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Ariel pasaba la vista una y otra vez, en cada uno de los comentarios en sus fotos en su cuenta de las r************* . Poco a poco iba creciendo, en ese instante había llegado a los cuatro mil seguidores, sentía orgullo de sí misma. Su cuenta había crecido poco a poco, no paraba de sonreír como una misma tonta.
Había confeccionado media docena de piezas, las cuales incluían vestidos, tops y pantalones cortos. Se sorprendió al darse cuenta de que tenía aceptación, ya que solo era ropa reciclada. Se contentó al darse cuenta de que eran más los comentarios positivos, que de aquellos que no les gustan sus prendas de ropa y lo expresaban de manera brusca. Y sobre todo que de aquello no le quedaba nada porque todo lo había vendido. Si continuaba así, muy pronto iba a tener un buen capital para confeccionar más.
—¡Abuela, estés en donde estés Te amo! —exclamó mirando el techo.
Se sintió como una completa acosadora, porque no pudo evitar buscar y echarle un ojo al perfil de Farrell O’Donnell. Un hombre joven, rico y exitoso, y por el cual la habían despedido.
«¿Ariel eres masoquista o tonta?», se preguntó y soltó una carcajada al decidir que era ambas cosas.
Farrell O’Donnell era alto, con la piel bronceada, ojos como el más suave y puro whisky, protegidos por gruesas pestañas y cejas oscuras, al igual que su cabello. La nariz aristócrata, de boca grande y labios delineados, con una barba incipiente que le daba un toque completamente sexy, y hoyuelos en sus mejillas cuando sonreía. Suspiró al imaginarse cómo se sentiría ser besada por ese ejemplar formidable de hombre. Un escalofrío recorrió su cuerpo, hasta hacerla el punto de morderse el labio inferior.
«¡Por Cristo, mujer! ¡Contrólate solo es una foto!», se regañó, lo mejor era pensar en las razones por las cuales odiar al señor O’Donnell.
Sacudió la cabeza en negación, todavía no podía creerlo. Martín, su jefe directo, le había dado una amonestación por haber ayudado al hombre durante el accidente. Ya que eso no concernía a la empresa, y pudo haber expuesto a la misma a problemas legales, si las cosas no hubieran resultado bien. Lo que Ariel consideró una estupidez, por el hecho de que era una emergencia, y decidió no aceptarla. También le dijo lo que pensaba acerca de su actitud, se pasó un poquito cuando le habló de su abuso de autoridad.
Por esa razón, Martín la había acusado de insubordinación, ya que ella se había negado a la orden que él le dio. Además de tomarse atribuciones que no le correspondían, como llamar al desde su propio teléfono celular al nueve once. También añadió que estuvo más de cuarenta minutos utilizando para fines personales los equipos de la empresa. Según el idiota, su trabajo era simplemente cobrar una jodida tarjeta de crédito. Si el hombre se moría o no, al parecer no era problema de la empresa.
En la discusión, Ariel le dijo que a quién le cobrarían la tarjeta de crédito si él moría. ¿Cómo podía ser una persona tan indolente? ¿Cómo podría ser una persona tan materialista? Eso decía que era una mala persona, quizá trabajaba en un call center por problemas de sociabilidad.
Todavía resonaba en su mente la voz grave del señor O’Donnell pidiendo auxilio, y que no le dejara solo. Todo pasó en cuestiones de minutos y de verdad estaba satisfecha de que todo hubiera resultado bien. Su abuela estaría muy orgullosa de ella, por haber ayudado a alguien en una situación como esa. No lo había hecho por recibir algo a cambio, solo porque era un ser humano que en ese instante estaba en peligro.
Al menos no todo estaba perdido, continuaba trabajando en el club Wings. Lo que le había ayudado a adquirir materia prima para su nueva colección, que incluía un total de setenta y cinco piezas, que ya estaban prácticamente vendidas. Lo que no era mucho, pero era lo que podía permitirse por el momento.
Sus clientes estaban muy conformes de saber que eran prendas exclusivas. La colección la había llamado Incertidumbre, pues no sabía si gustaría, para su buena fortuna, eso era lo que llamaba la atención entre sus seguidores, que se sentían únicos y especiales.
Se echaría una siesta, antes de prepararse para ir a trabajar. Era viernes y esa noche el club estaría a reventar, con la presentación de un cantante de música urbana. Como camarera los fines de semana, sacaba más dinero en propinas que el sueldo completo que tenía toda la semana trabajando en el call center como ejecutiva de cobranzas. Lo mejor de eso era que tenía tiempo, para dedicarle a lo que verdaderamente le gustaba hacer, que era coser, puesto que solo trabajaba de miércoles a sábado. Eso le permitía jugar con las telas y crear combinaciones únicas e irrepetibles.
Iba de camino a su habitación, cuando llamaron a la puerta. Enseguida fue a ver quién era. Se encontró con la mirada de un hombre alto, bien parecido, con ojos expresivos de color verde, una sonrisa perfecta, y vestido de traje n***o que transmitía elegancia, pero también una clara advertencia que no aceptaba idioteces.
—Buen día, señorita Nagy —la voz era profunda.
—¿Disculpe? —Ariel frunció el ceño al ver que el hombre le conocía— ¿Nos conocemos?
—No lo creo —extendió la mano—. Mi nombre es Steve Grayson.
—¿En qué puedo ayudarle? —Ella miró un poco confundida.
—Estoy aquí de parte del señor Farrell O’Donnell —contestó con una sonrisa.
Al escuchar aquel nombre, Ariel se quedó inmóvil.
—¿Farrell O’Donnell? Tiene que ser una broma —después de decir aquello, Ariel se tapó con la mano la boca, ya que fue completamente imprudente.
—Él quiere dar muestra de su agradecimiento, por haberle ayudado en el accidente —el recién llegado dijo con cautela—. Por eso me atreví de venir hasta su casa, porque tengo varios días buscándola
—¿Él se encuentra bien? —quiso saber de manera inmediata— ¿Está fuera de peligro?
—Sí, por supuesto que lo está —inclinó la cabeza—. Gracias a usted, y su ingenio para conseguir ayuda —hizo una mueca—. Pero es una lástima que en su trabajo no sepan apreciar tal cosa.
En ese momento, Ariel sintió una clase de inconformidad, el hombre era tan arrogante que había enviado a uno de sus empleados a darle las gracias.
—De acuerdo, ya las acepté —manifestó haciendo gesto con la boca y tratando de cerrar la puerta—. Ahora puede retirarse, y decirle a su jefe que no debió molestarse con hacerlo venir hasta acá.
—Disculpe —el hombre con traje, puso la mano en la puerta—, el señor O’Donnell quiere conversar con usted.
—No tengo nada que hablar con él —lo fulminó con la mirada—, gracias a él perdí mi empleo.
—Lo siento mucho, señorita Nagy —las palabras eran genuinas—. Créame cuando le digo que el señor O’Donnell
—No fue su culpa —Ariel ladeó la cabeza bajando la guardia un poco—. Así que creo que estamos a mano, fue un placer conocerlos, señor.
—¿Qué sucede? —cuestionó una voz en su espalda.
Ambos se giraron para ver a Greta.
—¿Podría usted pensarlo? —insistió el hombre.
Eso sacó Ariel de sus casillas, las presiones y que le dijeran que hacer.
—He dicho que no quiero saber nada de Farrell O’Donnell. ¿Qué parte no ha entendido? —Ariel dijo, les dio la espalda y los dejó a solas.
No supo cuál era la conversación entre Greta, y el recién llegado. Solo escuchaba murmullos, como siempre su amiga trataba de apaciguar las cosas.