Capítulo 3

1405 Words
Un par de horas después ya se encontraba en Montana, el viaje había sido largo y agotador. Intentaba no pensar en nada, pero eso era demasiado difícil, su mente insistía en recordarle todos los malos momentos que estaba viviendo y lo mal que la estaba pasando. Una y otra vez las palabras de Marcus se repetían en su mente y cada una de ellas dolía más y más. Sin embargo, cuando el avión aterrizó y subió al taxi para que la llevará a la granja, empezó a recordar lo que ese lugar significaba para ella, cuando el auto se detuvo frente a la granja sintió algo parecido a la calma, un sentimiento que no había tenido en mucho tiempo. Es como si la granja siguiera igual, pero al mismo tiempo no. El pasto verde y la tierra en el suelo, los animales que seguramente estaban en su lugar, pudo ver el granero, los corrales, el establo y los gallineros, todo seguía ahí. —Vas a quedarte ahí todo el día o quieres entrar. La voz de Aidan la hizo reaccionar, ese chico alto y delgado frente a ella no se parecía en nada al niño que había cuidado hace un par de años. Aidan había heredado la mirada de Mark y la sonrisa de Sarah. —Eso depende —contestó ella —. ¿Vas a quedarte conmigo o me dejarás sola? —No te puedo dejar sola —negó Aidan. —¿Por qué? —Porque tienes un semblante raro, parece como si ya no quisieras seguir por aquí. —Siempre has sido tan considerado —Addy rodó los ojos mientras empezó a caminar adentro —. Vamos. —Menos mal, no me quiero congelar aquí afuera. Aidan la siguió hasta la casa, dentro habían demasiadas personas. No era raro, todos conocían a Mary, era una buena vecina, una buena jefa, una buena amiga, la mejor del pueblo. Addison vio a todos lados. —No está aquí —contestó Aidan —. Papá le dijo al de seguridad que si se atrevía a venir, lo sacarán. —Es un funeral, todos deberían ser bienvenidos. —Entonces dile a papá eso. Ambos se vieron y supieron que ninguno de ellos se atrevería a llevarle la contraria a Mark Matthews. —¡Addison! La voz de su madre escuchó, al girar la vio venir para abrazarla, entonces sintió algo que subía hacía su rostro, las lagrimas comenzaron a salir sin control, todas aquellas que había contenido durante todo el viaje, había repetido una y otra vez que podía manejarlo, pero no fue así. El funeral fue conmovedor, el ministro dió palabras de consuelo y luego todos dijeron unas palabras mientras lanzaron rosas blancas a la caja antes de que bajará. Addison fue la última en quedarse, y hubiera tardado más sino fuera por Aidan que la acompañaba a todas partes. —Tenemos que volver —le insistió —. El abogado está por llegar y leerá el testamento. —No entiendo porque debemos estar todos —suspiró Addison —. Mamá es su sobrina, ella se queda con todo. —Ya sabes como era tía Mary, es mejor que vayamos, tenemos que volver a Nueva York, hay cosas que hacer allá. Addison era la única que no parecía tener prisa por volver, pero no dijo nada. Cuando volvieron a la casa, el abogado ya se encontraba en el lugar. El hombre de traje sacó una carpeta y empezó a leerla, fue directo y simple. —Yo Maryan Josephine Lawson, en pleno uso de mis facultades y sin coerción de ninguna tercera persona le dejó la granja y la casa a Addison Penelope Lawson, mis cuentas bancarias y la casa en Nueva York se lo dejo a Aidan Lawson con la condición que tendrá uso de ellas hasta cumplir los veintiún años —leyó —. También les dejó una carta a cada uno —empezó a entregar los sobres —. Tendré los documentos listos en dos días para que los puedan firmar y todo estará arreglado. —Podría enviarlos a Nueva York —comentó Aidan. —Joven, debido a que aún no tiene los veintiún años, los bienes estarán a cargo de su madre hasta que cumpla la edad requerida. —Lo sé, pero mi hermana ha heredado la granja y nos urgen los documentos ya que la venderemos. —¡¿Qué?! —exclamó Addison. —Corazón, ya habíamos hablado de esto —comentó Sarah su madre —. Es muy difícil mantener la granja y no podemos venir y supervisar todo, es mejor venderla. —No pueden vender la granja, esto es… todo —señaló —. Aquí están nuestros recuerdos, aquí se conocieron ustedes —los señaló —. Eso es importante. —Los recuerdos están con nosotros, Addy —comentó Mark —. Lo mejor es vender. —No… yo no quiero venderla —negó de inmediato. —Addy, ya tenemos un comprador —insistió Aidan —. Te dará una buena cantidad de dinero, es un buen negocio, puedes usar ese dinero para lo que quieras. —¡No quiero el dinero! —exclamó —. ¡No pueden vender la granja! ¡Es mía ahora! ¡No voy a venderla! —Addison… Sarah tomó el brazo de Mark antes de que la reprendiera y lo detuvo. —Está bien —expresó Sarah. —¡Pero mamá… ! —La granja es de Addison —miró a su hijo con severidad —. No vamos a obligarla a hacer algo que no quiere. —Pero yo ya hablé con el comprador —comentó Aidan —. Estará aquí mañana para venir a ver el terreno y cerrar el trato. —Entonces le decimos que cambiamos de opinión y listo. —No es cualquier persona, es Chris Donovan, tiene mucha influencia y dinero… —No me importa quién sea —aclaró Sarah —. Tendrá que comprenderlo. —Es un buen negocio —insistió Aidan. —Suficiente Aidan —lo detuvo Mark —. Ven conmigo. —Sí papá. Aidan inclinó la cabeza y siguió a su padre afuera de la habitación. Sarah y Addison se quedaron solas. Aunque no le hubiera dicho nada, Sarah había notado esa tristeza profunda en los ojos de Addison, el temblor en sus manos y sobre todo que había llegado sola. —¿Estás segura? —le preguntó. —No voy a vender la granja —repitió. —Está bien, lo entiendo —suspiró Sarah —. Corazón, lo que sea que suceda sabes que puedes decirme. Hubo un instante de silencio, Addison tomó un poco de aire antes de hablar. —Marcus se fue —la voz se le quebró —. Él dijo que ya no podía vivir conmigo, que le recordaba al bebé y que ya no podía más —sollozó —. Y ahora tía Mary murió y solo vine aquí, pero ahora no sé qué hacer. Sarah se inclinó para consolarla, Addison continuó llorando mientras Sarah la abrazó y la sostuvo. —Todo va a estar bien, corazón —le repetía —. Todo va estar bien, lo prometo. —No quiero vender la granja —logró decir después de calmarse. —No lo haremos —aseguró Mary —. Nos quedaremos a esperar a que venga el señor Donovan, hablaremos con él y le diremos que se vaya. Addison se limpió las mejillas y se movió para mirarla. —No, yo lo haré —comentó —. Ustedes tienen que volver a Nueva York, dejaron todo allá, pero yo no tengo nada. —No digas eso, nos tienes a nosotros. —Si, pero… —suspiró viendo sus manos —. Es que si esto me ha quedado a mí, supongo que tengo que quedarme a arreglarlo, ¿no? —cuestionó —. Tía Mary se enojaría si viera que no cuido la granja. Sarah pensó que unos días en la granja, le harían bien a Addison, después de todo ese había sido su primer hogar. —Está bien, puedes quedarte el tiempo que quieras, pero debes llamarme todos los días. —Por Dios mamá. —Todos los días, Addison. Addison aceptó, y sabía que esa era una promesa que debía cumplir. Lo que no sabía es que su vida estaba a punto de volverse más caótica y complicada de lo que imaginaba con ese empresario que venía en camino.
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