—Franco… —susurro, con el alma colgando de un hilo. Mi corazón se detiene por un segundo, luego comienza a golpear mi pecho como un tambor de guerra. Franco rodea su auto con la calma del diablo con una sonrisa torcida y desprovista de humanidad, que enciende mis alarmas. Mis dedos se cierran sobre el mango de mi arma con fuerza. —No hagas ninguna estupidez, Cara —dice sin dejar de avanzar—. Sabes que no vas a ganar —, pero ya es tarde. De un movimiento rápido desenfundo y disparo antes de pensarlo dos veces. El primer hombre cae con un gemido sordo, ya que el impacto fue directo al pecho. El segundo intenta alzar su arma, pero le disparo en la frente. El tercero es más rápido, logra disparar, pero su bala choca con el borde del autobús. Le meto un balazo al abdomen que lo derriba c

