CAMBIO DE HUMOR:

1635 Words
═══════ •☎️• ════════ Todavía estaba molesta, al punto de que no pudo tomar la siesta que sabía que iba a necesitar ese día. Sin embargo; aprovechó el tiempo para confeccionar algunas piezas. El proceso lo publicó en su red social, y ya tenía trescientos corazones. Tener buena receptividad era importante para ella. No quería trabajar en un club como camarera el resto de su vida, el trabajo honra. Pero Ariel necesitaba mucho más que eso, y tenía el presentimiento de que si continuaba insistiendo lo lograría «¡Al menos algo bueno de esto!», pensó, y luego miró la hora en su teléfono celular, tenía que irse a trabajar. En ese momento, se miraba en el espejo. Su cabello marrón con reflejos claros estaba recogido en una cola de caballo, y su maquillaje era completamente sencillo. La vestimenta era sencilla, una camiseta color rojo con el logo del establecimiento en blanco, con jeans oscuro, zapatillas deportivas para estar cómoda. Esa noche, solo se esforzaría por hacer bien su trabajo. No tendría distracciones, y tomaría sus descansos exactos. Esperaba que no sucediera nada fuera de lo normal, que no llegaran clientes difíciles, ya que con su mal humor no sabía si iba a poder lidiar con ellos. Al salir de su habitación se topó de frente con Greta, y entrecerró los ojos hacia ella. Por la manera en que le sacó el cuerpo, pensó que algo estaba tramando. —A mí no me mires, Ariel. Me estás acusando con esos ojos que lanzan dardos —dijo alzando los brazos—. Si quieres saber alguna cosa, debiste al menos escuchar la proposición de Steve. —¿Steve? —inquirió Ariel con cautela, y se acercó a su compañera de piso— ¿Desde cuándo conoces a ese tipo? ¿Por qué tanta familiaridad? No le pasó por desapercibido la manera en que el rostro de Greta palideció un poco, una vez la miró con sospecha. —¿Qué me estás escondiendo? —presionó. —A los días del accidente, Steve fue a buscarte a la oficina por órdenes del señor O’Donnell —puso ojos de cachorrito degollado—. De hecho no le cayó muy bien que te despidieran, por eso yo me acerqué a él y le di nuestra dirección. Ariel parpadeó un par de veces, por la sorpresa. —¿Por qué nunca me dijiste? —hubo un cierto toque de reproche en la pregunta. —Después de lo de Martín —Greta se encogió de hombros—, dijiste que no querías saber nada de Farrell O’Donnell —hizo gesto con la mano, y luego agregó: —Y sé muy bien cuando usas la oración: no quiero saber nada de nada. Su amiga no mentía, no sabía el porqué le echaba la culpa de su despido. O’Donnell era un hombre que prácticamente estaba al borde de la muerte en ese instante. Lo cierto es que no supo de él, solo cuando se viralizó la noticia de que se encontraba en el hospital malherido. Los amarillistas comentaron que se encontraba con un diagnóstico reservado. Dio un suspiro, quizás era por el hecho de que no la había contactado después. Sacudió la cabeza, porque en realidad eso no era obligatorio. Solo que por un momento creyó que aquella conexión que había sentido en línea con el empresario, podía crear lazos de amistad. ¡Qué tonta! Como si un hombre como ese estuviera dispuesto a perder un minuto de su tiempo conversando con ella. Eso solo fue producto del suceso, de la angustia por querer preservar su vida, y de ella por querer ayudarlo a que lo lograra. Ni siquiera pensar en algo más, porque en las mismas r************* se rumoreaba que estaba saliendo con Lucy Pupkin, y que la pareja iba en serio. Eso la hizo sentir desconcertada, porque el hombre medio muerto le había dicho que no tenía ninguna relación sentimental con nadie, hombre o mujer. Pero fue verdaderamente confuso, el hecho de que cuando la entrevistaron saliendo del hospital tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar por el estado de salud de él. Por alguna casualidad extraña, los comentarios habían cesado desde el accidente. Lo sabía, porque cada vez que podía buscaba alguna información sobre la pareja de Farrell O’Donnell y no aparecía ningún tipo de comentario. —Pues debiste decirme… Pensaba decirle un par de cosas más, como por ejemplo que debió de haberle insistido con el tema. Tal vez, hubiera escuchado lo que tenía para decirle ese tal Steve, pero en ese momento Daniel hizo acto de aparición. Todavía estaba enfermo, y no quería agobiarlo. —Tía Ariel, mañana me harás galletas, ¿verdad? —Eres un niño tan bueno —su madre se acercó a él, y lo tomó en brazos—, que tu tía Ariel no solo te hará galletas, sino que verá contigo