Capitulo 7

1214 Words
Dante El informe llega antes de que amanezca. —Está estable. Asiento sin mirarlo. Sigo observando las cámaras del estacionamiento subterráneo donde el vehículo acaba de entrar. La puerta metálica se cierra con un sonido grave que resuena en la estructura. —¿Cuánta dosis? —pregunto. —La mínima para que no forcejeara. Aprieto la mandíbula. No me gusta perder control de variables. —Te dije que no la lastimaran. —No lo hicimos. Camino hacia la ventana de mi despacho. La ciudad todavía está en esa franja gris entre noche y día. Silenciosa. Vulnerable. Como ella hace una hora. La escena vuelve a mi mente. El salto. El impacto. Ella corriendo con esa determinación imprudente. Y el padre alcanzándola. Por un segundo, cuando vi la mano en su rostro, sentí algo que no me gustó reconocer. No fue rabia. Fue impulso. —¿Hubo testigos? —pregunto. —Ninguno que importe. Eso es suficiente. Me vuelvo hacia la pantalla donde se reproduce el momento exacto en que cae al suelo. Retrocedo unos segundos. Ahí. El instante en que su padre la obliga a levantar la cara. Detengo la imagen y amplío. El miedo en sus ojos no es fingido. Es real. Y algo en mi pecho se tensa con una violencia que no me resulta familiar. —Llévenla a la habitación del ala norte —ordeno—. Que la revise el médico. Y que nadie entre sin mi autorización. —Sí, jefe. Cuando me quedo solo, el silencio pesa distinto. Camino hacia el minibar, sirvo un trago y lo sostengo sin beber. No estaba en el plan intervenir de esa forma. Iba a dejar que el padre se hundiera solo. Pero ella saltó. Imprudente. Valiente. O desesperada. Me llevo el vaso a los labios y bebo. El alcohol no suaviza nada. Dejo el vaso con un golpe seco sobre la mesa. No debí permitir que la sedaran. Pero tampoco podía dejar que gritara. No cuando hay demasiados ojos siempre mirando. El teléfono vibra. Es Eder. —El padre ya intentó llamar a tres contactos. —Bloquéalos. —Hecho. —Congelen sus cuentas secundarias. —¿Todas? Pienso un segundo. —Todas. Silencio breve al otro lado. —Entendido. Cuelgo. Camino hacia el ascensor privado. Mientras baja, observo mi reflejo en el espejo metálico. Estoy tranquilo. Mi respiración es regular. Pero mis manos están tensas. Eso no es normal. Cuando las puertas se abren en el ala norte, el aire cambia. Más silencioso. Más contenido. El médico sale justo cuando doblo el pasillo. —Despertará en una hora, tal vez menos —informa. —¿Secuelas? —Ninguna. Asiento. —Vete. Cuando la puerta se cierra detrás de él, me quedo frente a la habitación unos segundos. No entro. Porque cruzar esa puerta cambia algo. Hasta ahora, todo puede justificarse como estrategia. Si entro, se vuelve personal. Y no hago nada personal. No en este mundo. Me apoyo contra la pared, cruzando los brazos. Recuerdo la primera vez que la vi. No sabía quién era. No sabía que se convertiría en una variable constante. Solo vi a una mujer bajo la lluvia, interponiéndose en algo que no entendía. Nadie hace eso. No sin esperar algo a cambio. Ella no pidió nada menos buscó recompensa. Solo actuó. Inconsciente. Irracional. Y desde entonces, todo se movió distinto. El ataque. La filtración. El padre vendiendo información sin saberlo. Demasiadas coincidencias. Demasiado cerca. El intercomunicador suena suave en mi bolsillo. —Se está moviendo. Cierro los ojos un segundo. Ahí está. Abro la puerta. La habitación está en penumbra, con la luz natural entrando apenas por las cortinas. Ella se mueve en la cama, intentando incorporarse. Su expresión es confusión primero. Luego memoria. Luego alerta. No me ve todavía. Camino despacio hasta quedar frente a la ventana. No quiero que su primera imagen al despertar sea una puerta cerrada. Quiero que vea espacio. Cuando finalmente abre los ojos por completo, me observa a través del reflejo en el vidrio. Se queda quieta. No grita. Eso confirma algo que ya sabía. No es débil. —Buenos días, Lucía —digo sin girarme. Escucho el leve movimiento de las sábanas cuando se sienta. —¿Dónde estoy? Su voz está rasposa, pero firme. Me giro lentamente. Nuestros ojos se encuentran por primera vez sin intermediarios. No hay cámaras. No hay distancia. Solo nosotros. —En un lugar seguro. Sus cejas se fruncen. Camino un paso más cerca. Lo suficiente para que entienda que estoy presente. —Me drogaron. No es pregunta. —Te evitaron un segundo enfrentamiento. Sus manos se cierran sobre la sábana. —¿Quién eres? Podría mentir. Podría suavizar. No lo hago. —Dante. La palabra se instala entre nosotros. La procesa y parece recordar algo —¿Eres el hombre de esa noche? No sonrío. —Sí. Silencio. La conexión se forma en su mente. —¿Me estabas vigilando? La pregunta no tiene miedo. Tiene acusación. La observo sin responder de inmediato. —Te estaba protegiendo. Ella suelta una risa breve, incrédula. —Eso no se sintió como protección. Doy un paso más. Ahora sí invado su espacio. —Tu padre firmó acuerdos con gente que no negocia. —¿Y tú sí? La pregunta es directa. Sostengo su mirada. —Yo no negocio lo que decido mantener a salvo. Ahí está. La verdad sin adornos. Sus ojos brillan con algo que no es solo miedo. —¿Por cuánto tiempo? —pregunta finalmente. Miro la marca casi invisible en su cuello. Recuerdo el pinchazo. Aprieto la mandíbula. —Hasta que deje de ser una amenaza. —¿Para quién? La respuesta es inmediata. —Para mí. El silencio que sigue es denso. Porque ambos entendemos lo que significa. Ella baja los pies al suelo. Se pone de pie frente a mí, aunque sus piernas aún están débiles. No retrocede. —No quiero estar aquí La afirmación es clara. Firme. La observo de arriba abajo. —No me importa —respondo con calma—. Ahora estás bajo mi responsabilidad. Mi teléfono vibra. Mensaje de Eder: “El padre está intentando salir de la ciudad.” Miro la pantalla un segundo. Luego la guardo. —Descansa hoy —le digo—. Mañana hablaremos de reglas. —¿Y si no acepto? Me detengo a un paso de la puerta. La miro una última vez. —No tienes que aceptar nada. Abro la puerta. —Pero tampoco tienes a dónde volver. Salgo sin esperar respuesta. Cuando la puerta se cierra detrás de mí, exhalo por primera vez en minutos. No debí involucrarme tanto. No debí entrar en esa habitación. No debí mirarla de esa forma. Pero ya está hecho. Camino hacia el despacho mientras marco un número. —Que nadie la toque sin mi permiso —ordeno—. Nadie. Cuelgo. Me detengo frente al ventanal. La ciudad está completamente despierta ahora. Y con ella, las consecuencias. No la traje aquí por compasión. No fue impulso. Fue estrategia. Eso me repito mientras observo el horizonte. Pero hay una verdad que empieza a filtrarse, silenciosa, incómoda: Si alguien vuelve a intentar acercarse a ella… No será una decisión calculada. Será personal. Y cuando algo se vuelve personal conmigo… El mundo aprende a tener miedo.
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