Capitulo 6

1319 Words
Lucia No necesito confirmar nada. Anoche lo escuché. No completo. No claro. Pero suficiente. “Vienes por ella mañana.” Esas cuatro palabras no me dejaron dormir. Se repitieron en mi cabeza como un eco que no se apaga. Mañana. Mañana. Mañana. Durante años soporté sus gritos, sus amenazas, sus cambios de humor, porque en el fondo, muy en el fondo, tenía una ilusión estúpida: que algún día despertaría siendo diferente. Que recordaría que soy su hija. Pero venderme… Eso no es un error. Es una decisión. Y ya no puedo seguir esperando un milagro que nunca va a llegar. Hace una hora vino a mi cuarto. No gritó. No me insultó. Solo abrió la puerta y me miró como si estuviera revisando un objeto antes de entregarlo. —Estate lista. Asentí. Incluso fingí acomodar la mochila frente a él. Cuando cerró la puerta, sentí que algo dentro de mí se quebraba. Ahora estoy de pie frente a la ventana. Dos metros. No parece tanto desde aquí arriba… pero cuando apoyo las manos en el marco y miro hacia abajo, la distancia se siente más grande. El patio trasero está lleno de tierra seca y algunas piedras. Si caigo mal, puedo torcerme el tobillo. Pero prefiero eso. Prefiero el dolor físico al destino que me espera dentro de esta casa. Camino hasta la puerta y asomo la cabeza por el pasillo. Silencio. La casa parece vacía. El televisor apagado. No escucho pasos. Es ahora. Regreso a la ventana con el corazón golpeando tan fuerte que siento que me va a delatar. Tomo la mochila. Mis manos tiemblan tanto que casi la dejo caer. Respiro. Uno. Dos. No pasa nada si me lastimo. No pasa nada si sangro. Lo que pasa si me quedo… es peor. Estoy a punto de subir al marco cuando veo movimiento por el rabillo del ojo. Mi sangre se congela. Mi padre está cruzando el portón. Viene hacia la casa. Y está mirando hacia arriba. Hacia mi ventana. Me vio. El mundo se reduce a un segundo eterno. Cuando lo veo acelerar el paso, mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Abro completamente la ventana y me lanzo. El aire me golpea la cara. Caigo mal. El impacto me sacude entera y un dolor punzante sube por mis piernas como fuego. Mis rodillas chocan contra la tierra y siento que la piel se abre. Pero no me quedo. No puedo. Me levanto como puedo, ignorando el ardor, y corro. Corro sin dirección, sin plan, solo lejos. La calle está casi vacía. El sol todavía no está alto, pero ya ilumina lo suficiente como para que todo se vea demasiado expuesto. Las casas parecen mirarme. Las ventanas abiertas. El asfalto caliente bajo mis pies. Escucho su voz. No entiendo lo que grita. Solo sé que viene detrás de mí. No miro atrás. No puedo hacerlo. Las lágrimas empiezan a caer y me nublan la vista. Respiro con dificultad. El aire quema en mi garganta. Cada paso duele, pero el miedo me empuja más fuerte que cualquier dolor. Dos minutos. Tal vez menos. Pero para mí es eterno. Entonces escucho sus pasos más cerca. Más pesados. Más rápidos. —¡Lucía! Mi nombre suena diferente. No como un llamado. Como una orden. Intento acelerar, pero mi pierna derecha falla por el golpe. Tropiezo levemente. Y eso es suficiente. Siento su mano cerrarse alrededor de mi brazo con violencia. Me jala hacia atrás y pierdo el equilibrio. El suelo vuelve a golpearme, esta vez más duro. El aire se escapa de mis pulmones. Por un segundo no puedo respirar. Intento arrastrarme, pero él me sujeta con más fuerza. No quiero mirarlo. No quiero ver su cara. Por primera vez en mi vida, no siento solo enojo hacia él. Siento miedo. Miedo real. Su mano se clava en mi mandíbula y me obliga a levantar el