La vida seguía su curso, con sus momentos de caos y de calma, y yo, con mi torpeza crónica, parecía encontrarme en situaciones absurdas de manera regular. Pero en lugar de desanimarme, Gabriel y yo aprendimos a reírnos juntos de esas situaciones, a encontrar la alegría en medio del desorden y a disfrutar de cada pequeño fiasco que se nos presentaba. Un día, decidí que era momento de hacer algo por mi forma física y me inscribí en una clase de yoga en el gimnasio local. La idea de intentar algo nuevo me entusiasmaba, pero mi coordinación dejó mucho que desear. Gabriel, al enterarse, decidió acompañarme para darme apoyo moral y también para ver si su torpeza podía igualar la mía. La primera clase fue un espectáculo. Mientras el instructor nos guiaba a través de las posturas, intentaba mant

