No dormí casi nada.
Pasé la noche entera pensando en morirme. En cómo hacerlo sin que doliera demasiado. En si alguien lo notaría. En si alguien, al menos una vez, lloraría por mí.
La casa estaba en silencio cuando salí. Caminé sin rumbo, con el abrigo mal puesto y los ojos hinchados. Terminé en el parque, donde el viento helado me golpeaba la cara como un castigo. Crucé la calle sin mirar, absorta en mi dolor, y entonces escuché un frenazo.
Un coche se detuvo a centímetros de mí.
—¡¿Estás loca, niña?! —gritó una voz masculina.
Levanté la cabeza, sobresaltada. El conductor se bajó con rapidez. Era un hombre alto, de cabello oscuro y alborotado, piel bronceada y unos ojos grises que te atravesaban el alma.
Lo conocía.
Prácticamente desde que entro al colegio. Nunca fue amable. Nunca sonrió. Siempre serio, siempre distante, odia a todo el mundo y mi prima está enamorada de él porque es el único que no le presta atención.
—¿Tienes ganas de morir o qué? —espetó, fulminándome con la mirada—. ¿No te enseñaron a cruzar la calle?
—Tal vez eso es lo que quiero —respondí sin pensarlo, bajando la mirada.
Hubo un breve silencio. Lo suficiente como para que el aire se pusiera pesado.
—No digas estupideces —dijo finalmente con voz más baja, aunque no menos áspera.
Me giré para marcharme, pero él abrió la puerta trasera de su coche y sacó una caja de cartón. Adentro se movía algo pequeño.
—¿Qué es eso? —pregunté, por reflejo.
Él me miró con indiferencia.
—Un cachorro. Lo iba a dejar en el bosque —dijo como si no fuera nada grave.
—¿Qué? —me volví hacia él, horrorizada—. ¿Estás loco?
—No lo quiero. Me lo dejaron tirado en la puerta de casa esta mañana. No tengo tiempo para mierdas así —resopló, dándole la espalda.
Me acerqué a la caja. Era un perrito pequeño, de orejas caídas, ojos tristes y pelaje blanco con manchitas negras. Temblaba.
—No puedes dejarlo. Se va a morir.
—No es mi problema —dijo, volviendo a subir al coche.
—¡Entonces es mío!
Él se detuvo. Me miró por unos segundos, en silencio, con el ceño ligeramente fruncido.
—Haz lo que quieras, Maya.
Y sin más, arrancó el coche y se fue.
Me quedé allí, sola en medio del parque, con el cachorro entre los brazos, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que alguien —aunque sea una vida diminuta— me necesitaba.
La cargué entre mis brazos con cuidado. Temblaba, pobrecita. Su cuerpo era tan pequeño y frágil que me dio miedo apretarla demasiado. La abracé contra mi pecho y continué caminando sin rumbo, como si ella fuera lo único real en ese momento, como si el mundo entero se hubiera detenido alrededor nuestro.
O más bien ella, porque apenas la vi de cerca, supe que era una niña.
Tenía los ojos grandes y oscuros, el hocico húmedo y el pelaje suave, blanco con manchitas en las orejas. Me lamió los dedos con timidez. Y sin decir nada, sin entender cómo ni por qué, sentí que algo dentro de mí se ablandaba.
Después de un rato, decidí regresar a casa. Con ella.
La envolví con mi bufanda y entré por la puerta trasera, rezando para que nadie la viera. Pero, por supuesto, tuve mala suerte. Apenas crucé el salón, mi tía puso los ojos en la perrita como si hubiera traído una rata muerta.
—¿Qué es eso? —preguntó con asco, dando un paso atrás.
—Se llama... todavía no lo sé —respondí, abrazándola más fuerte—. Es una perrita.
Mi tía frunció los labios, molesta.
—¿Y qué haces trayendo un animal a esta casa? Esto no es una granja, Maya. Los perros traen pelos, pulgas, y ensucian todo. ¡Ni siquiera tienes idea de cuidarla!
—No la voy a dejar sola —repliqué en voz baja, sin apartarme—. Yo la cuido.
—Pues que lo haga en el jardín —dijo con frialdad—. Y ni se te ocurra meterla en mi sala, ni en mis alfombras.
Papá apareció detrás de ella. Ni siquiera se molestó en mirar al cachorro. Solo me echó una ojeada rápida, como si no supiera qué hacer conmigo.
—¿Dónde la encontraste? —preguntó con voz apagada.
—Iban a abandonarla —contesté—. Yo no pude dejarla.
Él asintió, indiferente, como si hubiera dicho que traje una planta, no una vida.
—Mientras no cause problemas…
Eso fue todo. Se marchó. Como siempre.
Me quedé ahí parada, con la perrita temblando en mis brazos, y sentí cómo se me cerraba el pecho. Si no era bienvenida yo, ¿por qué lo iba a ser ella?
Pero esa noche dormimos juntas. En mi cama. Tapadas con la misma manta. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentí tan sola.