Si alguien me hubiera dicho hace un año que estaría aquí, escribiendo sobre cómo un multimillonario cambió mi vida, habría estallado de risa... o tal vez habría escupido mi café. Yo, Laura, madre divorciada de dos niños, con dos empleos que apenas me permiten sobrevivir, y más deudas de las que podría contar sin marearme. No tenía tiempo ni energía para el amor. De hecho, el amor ni siquiera estaba en mi lista de cosas por hacer, ni en los primeros cien lugares.
Mi vida era un caos perfectamente controlado, o al menos eso intentaba creer. Las mañanas empezaban con carreras entre la cocina y la puerta, dejando la casa en un estado de desastre tras el paso de dos pequeños huracanes llamados mis hijos. Las tardes eran un torbellino de reuniones en mi segundo trabajo y llamadas urgentes para resolver cualquier crisis infantil. Y las noches... bueno, las noches eran para intentar recordar cómo respirar.
¿Tiempo para mí? Ja. Lo más cerca que estuve del romance fue cuando Netflix me preguntaba si todavía seguía viendo mi serie favorita, y ni siquiera tenía la fuerza para responderle.
Pero claro, la vida tiene una forma divertida de sorprenderte. Especialmente cuando menos te lo esperas.
Porque fue en medio de ese desastre controlado que apareció él. Gabriel. El hombre al que solo podría haber soñado en otro mundo, con otra vida, o quizá solo en una comedia romántica exagerada. Millonario, guapo y, en el fondo, tan roto como yo, aunque no de la misma manera. Un hombre que tenía todo, pero no sabía qué hacer con ello... hasta que el destino decidió reírse de nosotros y cruzar nuestros caminos de la forma más ridículamente caótica.
Lo que sigue es una historia que nunca vi venir. Una llena de torpezas, malentendidos, momentos de risa, y, lo más sorprendente de todo, amor. Porque a veces, las cosas más improbables resultan ser las más reales.
Y esta, créanme, es una de esas historias.