La invitación de Michael

1077 Words
Hace una semana que pasó lo de la fiesta, y todavía siento que camino por inercia. Como si mi cuerpo avanzara, pero yo estuviera atrapada en otra parte, aún escuchando los gritos, aún temblando con las manos manchadas de miedo. Ahora estoy en la universidad privada más cara y estúpida de la ciudad. Estoy aquí porque mi padre lo decidió. Como todo lo demás. Él está hablando con el decano en una oficina con aire acondicionado, probablemente firmando un cheque ya que no quise hacer la entrevista ni me anoté el año pasado. No tengo buenas calificaciones. Ni motivación. Ni ganas de fingir que quiero estudiar algo. Sentada en el pasillo, espero con la estúpida de Nancy a mi lado. Se retoca los labios, mira su reflejo en la pantalla del móvil y se queja de la luz. Me lanza una mirada de arriba abajo. —Podrías al menos peinarte. Parece que te escapaste de un orfanato. No le contesto. No tengo energía para responderle a alguien que tiene tanto aire en la cabeza como veneno en la lengua. Entonces aparece él. Michael. Apoyado contra una columna. La mochila caída sobre un hombro. El móvil en la mano. Esa cara de estar aburrido del mundo entero. Como si todo esto le pareciera una pérdida de tiempo. Está vestido con jeans oscuros y una camiseta gris que se ajusta a su cuerpo atlético. No sonríe. Nunca lo hace. Nancy lo ve también. Obvio. Se acomoda el escote y se lanza como una mosca a la luz. —¡Hola! —dice con esa voz dulce fingida—. No sabía que estudiabas aquí... Michael ni siquiera la mira. Ni le responde. Solo le da una mirada fugaz como si evaluara la posibilidad de ignorarla por completo… y decide que sí. Le pasa al lado sin decir palabra. Yo me muerdo el labio para no sonreír. Nancy se queda tiesa unos segundos, claramente herida en su orgullo. Da media vuelta, vuelve a mi lado y farfulla: —Qué idiota. Se cree superior solo porque juega a hacer el chico misterioso. Pero entonces, contra todo pronóstico, Michael gira sobre sus talones y comienza a caminar directo hacia mí. Mi estómago se tensa. Nancy se calla. Michael se detiene frente a mí. No me sonríe. No me saluda. Me mira. Como si pudiera ver más de lo que debería. Como si recordara cosas que preferiría enterrar. —Estás menos muerta que la última vez que te vi —dice con su tono seco, como si estuviera hablando del clima. Levanto la vista y lo encaro. —Gracias por la observación. Siempre tan cálido. Él ladea la cabeza y me estudia unos segundos. —¿Y la perra? —pregunta. —Ana está bien —respondo, cruzando los brazos—. Tiene que usar una venda unos días más, pero está bien. Asiente. Ni una palabra más. Está a punto de darse la vuelta cuando, sin pensarlo, suelto: —¿Siempre ignorás así a las chicas que te acosan? Él se detiene. Se gira un poco. —Solo a las que creen que el mundo gira en torno a su escote —dice, con la mirada clavada en donde Nancy finge no escuchar. Después me mira otra vez. Sus ojos grises, serios y intensos. —Tengo unas entradas extras —me dice de pronto, como si estuviera hablando del clima. Lo miro con desconfianza. —¿Entradas para qué? Se apoya con despreocupación en la pared, metiendo las manos en los bolsillos del vaquero. Tiene esa maldita forma de moverse, de hablar, que parece que todo lo hace sin esfuerzo… pero cada palabra suya pesa más que una bofetada. —Partido de hockey. Mañana. Es el primer juego del semestre... Voy a jugar. —Ah —digo, alzando una ceja—. ¿Así que también eres el héroe del equipo? —Capitán —corrige él con una sonrisa apenas torcida—. Para eso me becaron. Solté una carcajada. No me pude contener. —Tiene sentido. Entre tu propio club de fans y las amantes que se te cuelgan como garrapatas, ya deberías tener una grada reservada solo para tus groupies. Michael no se inmuta. Solo me clava los ojos, como si pudiera leer debajo de mi burla. —¿Y tú? ¿Vas a estar entre ellas? —pregunta, bajo, con esa voz suya cargada de doble sentido. —Por favor —respondo, rodando los ojos—. No me interesa ver a un montón de hombres sudando y golpeándose por una pelotita. —No, claro —dice, acercándose un poco más—. Pero te interesa mirarme a mí. Se queda ahí cerca con esa sonrisa que no es amable, pero sí peligrosa. Yo sostengo la mirada, aunque me arde cada parte del cuerpo. —En serio, Maya —añade, con un tono más bajo—. No tienes que fingir que no me miras. Se te nota hasta cuando parpadeás. Y con eso, saca de su bolsillo dos entradas. Me las entrega como si me estuviera dando una prueba. Apenas roza mis dedos, pero el contacto me quema. —,Vienes o no, haz lo que quieras, pero si vienes... no me mires desde lejos. Quiero saber que estás ahí. Se da vuelta y se va, sin esperar respuesta. Yo me quedo ahí, con el corazón acelerado, las entradas temblando en mi mano y la maldita sensación de que este juego ya empezó… y que no hay vuelta atrás. Salí de mis pensamientos cuando escuché su voz. —Inicias las clases la próxima semana —dijo papá, con esa manera suya de hablar como si todo estuviera bajo control. Como si fuera normal decidir sobre mi vida sin preguntarme nada. Me giré lentamente para mirarlo. Traje impecable, teléfono en mano, mirada fría. Como siempre. —No había más vacantes —respondió él sin molestarse en mentir—. Pero el decano me debía un favor. Claro que sí. El viejo truco del dinero. De los favores. De comprar todo lo que no puede entender. —Genial —dije con una sonrisa vacía—. Otro logro personal. No respondió. Solo revisó su reloj como si no tuviera tiempo para mis ironías. Como si todo esto fuera un trámite más. —Necesito que te comportes. Que te vistas bien. Que no hagas escenas. —Tranquilo —dije—. Ya me acostumbré a ser el adorno decorativo en tus negocios.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD