Mi asqueroso primo.

1059 Words
No tardó en llegar el fin de semana. Era muy temprano cuando abrí los ojos y sentí el suave peso de Ana acurrucada a mis pies. Mi cachorra dormía tranquila, con la panza hacia arriba y las patitas temblando como si estuviera soñando algo emocionante. Me sonreí sin darme cuenta. La llevé al veterinario esa misma mañana. Le pusieron todas las vacunas, la revisaron, y me aseguraron que estaba sana. Luego le compré ropa, un collar con su nombre y una camita rosa que nunca usa porque insiste en dormir conmigo. No me molestó gastar dinero de mi padre. Al contrario, por una vez, me sentí haciendo algo que valía la pena. Más tarde, ya en casa, estábamos desayunando. Papá, mi tía, Nancy… y yo. La escena perfecta de una familia que no lo es. Él bebía su café mientras hojeaba el periódico. Apenas me había dirigido la palabra desde que adopté a Ana. —Tienes que ir pensando qué universidad vas a elegir —dijo sin mirarme. Levanté la vista con desgano. —Cualquiera está bien —respondí, encogiéndome de hombros. No me importaba. Ni el futuro, ni los planes, ni nada. Mi madre era la que solía hablarme de sueños. Desde que ella murió, soñar dejó de tener sentido. —Cualquiera no —intervino mi tía, sonriendo con ese tono suave que siempre esconde veneno—. Deberías aspirar a algo mejor. Después de todo, llevarás el apellido Monteverde. Debes estar a la altura. —¿Como tú? —pregunté con sarcasmo, untando mantequilla en una tostada sin hambre. Antes de que pudiera responder, alguien entró en la cocina con paso seguro. Brian. El hijo mayor de mi tía. Bueno es hijo de su primer esposo, pero él falleció cuando Brian tenía unos tres años y se lo dejo a mi tía junto con una pequeña fortuna que ella despilfarro. De todas formas es un bueno para nada como su hermana y su madrastra, los tres tras la fortuna de mi padre. —Buenos días, familia —dijo con su típica sonrisa arrogante. Vestía una camisa abierta hasta el pecho, el cabello peinado con esa perfección casual que solo él conseguía, y una cadena de oro asomando por el cuello. Se sirvió un jugo como si la casa fuera suya y me lanzó una mirada rápida. —Veo que aún tienes el gusto de vestir pijamas con estampado infantil, Maya —soltó con burla. Nancy rió, claro. Siempre lo hacía cuando Brian hablaba. —Brian está en la universidad. Creo que ya es hora de que empiece a involucrarse más en la empresa. Papá asintió con indiferencia. —Podría entrenarlo yo mismo —dijo—. Si está interesado, claro. —Estoy más que interesado, Mario. —respondió Brian con una sonrisa torcida, pero sus ojos estaban puestos en mí—. Sería un honor... tío. Me quedé callada. Por dentro, hervía. Mi madre soñaba con que yo tomara algún día el mando de la empresa. Ella creía en mí. Me hablaba de liderazgo, de independencia, de romper moldes. Ahora, ellos planeaban entregárselo todo a Brian. Como si yo nunca hubiese existido. Como si yo no valiera nada. Y por un instante, sentí que esa rabia fría que crecía dentro de mí… podría servirme para algo más. Esa noche, papá y mi tía se fueron a cenar a un restaurante exclusivo. Se vistieron como si fueran celebridades. Rieron como si no quedaran muertos en esta historia. Nancy aprovechó para anunciar su fiesta. Como siempre, sin preguntarle a nadie. Invitó a medio mundo, puso música fuerte y se paseó por la casa como si fuera una reina. Yo… ni siquiera me molesté en salir de mi habitación. Seguía en pijama, uno viejo con dibujos medio borrados. Mi cabello ondulado estaba desordenado, recogido a medias en una coleta mal hecha. No tenía ganas de fingir nada. Me miré al espejo, con el rostro apagado y los ojos hinchados. El reflejo me dolía. Siempre me dolía. Estaba sentada al borde de la cama cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Era Brian. —¿Qué carajo haces aquí? —espeté, cubriéndome con la manta. Entró con paso lento, con una copa de vino en la mano y una sonrisa torcida que me provocó náuseas. Cerró la puerta con calma detrás de él, como si esto fuera algo habitual. —Relájate, Maya —dijo con voz pastosa, arrastrando las palabras como si saboreara cada sílaba—. Solo vine a verte… estás tan jodidamente provocativa así, toda despeinada y en pijama. Me incorporé un poco, tensa. —Estás borracho y asqueroso. Vete. No es la primera vez que este imbécil de emborracha y mete drogas.Se acercó un paso más. Yo me alejé instintivamente. Él lo notó, y eso pareció excitarlo más. —¿Sabes lo que me pone? —murmuró—. Que estés así de gordita, con esas tetas grandes que se te marcan hasta con la manta. Que nadie te haya tocado aún. Eso me enloquece. Debes estar tan apretada ahí abajo… —¡Basta! —grité, sintiendo que la piel se me erizaba, no de miedo, sino de asco. —¿Nunca te miraste bien al espejo? —siguió él, ignorándome—. Tienes un cuerpo hecho para el pecado. Para que te agarren fuerte y te hagan gritar, pero nadie lo hace… porque eres una mojigata. Una virgen… triste, sola… gorda. Pero eso me calienta más. Me quedé congelada. Sentía la respiración pesada, como si el aire se hubiera envenenado de golpe. —Si das un paso más, juro que grito y te parto la cabeza con lo primero que encuentre —dije, con voz baja y temblorosa, pero firme. Brian se rió. —Tranquila. No vine a tocarte. Todavía —susurró—. Solo quería verte… imaginarlo. Algún día vas a venir tú a buscarme, Maya. Cuando te des cuenta de que nadie más te desea como yo. Se giró, abrió la puerta y se fue, dejándome en la habitación con las piernas heladas y las manos apretadas en puños. Cerré la puerta con seguro, temblando de rabia, con el estómago revuelto. No lloré. No esta vez. Porque dentro de toda la repulsión que me dejó… algo se encendió en mí. No miedo. Sino determinación. Brian no me va a destruir. Nadie más lo hará.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD