Lucía
La puerta hace un clic demasiado fuerte cuando la cierra.
Me quedo quieta unos segundos, la mano todavía sobre la manija, como si pudiera deshacer el sonido.
El reloj de la cocina marca las 10:41.
Tres minutos más de lo que había calculado.
La televisión está encendida, volumen bajo.
Eso significa que él está despierto.
Eso significa que está esperando.
—Qué considerada —dice su voz desde la sala—. Llegas cuando quieres.
No suena borracho.
Su tono está limpio.
Frío.
Ella deja las llaves en el mueble con cuidado, alineándolas sin pensarlo. Necesita que algo esté en orden.
—El autobús se retrasó.
—Claro.
El “claro” viene acompañado de una risa breve, incrédula.
Él está sentado con las piernas abiertas, los brazos extendidos sobre el respaldo del sillón. Postura relajada.
Dominante.
La mira como si estuviera contando los segundos que tardó en responder.
—Ven.
No grita.
No necesita hacerlo.
Ella camina hasta quedar frente a él. Puede oler el jabón barato con el que se bañó hace unas horas. Puede oler la casa cerrada.
Puede sentir su mirada recorriéndola.
—¿Quién te llevó?
—Nadie.
—¿Quién te dejó en la esquina?
Su pulso se acelera.
—Vine sola.
Él ladea la cabeza.
—Siempre hay alguien cuando una mujer llega tarde.
Esa palabra.
Mujer.
No hija.
No niña.
Mujer.
Él se inclina hacia adelante y toma un mechón de su cabello entre los dedos.
—Te arreglaste más hoy.
Ella quiere apartarse.
No lo hace.
—Es el uniforme.
—Ajá.
Suelta el cabello y se pone de pie.
La diferencia de altura crea una sombra sobre ella.
—Hoy vinieron dos amigos.
El silencio se espesa.
—No me interesa.
La bofetada es rápida.
No brutal.
Pero lo suficientemente fuerte como para que el sonido la humille.
—A mí sí.
Ella mantiene la mirada baja.
No por sumisión.
Por estrategia.
—Preguntaron cuántos años tienes.
Lucía siente un frío recorrerle la espalda.
—No debiste hablar de mí.
—¿Y por qué no? ¿Te avergüenzas de tu padre?
No responde.
Él se acerca más.
—Dijeron que podrías ganar más que en ese restaurante mediocre.
La palabra ganar se siente sucia.
—No necesito su dinero.
Él sonríe apenas.
—Yo sí.
La frase cae como un peso muerto.
Él levanta la mano y esta vez no golpea. Solo la apoya en su hombro, apretando los dedos con fuerza suficiente para recordarle que puede hacerlo.
—¿Sabes cuánto ofrecieron por una noche?
El aire desaparece.
—No quiero saberlo.
—Deberías.
Aprieta más.
—Porque si sigues llegando tarde… si sigues actuando como si fueras independiente…
La suelta.
Camina alrededor de ella lentamente.
—Voy a considerar la oferta.
Su estómago se revuelve.
—No puedes hacer eso.
—¿Quién me lo va a impedir?
Se detiene frente a ella.
Muy cerca.
—¿Tú?
La empuja apenas contra la pared.
No con rabia.
Con intención.
—Todo lo que eres es porque yo lo permití.
Ella levanta la mirada esta vez.
Sus ojos no están llorosos.
Están cansados.
—No soy tu inversión.
Eso sí lo enfurece.
La toma del mentón y lo aprieta.
—Eres lo que yo diga.
Sus dedos se clavan lo suficiente para doler.
No lo suficiente para dejar marca.
Él siempre mide eso.
Siempre.
—Y cuida cómo me hablas —murmura—. Porque la próxima vez que alguien pregunte por ti…
Deja la frase suspendida.
Pero sonríe.
Y esa sonrisa termina la amenaza.
La suelta.
Vuelve al sillón.
Sube el volumen del televisor como si la conversación hubiera terminado.
—Vete a dormir. Mañana trabajas temprano.
Lucía permanece inmóvil unos segundos.
Siente el ardor en la mejilla.
El dolor en el hombro.
Pero más que eso, siente algo más pesado:
La certeza de que él no habla en caliente.