Avengers —le guiñó un ojo su amiga— ¿No es así querida tía Ariel? La emoción que vio en los ojos del niño, fue tal que no pudo negarse. Fue un alivio saber que estaba reaccionando al tratamiento médico. Greta nunca le había dicho el nombre del padre de Daniel, porque la conocía. Sabía que en cuanto tuviera la oportunidad, se presentaría ante el hombre reclamando su falta de responsabilidad con su hijo. Se acercó a Greta y a su pequeño hijo, ellos eran lo más parecido que tenía a una familia. —Tú y yo, ya hablaremos —estrechó la mirada hacía ella y con los dedos índice y medio sobre su rostro, le indicaba que no se quedarían las cosas así. Sin embargo; al despedirse les dio un beso a ambos. Porque el cariño seguía siendo el mismo. Ariel se puso la chaqueta, era a mediados de septiembre y ya el frío estaba haciendo acto de presencia. Aún no necesitaba la bufanda, salió del pequeño apartamento en donde vivían. Aquella revelación de saber que Farrell O’Donnell había tratado de contactarse con ella, había cambiado su humor, al punto de que no le importaba que estuviera lloviznando. «¡Trato de contactarse conmigo!», se repetía una y otra vez, sonriendo como tonta. Iba tan entusiasmada que el camino se le hizo corto, no pasó mucho tiempo cuando estaba parada frente a las puertas del club. Por esa razón tuvo que escabullirse y entrar por la puerta trasera. Aunque faltaban alrededor de noventa minutos para que el local abriera sus puertas, ya tenían personas en la entrada esperando. «¡Ojalá esta noche sea tan buena como espero!», deseó con todas sus fuerzas. —Hoy será una mierda —se quejó Rebecca, su compañera en el área VIP, y que siempre estaba enojada—, mucha gente… mucha estupidez reunida en un solo lugar. —Yo, lo único que espero es que tengamos buenas propinas —dijo Matthew, el barman. —Opino lo mismo —inquirió Ariel encogiéndose de hombros—, vendrá mucha gente y eso le dará publicidad al club. Rebecca los miró con cara de pocos amigos, lo que reflejaba que estaba en desacuerdo. Era una chica de mediana estatura, bonita, con los ojos grises y con el cabello rubio. Que por alguna extraña razón insistía en teñirlo de n***o. Su semblante era muy sobrio, jamás hablaba de cosas personales, era muy reservada. Los empleados estaban preparados para recibir, abrir las puertas del local. Unos con mala cara como Rebeca, otros contentos, ya que eso significaba muchos clientes y que su pago semanal aumentaría. Lo mismo pensaba Ariel, pero en ese instante tenía un susto en la boca del estómago, que atribuía a la visita inesperada que recibió en casa. Chasqueó los dientes, porque no debió de ser impulsiva, y permitir pautar aquella cita con el hombre que últimamente invadía su curiosidad más de la cuenta. «¡Tonta!» «¡Tonta, tonta!» «¡Mil veces tonta, Ariel!» Se reprochaba, pero ya no había nada que hacer. Si tan solo Greta le hubiera comentado antes que Farrell estaba tratando de contactarla. Quizás su trato hubiese sido diferente, el sentirse ignorado por él, la pagó con el pobre Steve, que solo cumplía con su trabajo. Se había comportado como una verdadera tirana, algo que no era propio en ella. Sacudió la cabeza, porque era absurdo que estuviera pensando en un hombre que ni siquiera la conocía. Al menos no, cara a cara. Pero su voz grave, y su risa baja, era tan sexy. A pesar de que literalmente el hombre se estaba muriendo. —¡Estás demente, Ariel! —exclamó para ella, negando con la cabeza. Sin darse cuenta de que Matthew la había escuchado. —Eso ya todos lo sabemos, mujer —dijo entre risas. Estrechó los ojos hacia su compañero de trabajo. —No eres muy divertido, no sé si ya te lo habían dicho. Con esa frase, ella se unió a su risa mientras que continuaba arreglando los vasos y jarras para la noche. Rebeca pasó de nuevo, y a Matthew se le fueron los ojos junto al contoneo de sus caderas. —¿Te gusta mucho? —Ariel, lo pilló por sorpresa. —Demasiado para mi gusto —respondió con un suspiro. —¿Se lo has dicho? —ella continuaba limpiando los vasos, como si solo hablaran del clima. —¡Por supuesto que no! —negó con la cabeza—. A veces no puedo con su amargura… Ariel en ese instante pensó en Greta, en muchas ocasiones por el agobio de no saber qué hacer actuaba de esa manera. —¿Quiere un consejo de chica? —inquirió. —Sí, soy todo oídos. —Acércate a ella como amigo, no buscando algo más. Conviértete en ese apoyo que necesita y tal vez Rebeca baje la guardia contigo.
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