Michael Style

855 Words
Desperté sobresaltada, con el corazón latiéndome en la garganta. No reconocía el techo ni las paredes, y el aire olía a algo limpio, masculino, como colonia y madera. Estaba en una habitación desconocida, vestida con una camisa de hombre que me cubría apenas hasta los muslos. Me senté de golpe, respirando agitada, con el estómago revuelto y la mente nublada. ¿Qué había pasado anoche? Giré la cabeza rápido, buscándola. Y ahí estaba Ana, dormida sobre una manta en un rincón, hecha un ovillito. Estaba bien. El alivio me golpeó con tanta fuerza que casi me mareo de nuevo. Pero ese respiro duró poco. Escuché una puerta abrirse. El vapor salió primero, y después lo vi a él: saliendo del baño, con una toalla blanca en la cintura y el cabello húmedo pegado a la frente. Tenía la piel ligeramente bronceada, los hombros anchos, los músculos marcados… y esa expresión de fastidio perpetuo, como si todo le molestara. Michael Style. El maldito que cuando éramos chicos amenazó con abandonar a mi perrita en el bosque. El capitán del equipo de hockey de la universidad, estrella del atletismo, el que todos adoran y yo no soporto. Brian y Trevol lo odian, probablemente porque él los ignora con superioridad absoluta. —Quita esa cara de espanto —murmuró con su voz áspera mientras se secaba el cabello con la toalla. Yo giré la cara de inmediato, justo cuando empezó a bajársela por la cintura. —¿Puedes vestirte en otro lado? —solté, sin mirarlo, sintiéndome expuesta, incómoda, mareada aún. —Tranquila, muñeca —dijo con sarcasmo—. No me interesas así, desgreñada y con ojeras. Solo dormiste, no te hice nada. Michael ya se había vestido por completo. Jeans oscuros, camiseta negra, el cabello húmedo cayéndole sobre la frente. Se agachó, se puso las zapatillas sin prisa, como si tenerme ahí en su habitación fuera la cosa más normal del mundo. Me senté al borde de la cama, aún con su camisa puesta, sintiendo la garganta seca. —Gracias... —murmuré sin mirarlo—. Por lo de anoche. Con Brian. Él soltó un suspiro como si ya estuviera cansado de oírme hablar. —No lo hice por ti —dijo finalmente—. Lo hice porque odio a los cobardes. Y ese imbécil es uno. Me tragué la respuesta. Aun así, le pregunté por Ana. Él señaló con la cabeza una caja cerca del escritorio. —Está ahí. Roncó más que tú. Fui hacia la caja. Ana dormía enroscada, con una mantita encima. Vi su patita vendada. Sentí una punzada de culpa. Todo era por mi culpa. Debía llevarla al veterinario, asegurarme de que estuviera bien. Me incliné sobre ella, acariciándola. Después me giré, todavía temblando. —Gracias, Michael. Sé que nos odiamos, pero... Él soltó una carcajada breve, seca. —¿Odiarnos? Por favor. No me des ese honor. Para odiarte tendría que haberte tomado en serio alguna vez. Sus palabras me cruzaron como una bofetada. Me quedé en silencio. Él seguía de pie, mirándome desde arriba con esa expresión que no sabías si era burla o simple indiferencia. —Yo nunca te traté mal —intenté defenderme, con la voz más apagada. —No, claro que no —replicó con sarcasmo—. Solo te reías cuando Trevol me humillaba. Aplaudías sus chistes de mierda. Le festejabas cada idiotez como si fuera un héroe. Me mordí el labio con fuerza. Sabía que era verdad. Lo recordaba. Cada vez que él decía algo cruel, yo no lo detenía. Me reía. Lo justificaba. —Yo era otra persona —dije por fin—. Antes de lo de mamá… antes de todo. Solo me importaba quedar bien, salir con el tipo guapo, encajar. Era estúpida, sí. —No eras estúpida —me interrumpió—. Eras vacía. Que es peor. Esa sí dolió. Lo miré, con los ojos brillando. Él me sostenía la mirada sin pestañear. —Pero ahora estás aquí, con la cara lavada y el ego roto. Bienvenida al mundo real, Maya. No supe qué contestar. Porque lo que había dicho… era cierto. Me había pasado la vida creyéndome mejor que los demás por cosas que no valían nada. Y ahora lo único que tenía era a mi perrita herida, el cuerpo dolorido y la certeza de que nadie —ni siquiera mi familia— se preocuparía si no volvía. —¿Eso te hace sentir mejor? —le pregunté con los labios tensos— ¿Recordarme lo patética que era? Michael se encogió de hombros. —No, pero te hace ver que yo no soy como los demás. No pienso mentirte para que te sientas cómoda. Ya hay demasiada gente haciendo eso, ¿no? Volví a mirar a Ana. Su respiración suave, tranquila. Ella era lo único que me anclaba. —Voy a llevarla al veterinario —murmuré. —Te acerco si quieres, pero no me hables —dijo él, agarrando las llaves del escritorio—. Estoy de humor para música a todo volumen y cero drama. Y aún así… lo dijo mientras abría la puerta para que saliera primero.
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