Él planea.
Eso es lo aterrador.
Camina hacia su habitación, cierra la puerta con seguro.
Se sienta en el suelo y apoya la frente contra la madera.
Respira, lento, silencioso.
Se toca el mentón.
Sabe exactamente dónde él presiona para que no se note.
Y mientras mira el techo oscuro, una idea empieza a tomar forma por primera vez, clara, firme:
Si él la ve como mercancía…
Entonces quedarse no es aguantar.
Es esperar a que la venda.
Se queda sentada en el suelo, la espalda apoyada en la puerta, los dedos todavía temblando apenas. Afuera, el sonido del televisor atraviesa la pared. Risas enlatadas. Un programa nocturno.
Normalidad falsa.
Se obliga a levantarse.
Camina hasta el pequeño espejo sobre el escritorio. Observa su reflejo bajo la luz amarilla. La marca en su mejilla ya no está tan roja. Mañana será apenas un recuerdo.
Como siempre.
Apaga la luz principal y se mete en la cama sin cambiarse. El techo tiene una grieta que se extiende en diagonal; la ha contado tantas veces que podría dibujarla de memoria.
Pero esta noche su mente no se queda en la grieta.
Se desliza hacia otra imagen.
Lluvia.
Oscuridad.
Sangre.
Y esos ojos.
No sabe su nombre.
Solo recuerda la manera en que la miró.
Había algo frío.
Más peligroso.
Pero distinto.
Cierra los ojos y vuelve a sentir el peso de su cuerpo cuando lo ayudó a levantarse. La forma en que, aun herido, parecía más fuerte que cualquier hombre que hubiera conocido.
No le pidió nada.
No la tocó más de lo necesario.
No la evaluó.
No la llamó útil.
Su pecho se tensa.
Tal vez fue un error ayudarlo.
Tal vez fue imprudente.
Pero por primera vez en mucho tiempo, alguien la miró sin verla como propiedad.
Se gira sobre el costado.
La casa está en silencio ahora.
Hay algo distinto.
No es un sonido claro.
Es una sensación.
Como cuando alguien entra a una habitación y todavía no lo ves, pero lo sabes.
Su piel se eriza.
Se incorpora lentamente en la cama.
Escucha.
Nada.
Ni pasos.
Ni puertas.
Ni voz.
Solo el zumbido lejano del refrigerador.
Respira.
Se está sugestionando.
Es el miedo acumulado.
Es la amenaza reciente.
Se levanta y camina hacia la ventana.
Corre apenas la cortina.
La calle está oscura, iluminada por el farol intermitente de la esquina.
Vacía.
Pero su estómago no se relaja.
Hay algo.
No visible.
Pero presente.
Recuerda la forma en que aquel hombre —Dante— analizaba todo incluso estando herido.
La intensidad contenida.
¿Y si hombres como él nunca dejan cosas al azar?
Sacude la cabeza.
Ridículo.
No sabe quién es.
No sabe dónde vive.
No sabe nada.
Sin embargo…
La sensación persiste.
Como si la noche la estuviera observando.
Como si algo hubiera cambiado desde que lo ayudó.
Cierra la cortina con firmeza.
Se apoya contra la pared junto a la ventana.
Su corazón late más rápido de lo normal.
No es exactamente miedo.
No como con su padre.
Es otra cosa.
Una alerta distinta.
Más silenciosa.
Más expectante.
Vuelve a la cama, pero no se acuesta de inmediato. Mira hacia la puerta.
Por primera vez, el seguro no le parece suficiente.
Se mete bajo las sábanas y se cubre hasta el cuello, aunque no tiene frío.
Cierra los ojos.
Y en la oscuridad, la imagen vuelve.
Ojos oscuros.
Firmes.
Observando.
No como amenaza.
Sino como advertencia.
Y mientras el sueño la alcanza lentamente, una idea se instala sin que pueda detenerla:
Tal vez no es la única que ahora sabe que algo está mal en esa casa.
Tal vez alguien más ya empezó a mirar.
Y mientras tanto en la sala, su padre sonrió al escuchar vibrar su teléfono.
El mensaje solo tenía una frase:
“Acepto la oferta.”