo que he visto en mi vida. Y créanme, no soy de las que se impresionan fácil, pero este... ¡uff! Tiene una mandíbula esculpida, ojos azul profundo y lleva un traje que probablemente cuesta más que mi auto. Bueno, ex auto, porque lo vendí para pagar la mitad de la renta. —¿Estás bien?—, me pregunta con una voz grave que resuena en mi estómago como una banda de rock en vivo. —Oh, sí. Estoy bien, solo revisando si el suelo sigue ahí—, le respondo con mi humor típico de defensa. Me mira con una ceja levantada y una sonrisa burlona. —Tú también eres nueva en esto de caminar, ¿verdad? —Soy una profesional del desastre, por si te lo preguntabas—, le contesto, mientras intento recoger lo que queda de mi dignidad y de los cafés. —Bueno, menos mal que hoy llevaba mi traje viejo—, dice mientras se sacude las gotas de café de su chaqueta. Viejo. Claro. Seguro su concepto de —viejo— es que ya lo usó dos veces. Mientras yo, por otro lado, llevo usando el mismo par de jeans desde que mi hija tenía cinco años. —Lo siento muchísimo, de verdad. Puedo pagar la tintorería—, le ofrezco, aunque mi cuenta bancaria grita en el fondo como si le hubieran dado un puñetazo. —¿Tintorería? No te preocupes. Lo único que necesito es tu nombre... y una servilleta—, me dice sonriendo, entregándome una tarjeta que dice Gabriel Santoro. ¿Quién tiene una tarjeta con su nombre? Solo los tipos ricos o los asesinos seriales. —Laura—, le respondo, sintiendo que mis mejillas arden. —Soy Laura, la que acaba de arruinarte el día. —No diría que lo arruinaste. Lo hiciste... interesante—. Sus ojos brillan con algo que no sé identificar, pero que definitivamente me hace sentir que estoy a punto de entrar en problemas. Y no de los baratos. Al día siguiente, recibo una llamada mientras estoy en mi primer trabajo, en una oficina que parece salida de una película de los 90. Estoy en medio de una conversación con mi exjefe (que por alguna razón sigue creyendo que le debo favores) cuando mi celular suena. —Laura, ¿te acuerdas de mí? Soy Gabriel Santoro, el tipo del café. Pensé en invitarte a cenar. No porque me debas la tintorería, sino porque... bueno, me hiciste reír. Y eso es algo raro para mí últimamente. ¿Reír? ¿Yo? Lo único que hago últimamente es sobrevivir y pagar cuentas. Pero antes de que pueda darme cuenta, mi boca responde por sí sola. —Claro, ¿por qué no? ¿Qué podría salir mal? Spoiler: todo.
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