Capitulo 8

1273 Words
Lucía Ha pasado aproximadamente una hora desde que estoy aquí, recostada en esta cama que se siente demasiado firme, demasiado limpia… demasiado blanca. No parece una habitación normal. Parece una sala privada de hospital. Las sábanas huelen a desinfectante, el aire está frío y silencioso, y cada pequeño sonido —el zumbido lejano del aire acondicionado, el leve crujido de la estructura cuando me muevo— se siente amplificado. Al principio todo estaba borroso. Las palabras salían de mi boca sin que realmente entendiera lo que decía. Pero ahora no. Ahora mi mente está clara. Demasiado clara. Estoy consciente de que me trajeron aquí en contra de mi voluntad. Estoy consciente de que me inyectaron algo. Estoy consciente de que Dante decidió que este es mi lugar ahora. ¿Estoy secuestrada? La palabra se forma en mi cabeza y me eriza la piel. Secuestrada. Pero… ¿por qué? No soy nadie importante. No tengo dinero. No tengo poder. Lo único que tenía era una casa que ya no era un hogar. Cierro los ojos con fuerza, intentando ordenar las piezas. No encuentro respuestas. Solo más preguntas. Después de estar atrapada en mis pensamientos, escucho el sonido seco de la puerta al abrirse. Mi cuerpo se tensa automáticamente. Entro en alerta. Es él. El hombre que intervino cuando mi padre me alcanzó. Su expresión sigue siendo fría, impersonal, como si yo fuera simplemente otra tarea más en su día. —Ven —dice sin emoción, quedándose a un lado de la puerta. No pregunta. No explica. Solo ordena. Lo miro unos segundos, intentando procesar. ¿Ven a dónde? ¿A qué? Él parece notar mi inmovilidad porque frunce el ceño y da un paso al frente. Su presencia llena el espacio. —Vamos a tu habitación —añade, señalando el pasillo con la mano. Mi habitación. Las palabras me golpean. —¿Mi… habitación? —pregunto con cautela. Él me mira como si mi pregunta fuera absurda. Como si ya estuviera agotado de mi sola existencia. —Sí. Y deja de hacer preguntas. Muévete. Su tono no es agresivo, pero tampoco amable. Es práctico. Definitivo. Me bajo de la cama con cuidado. Aún siento una ligera debilidad en las piernas, pero no quiero que lo note. No quiero parecer más vulnerable de lo que ya soy. Lo sigo. Al cruzar la puerta, el aire cambia. El pasillo es amplio, con pisos de mármol que reflejan la luz de enormes ventanales al fondo. Las paredes son de un tono gris claro, decoradas con cuadros minimalistas y luces empotradas que dan una iluminación tenue pero elegante. Todo es impecable. Frío. Silencioso. Desde este segundo piso puedo ver parte del nivel inferior: una sala enorme con sofás oscuros, una chimenea moderna, barandales de cristal que rodean el vacío central. La casa no es grande. Es gigantesca. No es una casa. Es una mansión. Y cada paso que doy hace eco suave contra el mármol, recordándome que estoy fuera de lugar. Voy mirando todo, tratando de memorizar rutas, esquinas, posibles salidas. Y por no fijarme al frente, choco contra alguien. El impacto me hace retroceder un paso. —Fíjate y no me estorbes —dice una voz femenina, cargada de fastidio. Levanto la mirada. Es una mujer elegante, de postura rígida, cabello perfectamente recogido y ropa impecable. Su perfume es fuerte, invasivo. Me recorre con la mirada de arriba abajo. Lenta. Crítica. Como si estuviera evaluando algo que claramente no le gusta. —Eder, ¿esta criada es nueva? —pregunta, volviéndose hacia el hombre que me acompaña. Críada. La palabra me golpea el pecho. ¿Me trajeron para eso? ¿Soy eso ahora? Siento cómo mis hombros se encogen ligeramente sin que pueda evitarlo. Mi mente empieza a llenarse de escenarios que no quiero imaginar. —No —responde Eder con la misma expresión inexpresiva de siempre—. Y es mejor que no la molestes o el jefe se va a enojar. El cambio en la mujer es inmediato. Sus ojos se abren apenas, sorprendidos. —¿El jefe la trajo? —pregunta, pero ahora no hay desprecio… hay incredulidad. Me vuelve a mirar. Pero esta vez no como algo insignificante. Sino como algo peligroso. O valioso. No sé cuál es peor. —Sí —dice Eder—. Y deja de hablar. Tengo que llevarla a su habitación. —¿Se va a quedar aquí? —pregunta ella, su tono elevándose—. Y no me hables de esa manera, yo soy tu jefa. La tensión entre ellos es palpable. Eder apenas inclina la cabeza. —Perdone, señora. Pero no suena arrepentido. Su voz es plana. La mujer aprieta los labios, claramente ofendida. —Esto no se va a quedar así. Voy a hablar con Dante. El nombre cae como una piedra en el silencio. Dante. No “el jefe”. No “señor”. Dante. Y el simple hecho de que ella tenga que reclamarle algo a él… me dice quién tiene realmente el poder aquí. La mujer me da una última mirada, cargada de molestia, casi de odio contenido, y se marcha con pasos firmes que resuenan en el mármol. Yo me quedo quieta un segundo más. Sintiendo que algo mucho más grande que yo se está moviendo. Eder vuelve a caminar sin decir nada. Yo lo sigo. Pero ahora ya no estoy solo asustada. Estoy consciente. Consciente de que Dante no solo me trajo aquí. Alteró el equilibrio de esta casa. Y eso significa que yo no soy invisible. Lo cual es peligroso. Muy peligroso. Cuando finalmente se detiene frente a una puerta doble de madera oscura, la abre sin ceremonia. —Aquí. Entro despacio. La habitación es enorme. Cama king size, ventanales que dan a un jardín perfectamente cuidado, un baño que parece de hotel de lujo, un vestidor más grande que mi antiguo cuarto. Es hermosa. Pero no se siente mía. Se siente como una jaula elegante. Me giro hacia Eder. —¿Puedo salir de aquí? Por primera vez duda apenas un segundo. —Puedes caminar por la casa —responde—. Pero no intentes ir más allá del portón. Mi corazón late más fuerte. —¿Y si lo hago? Me sostiene la mirada. —No te lo recomiendo. Silencio. Luego se va. La puerta se cierra. Y el sonido del seguro activándose es casi imperceptible. Pero lo escucho. Me quedo sola en medio de la habitación, sintiendo el peso de las paredes, del silencio, del nombre que parece gobernarlo todo. Dante. Camino hasta la ventana sin saber muy bien qué estoy buscando. Tal vez aire. Tal vez una salida. Aparto la cortina con cuidado y miro hacia el jardín. Y entonces lo veo. Está de pie junto a la fuente central, vestido completamente de n***o, hablando con uno de los hombres de seguridad. Su postura es relajada, pero hay algo en él que impone incluso a la distancia. Como si todo el lugar le perteneciera. Como si yo también. No sé qué me impulsa a seguir mirándolo. Tal vez necesito confirmar que es real. Tal vez necesito entender por qué me trajo aquí. Y entonces sucede. Se detiene a mitad de la conversación. Levanta la cabeza. Y sus ojos encuentran los míos. A esta distancia debería ser imposible… pero no lo es. No aparta la mirada. No sonríe. No hace ningún gesto. Solo me observa. Como si supiera exactamente que yo estaría ahí. Como si hubiera estado esperando ese momento. Mi corazón empieza a latir más rápido. Porque no se siente como coincidencia. Se siente como si yo hubiera caído justo donde él quería.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD