Dante
No cierro los ojos cuando ella se va.
La observo.
No como un hombre que admira.
Como un hombre que evalúa.
La puerta se cierra con un sonido suave, casi insignificante. Sin embargo, el eco permanece en mi cabeza más de lo que debería. Me obligo a apartar la mirada y recorrer el lugar.
Paredes agrietadas. Muebles viejos. Humedad.
No encaja con ella.
Ella no parecía pertenecer a la ruina.
Intento ponerme de pie. El dolor atraviesa mi costado como una advertencia. Maldigo en voz baja y apoyo una mano en la pared para estabilizarme.
La traición casi me cuesta el imperio.
Eso es lo importante.
No la chica.
Mi celular vibra. Eder.
Contesto sin saludo.
—¿Jefe?
—Reúne a todos mañana al amanecer. Quiero nombres antes de que salga el sol.
Mi voz es firme. El dolor no se nota. Nunca se nota.
—Sí, jefe. Pensamos que…
—No me interesa lo que pensaron.
Cuelgo.
Respiro hondo.
Mi mente vuelve a la lluvia.
A sus manos.
Temblaban. Pero no se fueron.
Eso es lo que no encaja.
La mayoría de las personas huyen cuando ven sangre.
Ella no.
¿Por qué?
Ignorancia.
Desesperación.
O algo peor.
Marco nuevamente.
—Investiga a alguien.
—Nombre.
—Lucía.
Silencio breve.
—¿Apellido?
—No lo sé.
Eso me irrita más de lo que debería.
No me gusta no tener información.
—La quiero vigilada. Rutinas. Contactos. Familia. Si habla con alguien sobre esta noche, lo sabré antes que tú.
—¿Es una amenaza?
Aprieto la mandíbula.
—Eso es lo que estoy decidiendo.
Cuelgo.
No es interés.
Es protocolo.
Minutos después llegan los hombres. Diez. Armados.
Eder entra primero.
—Jefe.
—Llegaron tarde.
Nadie responde.
Intento caminar solo hacia la salida. El suelo se mueve un segundo, pero me estabilizo antes de que alguien intente tocarme.
No necesito ayuda.
Nunca la necesito.
Mientras me suben al auto, mis ojos regresan a la casa.
Oscura.
Silenciosa.
Pequeña.
Ella vive en un lugar así… por elección o por obligación.
Durante el trayecto cierro los ojos.
Pero no duermo.
La frase vuelve.
“Todos merecen ayuda.”
Una ingenuidad peligrosa.
En mi mundo nadie merece nada.
Todo se gana.
O se arrebata.
Entonces ¿por qué esa frase sigue sonando en mi cabeza?
Abro los ojos con molestia.
No debería importarme.
La mansión aparece frente a mí como siempre: imponente, fría, intocable.
Elena baja las escaleras antes de que cruce la puerta.
—Cariño…
Su voz suena ensayada.
Eder se interpone.
—El jefe necesita atención médica.
Ella intenta acercarse.
La miro.
Se detiene.
En sus ojos no hay preocupación.
Hay cálculo.
—¿Estás herido? —pregunta.
—No.
Paso junto a ella sin detenerme.
En la habitación, el médico comienza a trabajar en silencio. Retira las vendas torpes que Lucía colocó.
Frunce el ceño.
—¿Quién hizo esto?
—Alguien que no sabía lo que hacía.
No es un insulto.
Es un hecho.
Sin embargo, mientras el médico limpia correctamente las heridas, recuerdo el cuidado con el que ella presionaba las gasas.
Como si temiera romperme.
Ridículo.
No soy algo que pueda romperse tan fácil.
—¿Quiere que llame a la policía? —pregunta el médico.
Lo miro como si hubiera dicho una estupidez monumental.
—Sal de aquí.
Cuando se va, la habitación queda en silencio.
Demasiado silencio.
Camino hacia el balcón.
La ciudad se extiende bajo mis pies.
Luces.
Tráfico.
Control.
Todo sigue funcionando.
Pero hay un pequeño detalle fuera de lugar.
Lucía.
No porque me atraiga.
No porque me interese.
Sino porque intervino.
Y en mi vida nadie interviene sin consecuencias.
La puerta se abre.
Eder entra.
—Información preliminar.
No me giro.
—Habla.
—Vive con su padre. Sin antecedentes. Vida rutinaria. Trabajo modesto. No encontramos vínculos con nuestros enemigos.
Asiento.
Debería terminar ahí.
Debería decir “olvídenla”.
Pero no lo hago.
—Continúen observando.
Eder duda.
—¿Nivel de prioridad?
Lo pienso un segundo.
Demasiado tiempo para algo irrelevante.
—Media.
No alta.
No todavía.
Eder asiente y se retira.
Me quedo solo otra vez.
Intento concentrarme en la traición.
En los nombres que debo arrancar.
En la sangre que debo cobrar.
Pero la imagen que vuelve no es la de mis enemigos.
Es la de una chica bajo la lluvia, sosteniendo mi mirada sin bajar la cabeza.
Eso sí fue interesante.
No miedo.
No sumisión.
Interesante.
Camino hacia el escritorio.
Hay documentos sobre cargamentos, alianzas, cuentas.
Firmo sin leer demasiado.
Mi mente no está completamente aquí.
Eso me irrita.
Tomo el celular.
Sin pensarlo demasiado, reviso la ubicación que Eder envió.
Está en su casa.
Normal.
Nada extraño.
Debería sentir alivio.
No lo siento.
Lo que siento es… vigilancia.
Como si estuviera supervisando una variable inesperada.
Y eso me tranquiliza.
Porque mientras la observe, sigue bajo control.
Y yo no pierdo el control.
Nunca.
Horas después, Elena entra sin tocar.
—Pensé que estarías descansando.
—Pensaste mal.
Se acerca lentamente.
—Dicen que fue un ataque serio.
La miro.
—Dicen muchas cosas.
Su mandíbula se tensa.
—Somos aliados, Dante.
—Somos un contrato.
El silencio se vuelve pesado.
Ella sonríe apenas.
—Espero que no estés ocultando nada.
La observo un segundo más de lo necesario.
—Si lo hiciera, no serías tú quien lo descubriría.
Se va.
Y por primera vez en la noche, me permito cerrar los ojos.
No para descansar.
Sino para ordenar.
La traición es lo principal.
Lucía es secundaria.
Un detalle.
Un accidente.
Sin embargo…
Hay algo que no encaja.
Si mis enemigos hubieran querido terminar el trabajo, lo habrían hecho.
No me dejaron morir.
Y ella apareció justo ahí.
Demasiada coincidencia.
Abro los ojos.
No creo en coincidencias.
Marco nuevamente a Eder.
—Quiero saber qué hacía ella en esa calle. Hora exacta. Motivo. Si es habitual o fue excepción.
—¿Cambiamos prioridad?
Pienso un segundo.
—Sigue siendo media.
No voy a exagerar.
No voy a sobre reaccionar.
—Y Eder…
—Sí, jefe.
Hago una pausa.
Innecesaria.
—Si alguien se le acerca con malas intenciones… me informas.
—Entendido.
Cuelgo.
No porque me importe.
Sino porque si alguien más la toca y resulta ser una pieza en este juego, necesito saberlo.
Nada más.
Me sirvo un trago.
El líquido quema.
No lo suficiente.
Camino hacia la ventana otra vez.
Intento recordar su rostro completo.
Pero lo que vuelve no es su belleza.
Es su decisión.
Se quedó.
Eso no es común.
Eso no es normal.
Y lo que no es normal en mi mundo… es peligroso.
Una leve sonrisa se forma.
Tal vez no fue una amenaza.
Tal vez fue un error.
O tal vez…
Fue algo diferente.
Apago las luces.
La habitación queda en oscuridad.
Mañana volveré a la guerra.
A los interrogatorios.
A los nombres.
Ella quedará donde debe estar.
Al margen.
Pero antes de dormir, una idea se desliza sin permiso:
Si alguien hubiera estado en su lugar…
¿Me habría dejado morir?
Aprieto la mandíbula.
No me gusta esa pregunta.
No me gusta que exista.
Y, aun así…
—Que nadie la toque —murmuro en la oscuridad.
No es protección.
Es precaución.
Porque todavía no decido si fue casualidad…
O si el destino acaba de cometer un error.