rostro. Sus dedos aprietan hasta que duele. —¿Crees que puedes huir de mí? —su voz es baja, pero cargada de furia contenida. Lo miro. Y no reconozco al hombre frente a mí. No es solo ira. Es algo más oscuro. Algo decidido. El sol cae directamente sobre nosotros. Puedo ver el sudor en su frente, la vena marcada en su cuello, la rabia pura en sus ojos. Y en ese momento entiendo algo que me destroza por dentro: Ya no soy su hija. Soy su propiedad. Y para él, las propiedades no escapan. Mi respiración se vuelve irregular. Intento hablar, pero mi voz no sale. Su agarre se vuelve más fuerte Intento apartar su mano, pero me sujeta con demasiada fuerza. Mis uñas apenas rozan su muñeca. —Por favor… —mi voz sale rota, apenas un susurro. —Te dije lo que pasaba si lo intentabas —escupe, inclinándose más sobre mí. Su sombra me cubre por completo. —Suéltala. La voz es firme. Grave. Desconocida. Mi padre se queda inmóvil. Yo también. Mi padre gira lentamente la cabeza, todavía sosteniéndome del rostro. —¿Y tú quién demonios eres? No alcanzo a ver bien porque sigo en el suelo, pero distingo unas botas negras frente a nosotros. Pantalón oscuro. Postura recta. No parece nervioso. —No te conviene seguir tocándola —responde el hombre con una calma que da más miedo que un grito. Mi padre suelta una risa corta, burlona. —Es mi hija. Hago con ella lo que quiera. La presión en mi mandíbula aumenta. El desconocido no se mueve. —La estás lastimando. —¿Y? —mi padre aprieta más fuerte, como si quisiera demostrar algo—. ¿Vas a llamar a la policía? El hombre da un paso adelante. Solo uno. Pero es suficiente para que mi padre vacile apenas un segundo. —No necesito llamar a nadie —dice el desconocido. El tono no sube. No amenaza. Mi padre me suelta de golpe y se levanta, interponiéndose entre él y yo. —Vete antes de que esto se ponga feo. El hombre ladea apenas la cabeza, evaluándolo. Ahora puedo verlo mejor. Es alto. Más que mi padre. Complexión fuerte. No parece un vecino curioso. Sus ojos bajan un segundo hacia mí. —Levántate —me dice sin dejar de mirar a mi padre. No sé si me lo dice como orden o como consejo. Pero lo intento. Mis piernas tiemblan cuando me pongo de pie. Mi padre me toma del brazo de nuevo, intentando jalarme hacia él. No lo logra. El desconocido reacciona antes. Con un movimiento rápido aparta la mano de mi padre de mi brazo. Mi padre retrocede un paso, sorprendido. —Te advertí que no la tocaras —dice el hombre. Ahora sí hay algo diferente en su voz. Frío. Mi padre lo mira con desconfianza. —¿Quién te manda? Silencio. El hombre no responde. —No es asunto tuyo —dice finalmente el desconocido—. Pero hoy no se va contigo. ¿Irme? Mi padre suelta una carcajada nerviosa. —¿Ah, si? ¿Y qué vas a hacer? El hombre lo sostiene con la mirada unos segundos. Después habla. —Lo que sea necesario. El desconocido lo detiene cuando hace el intento de agarrarme. Le sujeta el brazo con fuerza suficiente para inmovilizarlo. Mi padre forcejea. —Escucha bien —dice en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que yo también oiga—. Si vuelves a tocarla, no volverás a usar esta mano. Mi padre intenta soltarse, pero el agarre no cede. El hombre lo suelta. Mi padre retrocede, furioso… pero no vuelve a tocarme. El hombre me mira por última vez. —Corre. No lo pienso. Corro como si mi vida dependiera de ello. Antes de darme cuenta sentí el pinchazo inesperado en mi cuello, el mundo comenzó a volverse borroso y, antes de caer en la oscuridad, alcancé a escuchar una voz decir: “El jefe dijo que intacta.”
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