Antes de cinco minutos, sonó el citófono de mi departamento, el guardia me avisaba que Jorge Díaz me buscaba, le pedí que lo dejara entrar y, al verme descompuesta, se preocupó. ―¿Pelearon? ―Sí. ―No necesité mentir. ―¿Por mi culpa? ―asentí con la cabeza―. ¿Le dijiste que te dejaría tranquila? ―No se lo creyó. Me sobé el brazo. Él sacó mi mano y subió un poco mi blusa para ver el moretón que me había dejado Benjamín. ―¿¡Te lastimó!? Lo siento tanto, es mi culpa. ―No, no fue tu culpa, Jorge, él… ―Te envié a la boca del león, pensé que si te dejaba tranquila, él no te lastimaría. ―¿Qué quieres decir? ―¿Benjamín no te ha dicho nada? ―¿Nada de qué? ―De nosotros. ―¿De mí y de ti? ―No. De mí y de él. Respiré hondo, ¿él me diría la verdad? ―¿Qué pasa con ustedes? ―S

