“Rosa", comento, con lágrimas en los ojos, sin entender qué le ha pasado. “Ay Dios mío", susurro. “No, Rosa", comenta llorando. Melisa me abraza. “Tenemos que salir de aquí", dice Melisa. “¿Qué?", pregunto, y ella continúa, "llamaremos a la policía, pero primero tenemos que salir de aquí para que no sospechen de nosotros". “De acuerdo", asiento con lágrimas en los ojos. Salimos de la casa y subimos al vehículo de Melisa. Ella llama a una ambulancia para la casa de Rosa, y yo sigo llorando desconsoladamente. No puedo creer que Rosa ya no esté. Estoy aterrada y tengo tantas preguntas en mi mente. “No tenía heridas superficiales", comienza a explicar Melisa, ya que es fría. “Por favor, no describas su cadáver", murmuro, mientras sigo llorando. “Oye, no te sientas así", comenta, inte

