Capitulo 5

1284 Words
Dante No creo en coincidencias. Esa es la primera regla. —Repítelo —ordeno sin mirarlo. Eder permanece de pie frente a mi escritorio. —La chica suele caminar por esa zona dos o tres veces por semana. Siempre sola. Siempre de noche. Tres veces por semana. —¿Y el ataque? —pregunto. —Sus enemigos sabían que cruzaría por ahí. La emboscada fue precisa. Silencio. Demasiado preciso. —Si querían matarme, lo habrían hecho. Eder no responde. Porque ambos sabemos que es verdad. No me dejaron morir. Me dejaron visible. —¿Y ella? —pregunto. —Sin antecedentes. Trabajo estable. Vive con el padre. Hace una pausa. —Hay rumores. Mi mano se detiene sobre el cristal. —¿Qué rumores? —El padre tiene deudas. Y está preguntando cuánto pagarían por… una noche. El vaso en mi mano deja de moverse. Dejo de beber. —¿Ya hubo interesados? —Sí. —Si alguien vuelve a esa casa con esa intención —mi voz baja apenas un tono— no quiero advertencias. Eder entiende. —¿Nivel de prioridad? Pienso un segundo. No más. —Media. Aún no es personal. Aún. —Y otra cosa —añado—. Quiero saber por qué estaba exactamente en esa calle a esa hora. Eder frunce el ceño. —¿Cree que…? —No creo nada —lo interrumpo—. Verifica. No creo en coincidencias. Y ella apareció justo cuando me dejaron respirando. Lucía No dormí. El silencio fue demasiado silencioso. Cada pequeño crujido de la casa me hacía abrir los ojos. Cuando el despertador suena, siento el cuerpo pesado. No por cansancio físico. Por presión. Salgo del cuarto y mi padre ya está en la cocina. Despierto. Eso nunca es buena señal. —Hoy no vas a trabajar —dice sin mirarme. Me detengo. —¿Por qué? Levanta la vista lentamente. —Porque vienen visitas. El estómago se me hunde. —No quiero estar aquí. —No te pregunté. Se levanta y se acerca. No me toca. No hace falta. —Te arreglas. Bien. La palabra “bien” tiene demasiadas implicaciones. —No soy mercancía. La mirada que me da es fría. —Todo tiene precio. Se va antes de que pueda responder. Mis manos empiezan a temblar. No puedo quedarme. Camino hacia la ventana y corro la cortina apenas un centímetro. La calle parece normal. Vacía. Pero la sensación vuelve. Esa presencia. Como si algo estuviera esperando. A las siete y cuarto tocan la puerta. Mi corazón golpea tan fuerte que creo que mi padre puede escucharlo. —Ve a tu habitación —ordena. No me muevo. —Ahora. Camino hacia el pasillo, pero no cierro completamente la puerta. Después escucho voces graves en la sala. Risas. Un comentario sobre “juventud”. Siento náuseas. Un golpe seco interrumpe la conversación. Silencio. Luego otro golpe. Pero no viene de dentro. Viene de afuera. Escucho pasos apresurados. La puerta se abre bruscamente. —¿Qué demonios…? —la voz del hombre se corta. Un ruido sordo. Un cuerpo cayendo. Mi padre maldice. Me asomo apenas. Veo a uno de los hombres doblado sobre sí mismo en la entrada, sujetándose la mano ensangrentada. Otro lo sostiene, pálido. —Nos vamos —dice uno con voz tensa. —¿Qué pasó? —exige mi padre. —Dile a quien sea que esté jugando que no nos interesa —responde el hombre, mirando hacia la—. No vale la pena. Se van. Mi padre se queda paralizado en la puerta. Algo pasó. Lo sé. Lo siento. Y por primera vez en mucho tiempo… mi padre parece nervioso. Dante No duermo. No porque no pueda. Porque no quiero. La pantalla frente a mí ilumina el despacho en tonos azulados. Cámara uno: fachada principal. Cámara dos: lateral. Cámara tres: ventana del segundo piso. Su habitación. El punto rojo parpadea estable. Todo bajo control. Eso debería ser suficiente. —¿Sigue dentro? —pregunto sin apartar la vista. —Sí, jefe —responde Eder desde la puerta—. No ha salido en todo el día. No ha salido porque no la dejan. Eso cambia variables. Me inclino hacia atrás en la silla. No es mi problema. No debería serlo. Intervine para evitar que entrara un tercero en la ecuación. Nada más. El padre tiene deudas. Los buitres huelen sangre. Si alguno la compraba, ganaba influencia. Y yo no permito que nadie gane influencia sin pasar por mí. —El padre hizo dos llamadas más —continúa Eder—. Está desesperado. Desesperado es sinónimo de imprudente. —¿Intentó cerrar trato? —Sí. Pero después de lo de ayer… nadie quiere acercarse. Bien. El miedo es más eficaz que cualquier advertencia verbal. Me levanto y camino hacia la ventana del despacho. La ciudad está tranquila. Las luces parecen ordenadas desde aquí arriba. Todo es orden cuando lo miras desde la altura correcta. —¿Ella reaccionó? —pregunto. —No salió. Pero estuvo mucho tiempo en la ventana. Me quedo inmóvil. —¿Mirando qué? —La calle. Interesante. No gritó. No intentó huir. No hizo una escena. Eso no es comportamiento de víctima pasiva. Eso es alguien que intenta entender. Vuelvo al escritorio. Amplío la imagen de la cámara tres. Ahí está. Sentada en la cama. Rodillas contra el pecho. La luz apagada. Solo la luna entrando por la ventana. —¿El padre? —pregunto. —En la sala. Nervioso. Revisando el teléfono cada cinco minutos. Sonrío apenas. Perfecto. El mensaje fue claro. Debería terminar aquí. Reducir vigilancia. Pero no lo hago. Porque algo no encaja. El ataque de hace días. La precisión. Ella apareciendo justo cuando me dejan con vida. Y ahora esto. No creo en coincidencias. Camino hasta la mesa lateral y tomo el vaso. No bebo. Solo lo sostengo. Miro otra vez la pantalla. Ella se levanta. Camina hacia la ventana. Se asoma apenas. Como si pudiera sentir que alguien la observa. No puede verme. Pero se queda ahí unos segundos. Quieto. Observando. Como si estuviera evaluando la oscuridad. Me apoyo en el escritorio. No es miedo lo que veo en su postura. Es… cálculo. Ingenua, pero no estúpida. Eso cambia la dinámica. Si la venden, no solo será una pieza en manos de otro. Será una variable impredecible. Y las variables impredecibles generan caos. El teléfono vibra. Mensaje de Eder: “El padre está considerando enviarla fuera de la ciudad. Mañana.” Mi mandíbula se tensa. Fuera de la ciudad significa perder visibilidad. Significa que alguien más puede intervenir antes que yo. Significa que pierdo ventaja. No. Eso no va a pasar. —Prepara hombres en las salidas principales —ordeno al devolver la llamada—. Sin contacto. Solo seguimiento. Silencio breve al otro lado. —¿Nivel de prioridad? —pregunta finalmente. Observo la pequeña figura en la habitación. —Alta —respondo. Eder no pregunta por qué. Cuelgo. El cambio es mínimo. Una palabra. Pero altera todo. Más hombres. Más recursos. Más atención. La imagen cambia ligeramente cuando ella se mueve. Camina hacia la puerta. La abre apenas. Escucha algo en el pasillo. Su cuerpo se tensa. Después vuelve a cerrar. Regresa a la cama. Se sienta. Aprieto el vaso con más fuerza. Mi teléfono vibra otra vez. —Jefe —dice Eder—.El padre pidió adelanto a un contacto externo. No local. Gente pesada. Sonrío. Mal movimiento. —Intercéptenlo. —¿Y la chica? Miro la pantalla una última vez. Ella ya se acostó. De espaldas a la ventana. Vulnerable. —A ella no la toquen —respondo con voz firme—. Nadie la toca. Silencio breve. —Entendido. Cuelgo.
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